Usos y abusos de los discursos de gnero en los contextos bélicos: una aproximación feminista a la representación de las mujeres afganas en los medios de comunicación

«La bandera estadounidense ondea sobre nuestra embajada en Kabul (…) Y hoy las mujeres de Afganistán son libres», remarcó George W. Bush en el discurso sobre el estado de la Unión del 29 de enero pasado. Así, la coalición contra el terrorismo habría librado la guerra para liberar a las mujeres afganas.
Christine Delphy

INTRODUCCION
La importancia que han ido adquiriendo los movimientos feministas del denominado Tercer Mundo en las últimas décadas se refleja en los cambios fundamentales que han producido tanto en el campo teórico y, con ello, en las formas de comprender y conceptualizar la realidad de estas mujeres, como en el ámbito práctico de la vida cotidiana. Este protagonismo ha supuesto una respuesta crítica no sólo a los modelos patriarcales dominantes en sus propias sociedades, sino también a los planteamientos desarrollados desde el feminismo occidental, al que acusaban de partir de presupuestos etnocéntricos en los que se obviaban y subsumían las diferencias existentes entre las propias mujeres en función del contexto social en el que vivían y de las distintas experiencias, necesidades e intereses de los que partían.

Las reivindicaciones realizadas desde estos movimientos -basadas en las exigencias del reconocimiento de las mujeres no occidentales como sujetos sociales y políticos activos y en la crítica a los discursos y actuaciones paternalistas procedentes del Norte- y las continuas denuncias de la situación desigualitaria y opresora que sufrían ha favorecido la visibilización de estas realidades en sus contextos locales y en el marco internacional y la creación de espacios y vías de discusión y actuación conjunta entre los distintos movimientos feministas. Los Estados, las instituciones y otros organismos occidentales también se han hecho eco de esta realidad, sin embargo, en este terreno los resultados no son tan alentadores. En numerosas ocasiones se ha denunciado la capacidad que tienen las instituciones oficiales de apropiarse de los planteamientos críticos e incorporarlos en su propio discurso. En el caso de las cuestiones de género y su vinculación con proyectos de desarrollo y mejora social nos encontramos con esta tendencia en una doble dimensión: por una parte observamos cómo la extensión del pensamiento feminista a los distintos ámbitos de la sociedad ha venido acompañada de un proceso de institucionalización a partir del cual los centros oficiales de poder han ido incorporando la perspectiva de género, descargándola así de su componente crítico original, para adaptarlo a sus intereses; un proceso similar se ha producido en el campo del desarrollo de los países considerados como «atrasados, subdesarrollados y antidemocráticos», de modo que los modelos hegemónicos encubren sus prácticas marcadamente economicistas, etnocéntricas y androcéntricas bajo discursos basados en la justicia y la igualdad social.

El (ab)uso de la etiqueta de la «situación de la mujer» en aquellos planteamientos que realmente no incorporaban una análisis integral y crítico sobre esta situación, sino que más bien estaban vacíos de contenido tuvo como consecuencia la neutralización de los análisis. Este proceso de neutralización de las perspectivas críticas se perciben actualmente en los estudios de género, así lo denuncia Marcela Lagarde (2001) desde la perspectiva feminista al analizar cómo la creciente utilización de la perspectiva de género ha conllevado una mutilación teórica y filosófica de sus supuestos subversivos y transgresores, al aislar el concepto de su cuerpo teórico y despojarlo de su capacidad analítica y explicativa que parte del contenido relacional e histórico de la teoría del género.

Es precisamente en el marco descrito hasta ahora en el que se debe analizar el proceso a partir del cual la situación de las mujeres en los países arabo-musulmanes ha comenzado a ocupar, en los últimos años, el centro de muchos de los discursos y planes de intervención elaborados desde organismos y Estados occidentales. Concretamente, la importancia que adquirieron en el panorama político norteamericano y europeo los discursos sobre la situación de las mujeres afganas en el periodo transcurrido desde los ataques del 11 de septiembre hasta la intervención militar en Afganistán nos lleva a interrogarnos sobre el modo en que se utiliza la dimensión de género en el contexto de los conflictos internacionales actuales, así como la mirada y los intereses desde los que se activaron estos discursos.

En este sentido, es necesario destacar el papel que jugaron los mass media en la construcción del imaginario colectivo sobre la realidad de las mujeres afganas y en la forma de consolidar un espacio de debate social en el que entraban en juego diferentes aspectos -como son los atentados del 11 de septiembre, la intervención en Afganistán, las relaciones entre Occidente y el Mundo Árabe, los intereses econmicos y geo-políticos de los distintos países, la situación de Afganistán y, dentro de ésta, la de las propias afganas, etc.- y en el que participaban diferentes actores que partían de distintos -cuando no opuestos- objetivos e intereses. De este modo, cabe destacar el lugar central que ocupan los medios de comunicación de masas, en tanto que mediadores informativos e instrumentos propagandísticos, en los contextos bélicos.

El presente trabajo se propone analizar, por un lado, algunas de las estrategias y mecanismos discursivos utilizados en la elaboración de los discursos sobre estas mujeres en los medios de comunicación occidentales y, por otro lado, el uso que se hizo de este discurso de género en el proceso de legitimación de la intervención militar. Para ello partiremos de los instrumentos teórico-metodológicos que nos ofrece el análisis crítico del discurso y su combinación con las aportaciones realizadas desde el pensamiento feminista. El objetivo de esta reflexión no se limita tan sólo a realizar una aproximación al modo en que se elabora este tipo de discursos sobre los Otros -y, más concretamente, las Otras- culturales y las características que los componen, sino que a su vez entiende esta vía de análisis como una forma de conocernos a Nosotros mismos, es decir, de conocer las lógicas de funcionamiento y los modos de pensar que rigen nuestras sociedades.

En esta línea, el enfoque del análisis crítico del discurso propuesto metodológicamente trata de vincular los niveles micro y macrosociológicos, y atender a las relaciones que se establecen entre las estructuras textuales y las prácticas y contextos sociales, a fin de explicar y comprender las estrategias utilizadas en la construcción de estos discursos racistas y sexistas y su contrastación con la realidad social de este colectivo. El análisis del discurso constituye de este modo una alternativa cualitativa de los métodos tradicionales del análisis del contenido, y también de los trabajos que, desde la lingüística clásica o la semiótica en su fase más inmanentista, se limitan a un análisis meramente textual y no tienen en cuenta el contexto cognitivo, social, cultural o histórico en el que se insertan las prácticas discursivas (Van Dijk, 1997).

Por otra parte, la incorporación de la perspectiva feminista al ámbito de la comunicación intercultural, que refleja la interdisciplinariedad que exige el propio objeto de estudio (Rodrigo, 1999), aportará los instrumentos teórico-metodológicos necesarios para abordar la dimensión de género1 y su articulación con otras categorías sociales. El paso de los estudios de la mujer a los estudios de género ha permitido superar ciertos planteamientos estáticos, homogeneizadores y descontextualizados anteriores en favor de nuevos enfoques más dinámicos, flexibles, abiertos y contextuales. En esta línea, reconocemos con Giulia Colaizzi la importancia que tiene la doble operación realizada desde las prácticas feministas: marcar sexualmente la noción de sujeto para historizarla, porque el objeto de estudio, así como el sujeto del discurso, están desprovistos de cualquier cualidad que pudiese ser considerada como esencial, ontológica o trans-histórica, y son mostrados en tanto construcciones, como específicos productos temporales de las relaciones de poder entre superficies, cuerpos e instituciones (1990:14).

La variable de género, entendida como una construcción cultural, se convierte así en una categoría de análisis fundamental.

Los Discursos Sobre las Mujeres Afganas en los Medios de Comunicación: una Mirada Crítica a la Construcción Eurocéntrica de los Otros Culturales:
Como se viene anunciando desde hace ya varias décadas, y en oposición con aquellas posturas que conciben los medios de comunicación como portadores de realidades neutrales, objetivas y verdaderas, éstos, lejos de constituir un espejo de la realidad, la construyen e interpretan. Como observa Gaye Tuchman (1983), el acto de producir la noticia es el acto de construir la realidad misma. Desde esta perspectiva nos proponemos analizar el modo en que los discursos mediáticos construyeron una determinada realidad de las mujeres afganas y el conflicto bélico en el que se vieron involucradas.

Para ello nos centraremos en algunas de las principales estrategias discursivas utilizadas en los procesos de representación con los que fueron descritas estas mujeres desde una mirada occidental, eurocéntrica y androcéntrica, es decir, preguntándonos quién tiene la capacidad de imponer socialmente determinadas interpretaciones, por qué dominan unos discursos y no otros y cómo influye todo ello en la realidad social. En definitiva, analizar desde una mirada crítica cmo se establecen las relaciones entre lenguaje y sociedad. Por otra parte, la sutileza del nuevo racismo contemporáneo, donde la cultura ha pasado a sustituir el lugar que antes ocupaba la noción de «raza»2, y que adquiere la forma de un racismo simbólico (Balibar, 1991), nos lleva a situar en el centro de nuestro análisis el estudio de aquellas dimensiones del lenguaje que aparecen implícitas y ocultas bajo la retórica de la liberación de estas mujeres por parte de las democracias occidentales.

A lo largo del análisis nos centraremos sólo en aquéllas estrategias y mecanismos que nos parecen más relevantes y a partir de las cuales se construye el discurso, entendido éste como una práctica social, lo que sugiere, en la línea de Norman Fairclough y Ruth Wodak (2000), una relación dialéctica entre el discurso particular y las situaciones, instituciones y estructuras sociales que lo enmarcan, en la medida en que aquél está moldeado por estas últimas pero a su vez les da forma.

Una de las cuestiones fundamentales que atraviesa estos discursos se refiere al modo en que se construye la diferencia en términos de desigualdad social. La configuración social de la otredad, que en este caso se configura a partir de dos ejes principalmente, la otredad cultural y la de sexo-género, cobra especial relevancia en el imaginario simbólico del burka, construido a partir de una relación metonímica que toma la parte (de una cultura) por el todo (la totalidad de la misma), convirtiéndose así en uno de los mecanismos principales utilizados para criminalizar a toda una sociedad a la vez que se reduce la compleja y difícil realidad de las mujeres afganas a un discurso basado en la sumisión, la victimización y el estigma social3. En este sentido, el problema de la diferenciación debe ser abordado desde una perspectiva dialéctica que contemple conjuntamente las distintas diferencias existentes, cómo éstas se construyen, se experimentan y se canalizan (Narotzky,1995). Las diferencias étnicas y de género se utilizan para conformar un discurso sesgado y marcadamente esencialista.

Esta percepción del burka como símbolo de opresión nos permite también analizar la importancia que adquiere el cuerpo como soporte sobre el que se materializan, inscriben y visibilizan las diferencias. En este caso, lo más representativo reside precisamente en la forma con que oculta el cuerpo, las expresiones y los gestos, y gran parte de los movimientos, lo que para la mirada occidental se traducen en una mezcla de rechazo, exotismo y misterio. El cuerpo interioriza y naturaliza así un orden social donde se confunde lo cultural con lo natural. Desde la antropología, Lourdes Méndez (2002) retoma el concepto de «habitus» de Pierre Bourdieu para señalar cómo a través de habitus corporales sexuados se nos enseña a controlar nuestros cuerpos y, especialmente, a interiorizar y reproducir lo que la sociedad espera de nosotras y nosotros en tanto que mujeres y varones. La arabista Vanesa Casanova (2001a), haciendo referencia precisamente a la situación de la mujer árabe, considera la vestimenta y el cuerpo de la mujer como elementos fundamentales en el mantenimiento del orden social, lo que explica que hayan pasado a ocupar el centro de muchos de los conflictos ideológicos y culturales que se han desarrollado en el contexto postcolonial. La permanente asociación de las mujeres afganas con el burka, olvidando con ello otras dimensiones de sus vidas como aquellas relacionadas con la lucha política, la reconstrucción de sus países tras las agresiones militares y el mantenimiento de la familia, refleja esta importancia del cuerpo sexuado como portador y marcador de diferencias: observamos pues, como la mirada masculina, la de la cámara, los periodistas, los soldados, los representantes políticos y jefes de Estado, una mirada que lejos de ser neutral se posiciona, selecciona e interpreta, convierte a las mujeres en cuerpos-objetos «diferentes» al sujeto dominante y, por tanto, no marcado, el hombre blanco, occidental y de clase media.

En relación con esta materialización simbólica en los cuerpos sexuados de las mujeres es necesario tener en cuenta cómo los distintos significados atribuidos a los valores y prácticas sociales construyen una determinada realidad. El día que comenzó la intervención militar en Afganistán una de las primeras imágenes que apareció en televisión fue la de una joven afgana vestida a la manera occidental y pintándose. Con ello se asociaban los valores y costumbres occidentales al progreso y la democracia. También se mostraron desde un principio sonrisas femeninas que parecían argumentar y apoyar la guerra. No sólo se evidenciaba así la inferioridad cultural de Afganistán, sino que iba a ser Occidente el encargado de liberar a las mujeres afganas y de «democratizar» la sociedad4. Se instauran así determinados «modos de ver», tal y como plantea Gerard Imbert (2000) desde un análisis socio-semiótico de las formas de hipervisibilidad moderna presentes en la cultura actual de la imagen, que afectan al conjunto de las representaciones sociales y al modo en que los objetos y los sujetos cobran existencia mediante su proyección en el discurso social.

El imaginario sobre las mujeres afganas, en cuya construcción juega un papel fundamental el universo temático al que aparecen asociadas y que está determinado por la agenda temática impuesta por los mass media (Rodrigo, 1989; Van Dijk, 1997), viene marcado por contextos de violencia, conflictos culturales, pobreza y opresión, en los que se parte de una concepción homogénea, estática y esencialista de estas mujeres. La mujer afgana se convierte así en el espacio en el que convergen todas aquellas «diferencias», a veces de forma complementaria y equilibrada pero otras de manera dispar y contradictoria, que Occidente, en su intento por monopolizar e imponer determinadas interpretaciones y categorizaciones sociales, ve -o más bien necesita ver- en las otras culturas, no sólo para negar al Otro sino también para reforzarse a sí mismo pues, como señala Al-Jabiri, «la razón europea no sabe afirmar más que negando y, por lo tanto, no sabe del «yo» más que a través de «el otro» (1994:181).

Este tipo de discursos basados en representaciones estereotipadas, simplistas y reduccionístas que definen a las mujeres afganas5 en términos de vulnerabilidad, inferioridad y conflictividad social no tienen en cuenta el papel que desempeñan en tanto que sujetos sociales activos. De este modo, los discursos occidentales se valen de una estrategia que, desde una perspectiva androcéntrica, invisibiliza la realidad activa y dinámica de este colectivo a la vez que hipervisibiliza aquellos espacios dominados por la pasividad y la negatividad, lo que nos conduce al estudio de aquellos aspectos que se destacan y aquellos que, por el contrario, son ocultados y sileciados por los medios. Este proceso de objetivación por el cual los sujetos sociales son convertidos en objetos no sólo se refleja en el modo en que aparecen siempre ocupando roles pasivos en los discursos sino también durante todo el proceso de elaboración de las noticias. De este modo, se puede observar cómo se produce un acceso preferencial y una mención prioritaria de las fuentes de información de las elites occidentales -las agencias internacionales, la ONU o la OTAN, los portavoces o presidentes de los gobiernos- en detrimento no ya sólo de las fuentes y centros de información no oficiales (tanto afganos como occidentales) sino de las interpretaciones, informaciones y reivindicaciones de las propias mujeres afganas a las que sistemáticamente se les niega la palabra. Este fue el caso llamativo de la exclusión de las visiones y propuestas defendidas por asociaciones de mujeres afganas como RAWA de los procesos de producción y circulación de la información. En esta línea Martín Rojo y Van Dijk señalan cómo la intervención en el orden del discurso mediante la imposición de restricciones en la producción, acceso o usos de los discursos hace así de vínculo entre la legitimación socio-política a nivel macro y la legitimación discursiva a nivel micro (1998:228).

Los autores consideran que la legitimación discursiva tiene su función dentro de un proceso más general de legitimación social y política, por tanto es necesario atender a la relación establecida entre la legitimidad pragmática del discurso (en la medida en que Occidente, y más concretamente G. Bush, tiene que justificar su actuación), la legitimidad semántica (que supone la representación de los «hechos» -que los afganos son terroristas y oprimen a las mujeres- como verdaderos para poder neutralizar así versiones alternativas) y la legitimidad socio-política y legal del propio hecho discursivo (resaltando la figura de Bush como fuente de autoridad formalmente legitimada).

En relación con lo expuesto hasta ahora destaca otra estrategia discursiva basada en la construcción de un planteamiento dicotómico que opone la imagen negativa de los Otros, que aparece representada en la figura de los grupos integristas islámicos y del gobierno Taliban, que amenazan a las democracias occidentales, extienden el fundamentalismo religioso y oprimen a las mujeres -recurriendo con ello a la relación directa entre atraso cultural, fundamentalismo, islam y terrorismo que se establece bajo la retórica del «enemigo islámico» (Giordano2000)- frente a la imagen positiva del Nosotros donde la figura erguida de G. Bush y los soldados norteamericanos simbolizan la democracia, la superioridad cultural y la libertad. Esta imagen positiva viene reforzada por las continuas alusiones a las ayudas que Occidente presta a la sociedad afgana, y muy especialmente a las mujeres, a través no sólo de la labor humanitaria de los soldados sino también de organizaciones como la Cruz Roja de modo que las actividades de las ONG´s, de organismos internacionales como la Cruz Roja, y desde luego de organismos como los cuerpos de la paz de las Naciones Unidas son así utilizadas como soporte de la guerra psicológica, la inteligencia militar y la difusión de la propaganda legitimadora de las guerras humanitarias en nuestro tiempo (Sierra, 2002: 67).

Sin embargo, en este juego de representaciones polarizadas se deja a un lado el rol que desempeñan las protagonistas de los discursos que analizamos. Las mujeres afganas, lejos de protagonizar los discursos que versan sobre sus realidades y situaciones, en la práctica son convertidas, a pesar de ser reiteradamente nombradas en los titulares de los periódicos y los telediarios, en meras espectadoras del acontecimiento que se desarrolla a su alrededor. Esta situación responde a la diferencia que Edward Said apuntaba en su crítica al orientalismo entre el que escribe y el que es descrito, «al segundo se le atribuye el papel pasivo, al primero el poder de observar […]. La relación entre los dos es radicalmente una cuestión de poder» (1990: 362-363). El autor afirma cómo el oriental es presentado como fijo, estable, necesitado de investigación e incluso necesitado de conocerse a sí mismo. Por un lado, el gobierno Taliban les exige sumisión y les obligan a llevar el burka, por otro, las elites occidentales les exigen que se lo quiten y les imponen el camino por el que deben alcanzar su liberación.

Por último, resulta significativo el uso que se hace del lenguaje. Al analizar el léxico se observa una activación y desactivación del mismo en beneficio de ciertos mensajes engañosos (Ruiz, 1994). Así por ejemplo, conceptos absolutamente vigentes como imperialismo, neocolonialismo y explotación tienden a ser sustituidos por términos como Nuevo Orden Mundial, Comunidad Internacional, cooperación Norte/Sur, ayuda humanitaria, cuerpos de paz o solidaridad. El propio léxico que se viene utilizado para nombrar las distintas fases de las últimas guerras mediáticas tales como «Libertad Duradera» o «Justicia Infinita», sirven para legitimar tanto el discurso belicista como la propia intervención militar en nombre de la Libertad y la Justicia, frente a los países que constituyen el llamado «Eje del Mal».

Mujeres Afganas y Propaganda de Guerra: Usos y Abusos de los Discursos de Género en los Contextos Bélicos:
La contextualización de los discursos elaborados sobre las mujeres afganas analizados anteriormente en el panorama geo-político mundial en el que se desarrollaron nos permitirá comprender y explicar el uso estratégico que se hizo de estos discursos por parte de las elites occidentales así como los intereses reales que subyacían bajo los mismos.

Como señalábamos anteriormente, la institucionalización y el reconocimiento -político, social y legal- de muchas de las reivindicaciones planteadas por el movimiento feminista desde sus orígenes y, más concretamente, desde la década de los sesenta, ha venido acompañado de múltiples intentos de intervención, apropiación y desestructuración del movimiento por parte de los gobiernos y otras instituciones oficiales. Actualmente esta tendencia cobra especial relevancia en los contextos nacionales e internacionales de crisis política o social en los que las elites se apropian de una parte los discursos feministas para legitimar sus propios discursos y acciones descargándolos para ello del potencial crítico desde el que fueron (y son) planteados.

En este contexto es en el que debe analizarse la utilización que se hizo por parte de Occidente de la situación de las mujeres afganas y de todos aquellos discursos reivindicativos que se venían desarrollando desde las propias organizaciones de mujeres, la mayoría en el exilio, en los que se denunciaba esta situación y se exigía el apoyo de la comunidad internacional. Los discursos sobre las mujeres afganas se convirtieron así en uno de los ejes principales a partir del que articular la oposición entre Occidente y Oriente6, y todo lo que este planteamiento lleva implícito, modernidad/tradición, democracia/dictadura, desarrollo/subdesarrollo, progreso/atraso, y que se traduce en las tesis sobre el «choque de civilizaciones» que vienen defendiendo autores cómo Samuel Huntington (2002) y que están basadas en un racismo culturalista7 y neoasimilacionista. En esta misma línea Giovani Sartori (2001) separa el paradigma pluralista, considerado como positivo, del multiculturalismo, definido como un cáncer para la sociedad. En lugar de entenderse como dimensiones complementarias son consideradas realidades antagónicas. El pluralismo cultural, propio de las sociedades democráticas y abiertas, estaría basado en asociaciones voluntarias (propias de Occidente), mientras que el segundo, propio de sociedades cerradas, se aplicaría a asociaciones involuntarias (dominantes en sociedades no occidentales). Esta corriente, que parte de las tesis sobre el «choque de civilizaciones»8 que postulan la incompatibilidad entre determinadas culturas, desafortunadamente se está viendo reflejada no sólo en los discursos sociales sino también en las políticas estatales9.

Todo esto viene a reafirmar la pervivencia y actualización de los cuatro principales dogmas del orientalismo que describía Edward Said (1990): la diferencia absoluta y sistemática entre Occidente, que es racional, humano, desarrollado y superior, y Oriente, que es aberrante, subdesarrollado e inferior; que las abstracciones sobre Oriente son preferibles al testimonio directo de las realidades orientales modernas; un tercer dogma sería que Oriente es eterno, uniforme e incapaz de definirse a sí mismo; y por último, que Oriente es una entidad que hay que temer o que hay que controlar.

Se observa así cómo los discursos basados en la liberación de las mujeres afganas de la situación de opresión, vulnerabilidad social y atraso cultural en la que se encuentran no estaban dirigidos tanto hacia la mejora de esta realidad10 como hacia el reforzamiento de una posición de superioridad de la civilización occidental. La subordinación femenina, reflejada en la simbología del burka, se convierte así para Occidente en uno de los rasgos definitorios de la «otra civilización» a través del que argumentar su carácter antidemocrático y su inferioridad cultural y legitimar los discursos y las acciones relacionados con la agresión militar. En este sentido, la irresponsabilidad con que se trata la coartada de la liberación de las mujeres afganas ilustra la arrogancia de Occidente, que se atribuye el derecho a disponer a su antojo de la vida de los demás. Esta idea impregna su actitud ante las afganas y, en términos más amplios, la actitud de los dominadores ante los dominados (Delphy, 2002:28).

Esta concepción dicotómica de la realidad social resulta especialmente paradójica en un contexto como el actual, caracterizado por procesos permanentes de cambio y mestizaje cultural, contradicciones sociales y culturales y crisis de sentido, lo que viene acompañado de un cuestionamiento de todos aquellos ámbitos que con la Modernidad eran considerados como objetivos, naturales e inmutables -como la identidad, el Estado-Nación, las fronteras o la cultura- y que actualmente son concebidos a partir de su carácter social, dinámico, abierto y flexible, sin obviar por ello las relaciones de poder y las diferentes posiciones que los actores sociales ocupan en estos contextos de interacción marcados por los encuentros y desencuentros interculturales.

Por lo tanto, sólo a partir del reconocimiento de la capacidad de las mujeres para proponer, gestionar y decidir el camino por el que construir su propia realidad11 y del acceso de estos colectivos a los espacios de poder, tanto discursivos como económicos, políticos y sociales, se podrán crear las bases necesarias para configurar una sociedad más justa e igualitaria, basada en el diálogo mantenido entre los diferentes actores sociales y alejado de las visiones paternalistas y esencialistas de los otros culturales. Es en este contexto en el que se podrán plantear a su vez nuevas formas de hacer comunicación que incorporen la mirada intercultural. Para ello habría que atender a dos cuestiones fundamentales. Por un lado, continuar insistiendo en el papel que juega el lenguaje en la configuración de la sociedad, pues el lenguaje no es sólo palabras, y especialmente no en tanto palabras que representen cosas ya dadas, sino discurso, un principio dialéctico y generativo a la vez, que remite a una red de relaciones de poder que son histórica y culturalmente específicas, construidas y, en consecuencia, susceptibles de cambio. Su status no es, por ello, inmanente sino fundamentalmente político (Colaizzi, 1990:20).

En segundo lugar, es necesario retomar las discusiones sobre el concepto de diferencia e igualdad que se han venido desarrollando en el seno del pensamiento feminista, especialmente desde los años 70, y que cobran especial relevancia en el contexto contemporáneo en el que asistimos a un proceso de revisión crítica y redefinición de muchos de los planteamientos, enfoques y marcos conceptuales desde los que se abordaba la cuestión de la diferencia. La multiplicación de las reivindicaciones que exigen el reconocimiento de la diferencia -de género, clase, etnia, «raza» o sexualidad- y, la creación de espacios de unión y acción conjunta desde los que exigir la igualdad social, refleja la necesidad de volver a pensar nuevos modos de articular los problemas de la diferencia cultural con los problemas de la igualdad social. En la búsqueda de una política feminista que pueda responder a las exigencias de nuestro tiempo, Nancy Fraser apunta el aspecto esencial de esta conexión al entender que «las diferencias culturales sólo pueden ser libremente elaboradas y democráticamente mediadas sobre la base de la igualdad social» (1995:53). Por lo tanto, no debemos limitarnos a comprender la diferencia en términos exclusivamente culturales, sino que resulta fundamental analizarla a partir de las desigualdades estructurales que genera, desigualdades económicas, políticas, sociales y culturales que impiden el acceso de estas mujeres a los recursos materiales y a los espacios de toma de decisiones. Deconstruir aquellas categorías que, como la diferencia de género, étnica o de clase, se presentan cono «dadas» constituye una vía necesaria desde la que desvelar y transformar esta realidad.

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Notas
1 Entendemos género como una categoría útil para el análisis histórico que hace referencia a la organización social y cultural de las relaciones entre sexos, rechazando con ello todo planteamiento basado en el determinismo biológico, y que parte de un enfoque relacional y contextualizado de las experiencias de hombres y mujeres (Scott, 1990).
2 En los últimos treinta años se ha venido cuestionando la base biológica sobre la que se ha sustentado la idea de «raza» a lo largo de la historia para pasar a ser entendida como una construcción social de carácter excluyente. Esta trayectoria ha desembocado en una corriente crítica que, en un intento de destruir la propia noción -una vez demostrada su inconsistencia como categoría científica- señala que la «raza» no existe. Sin embargo, como señala Colette Guillaumin, negar su existencia de categoría empíricamente válida no suprime la realidad estatal y la realidad social de esta categoría, que, por el contrario, es empíricamente efectiva: «la raza no existe. Sí, la raza existe. No es, ciertamente, lo que se dice de ella que es, pero es sin embargo la más tangible, real y brutal de las realidades» (1993:60).
3 La crítica aquí planteada no pretende minimizar las relaciones de dominación que sufren las mujeres afganas sino denunciar el uso interesado que Occidente hace de las situaciones en que se encuentran las mujeres en otras sociedades para estigmatizarlas y legitimar el poder que ejerce sobre ellas.
4 Es necesario estudiar el sentido que se le atribuye a ciertos elementos que se convierten en símbolos en el contexto en el que se insertan, de modo que en el seno de las sociedades occidentales el maquillaje, como los cosméticos o la forma de vestirse pueden llegar a interpretarse como símbolo de la subordinación que sufren las mujeres sometidas a un mayor control de su cuerpo que los hombres. En este sentido, el símbolo de progreso pasaría a convertirse igualmente en símbolo de opresión. La simbología que se esconde tras el maquillaje, por un lado, y tras el burka, por otro, es interpretada de distinta manera por los ciudadanos afganos y norteamericanos. La importancia que adquiere el contexto para comprender las prácticas sociales y culturales no debe suponer, sin embargo, caer en un relativismo cultural absoluto, pero sí crear las condiciones necesarias para favorecer un espacio de diálogo donde los distintos géneros y grupos sociales se encuentren en condiciones de igualdad y, sobre todo, donde sean los propios colectivos afectados quienes puedan interpretar y construir sus realidades en función de sus intereses y necesidades.
5 Estos modos de representacin se extienden a su vez al conjunto de mujeres procedentes de países no occidentales y del denominado Tercer Mundo y que, actualmente, cobran especial importancia en las concepciones dominantes sobre las mujeres inmigrantes extracomunitarias que residen en nuestras sociedades.
6 Esta tendencia es denunciada por la arabista Vanesa Casanova cuando advierte que para los investigadores de orientación liberal-modernista, inscritos dentro de una línea de estudio orientalista, «el estudio de la mujer merecía atención únicamente cuando servía para poner de manifiesto el carácter tradicional de las sociedades árabes» (2001b:98). La autora plantea cómo la situación de pobreza, marginación y analfabetismo de la población femenina eran atribuidos al hecho islámico, considerado como el causante de todos los males de las sociedades árabes.
7 Para una crítica a estas tesis véase Pedro Martínez Montávez (2002).
8 Según Huntington la fuente principal de conflicto en el nuevo mundo no va a ser ni ideológica ni económica sino entre civilizaciones culturales diferentes. Martínez Montávez no sólo considera los factores económicos e ideológicos inseparables de la civilización sino que además le reconoce el gran mérito de creer en la existencia de las civilizaciones, «en tiempos como los actuales, cuando van aumentando los espíritus posmodernos y superevolucionados que ponen en duda precisamente la existencia de las civilizaciones, pareciéndoles objetos inconsistentes, artificiales, indefinibles, y por eso las niegan» ( 2002: 81).
9 Bush alerta, en su primer discurso ante la ONU, que «nuestra civilización está amenazada», titular del diario ABC, 11-11-2001.
10 La hipocresía de Occidente se refleja en la exclusión de las propuestas de RAWA sobre cómo abordar la situación y de su participación en la construcción del nuevo gobierno establecido, así como en la restauración en el Gobierno de los mujaidines, que no se comportan mejor con las mujeres que los talibanes a quines Estados Unidos apoyó en su momento para combatir la influencia soviética (Delphy, 2002).
11 Como sugiere F. Mernissi (1993) al reivindicar el poder olvidado de las mujeres en el mundo islámico y la trayectoria feminista desarrollada en estos países.