Poemas desde el lago

1.

La frontera
es ese espejo
donde se mira mi sombra.

2.

Ya no tengo manos.
Al borde del silencio
mudé la tristeza
como una culebra ciega.

3.

Y si el instinto quiere
se me caerán las distancias
hasta encontrar
el perfil de mi nombre
en la bruma.

4.

Un otoño me dará las hojas.
Yo le daré mis cartas viejas.
Mis fotos.
Mi lujo, mi brillo,
mis sentencias.

5.

Desnuda iré al invierno
llena de aves y de plumas.

Se me caerá la piel
al borde del camino.

6.

Cada éxodo
es una vigilia que retrocede.
Partir
es quemarse las manos
y andar de rodillas
todos los incendios del mundo.
No me digas nada.
Detrás del horizonte
se me han quemado los pañuelos
y rondará mi sombra
sola
su sola danza
y su espera.
Danza de lobos
en manada triste…
Pero soy el cazador.
El que apunta
con la flecha y aminora
el llanto de la presa.
Pero soy la presa.
Y lloro y me escondo.
Mi otro yo
encuentra la noche
que perdí
en emboscadas y desgarros.
Huyo y persigo.
Me busco. Me danzo.
Me encuentro.
Me devoro.
En el soplo de mis huesos
mi propia flauta
está llamando.
Y regreso.

7.

Mandamientos.
Mandatos.
Tropezones de la sangre redonda
que siempre vuelve
a los inicios.
No sé cómo llamarla.
Con qué voces pedirle
reparos de orfandad
o deslustre de simientes.
Ay, gira y se desdice,
ronda, redonda,
la ronda de mi sangre
que ya no sabe sangrar
y se desangra
en voces
de otra sombra…
Reparo que ya no cubre.
Mañana que no nace.
Noche que no llueve
pero llora a gritos
como tormenta que deshilacha
su furia
y atropella ángeles
en avería de estrellas.

8.

Las entelequias del sonido
se programan con la lluvia.
Dinteles del trigal
en la pajiza vibración
del aire.
Rumor a cuerdas
ocurriendo
como gotas que caen
sobre su propio éxtasis.
Desando la melancolía.
No es la lluvia.
Es mi sangre.
Y es espesa,
acortinada,
con un goteo de siglos
en su amplia congoja.
Melaza del viento
que destina su canto
a los funerales de enero.
Pero no es enero.
No hay trigales.
Ni siquiera llueve.
Otra vez
la tristeza
me burla los tiempos.
Es ahora
y son todos los ahoras.
Ya es ahora.
Y enero es ahora.
Y la lluvia.
Y mi sangre que grita
su distancia y su fango,
oscura y transparente,
como una criatura
perversa
que llueve en mi alma.

9.

Se me ha deshecho de pañuelos
la alborada.
Por el adiós salpiqué de piedras
el camino
y fui buscando
mi cruz en el agua.
Perdí la sombra
en un dintel de lluvia.
Me siguieron perros desolados
con lenguas de azúcar
y un olor a pobreza
en la percusión de sus pasos…
Bestias temblorosas
como los sueños
soñados por un niño
que jamás va a crecer
y que promete definir en viento
su estatura…

Yo puse las manos adentro del agua,
pero la lluvia era el adentro
y el afuera,
un desconcierto de perros y de niños,
un azul desolado
que no sabía qué hacer con mi sombra
y sus tropelías de cielo.
Después me volví hacia la noche
y era más clara sobre el pasto,
casi como el eco de tus pasos
que un día derramaron
el adiós por los tréboles
e hicieron un viento manso
con mis ojos que te seguían
como niño
como perro
como lamento de estrella
tan lejos y tan sola.

Pero me brillan las manos
en la noche.
No es mentira la eternidad
si te sigue mi sombra
en la lluvia.

10.

La soledad
arrienda catamaranes.
Navega la porfía
a contramano del viento.
Como un verdugo
implacable y tierno
el lago me pone sus tiempos
al compás de la sangre.
Y soy alfarera del sonido
que repica entre las piedras
su cansado soliloquio.
Soy ancestro y soy canción.
Una máscara
que inunda los llamados
de una casa por siempre sepulta
y presente
en su arquitectura de espanto.
Me llama el lago.
Desde el fondo del lago
me llaman otras voces
y es un patio que juega
su silente bonanza
y su desaparecida estrella.
A veces vuelvo
ceñida de algas
con viejos caracoles en el pecho.
A veces voy
tan pueblerina y desmañada
a empaparme
en su ademán de pozo definido.
Hay un antes y un después,
una desprevenida audacia
que deslinda tempestades.

Y mi sangre sola
es un pez
que reparte sus temblores.

11.

Cada vez mas lejos.
Quizás ni sangre tenga ahora.
Cada vez más adentro
y quieta.
La bestia que nombró mis vísceras
se hartó
de tanta paz desmontada…
Pero mutó,
mutó en ave para cielo
en grillo para canto
en caballo para el sueño…
No hubo cielo
y el ave olvidó su voz.
No hubo canto
y el grillo olvidó su cielo.
No hubo sueño
y el potro desbarrancó las esperanzas
y se fue en alaridos,
huyó de mis sentencias
y del rumbo que pacía sobre el pasto
en todos los solsticios.
El verde se quedó un tiempo más.
Ya habían desaparecido los rojos,
los azules y los amarillos.
Ocres nunca hubo. Negros tampoco.
Ningún otro.
Pero el verde tiene el coraje de la vida
y se quedó en desafío
para que no me muriera.
Y cuando ya estaba de arbolito,
de madera tierna y hojita verde,
una gran hoguera
antigua, desesperada,
sacó sus dientes del derramo de mi carne
y mi cuerpo fue el receptáculo del alma:
carbón de piedra,
estrella apagada cada vez más hondo,
corazón que se asfixia
en su roca decisiva.

12.

Quiero que guardes este collar…
Son abalorios de musgo
que desgrano
para cuidar tu sombra.
Traen el vértigo de mi sangre
en un estuche rojo
y lo he puesto a sanación
bajo la luna
todas las veces
que el tiempo marcó simetrías
en la huella de los astros.
Déjame ser el aire
que nodrice tus sueños.
Con hojitas de ruda
y corazón de mburucuyá
te haré un sahumerio
que difunda en tu piel
los rastros de la noche.
Brillarás de perfil
como un relámpago
o el latido de una estrella.
Y no estarás.
Y no serás más que la luz
que te viste…
Ese desconocido que pasa…
El extranjero
en la casa de mis días.

13.

En esto quiero quedarme.

¿Cuánto cuesta
el hilo de un ave
que decapita asfaltos en el aire?

Bucólica de mí
me tomó la mañana
sin café, ni mate siquiera…
Una buena tunda
de almohadas
para mis sueños…

¿Y cómo llegué aquí?
Si venía por el ocio del verde,
terrón y bestia
arracimada junto al tiempo…

Sojuzgo la esperanza.
Le hinco púas en las manos,
le crucifico las piernas
para que no se vaya.

Pero no me iré.

Ya estoy sucia de caminos
y soy la ramera que usa
el viento
para pedirle cancha
a la soledad.

Así nomás.
Mientras pueda.

14.

Hay lugares
donde abunda mi rama soledosa.
Tengo una historia
con barcos que silencian
su aventura
en cormoranes de ira,
una mansedumbre
atrofiada por los vientos
y una esquina
minuciosa y perversa
quebrándome el alma.
No sé si antes o después.
Un altillo mutilado de luna
le calzó
los vestigios al verano
y mi árbol
sueña desde la sombra
su pajaral en celo.

15.

Después de arrojar
su anciano al agua,
volvió a trepar por la vertiente,
se lavó los ojos
con la luz de los peces
y alzó piedras,
piedras blancas,
piedras del indio
bellísimas y quebradizas,
musicales y mortíferas.
Alzó piedras.
Su anciano más lejano
pasaba flotando
y constreñía rocas en la orilla.
Y ella bailaba con las nubes
y lloraba sin agua como el lago,
pero las piedras blancas
eran un porfío de historia rota.
-¡Ya no sirven!-
gritaba el anciano.
Ella miraba el cielo
(¿sería el de entonces?)
y tornaba a las rocas
sucia y deshilada…

No la vieron volver
las crecientes del verano.

(Fragmento del libro inédito POEMAS DESDE EL LAGO –2006-)