Poemas de los libros: Orillas de tránsito y Las estaciones aéreas

De: Las Estaciones Aéreas, Ediciones Barba de Palo, Valdivia, 1999.

Segunda inmersión
Andre Racz en la memoria .
«La memoria arroja y deja en seco
una multitud de cosas retorcidas;
una rama retorcida en la playa,
devorada; lisa y pulida
como si el mundo rindiera
el secreto de su esqueleto,
rígido y blanco».
T.S. Eliot

Llevarse de la vida solamente
algunos tesoros encontrados en la arena:
trozos flotantes, boyas de madera, brillantes colores
conchas, caracoles
los restos que sobreviven de un desastre náutico
los pequeños tesoros reunidos
cada verano
dispuestos a lo largo de la costa
para descifrar el paisaje.

Cada piedra tiene aquí su correspondencia
sus concavidades en mordisqueadas rocas
se coleccionan piezas, redes
en donde cada espacio vacío del rompecabezas
quema como la sal
en los surcos de las manos de los pescadores.

Sólo restos
pedazos dispersos de un libro benévolo
materia encontrada al azar para leer las señales
el íntimo mapa de la existencia.
***
Terco otoñal
Terco el sol otoñal de mis días que me sueña y me duerme
Terco el quemador de testas, que entre plazas y parques
me obliga a recoger las hojas olvidadas y húmedas de su libro:
las metáforas que van a dar al resumidero del día
esas quebradas en donde musgo y paciencia
tejen la atmósfera de lo que es igual en el mundo.

Terco el que en su majadería pregona el «mi mano es muchas manos»
y la llamamos mi mano que escribe, boca y ojos cosidos

l a m a n o e s c r i b e

en este vasto cuerpo que somos
cuerpo en donde se congrega la tarde
con todo su sueño secular.
***
No es de la fosforescente rama de abedul
de donde cuelga la imagen
ni está en el resto de café en el fondo de la taza
ni en el humo de cigarro al final de la fiesta
ni tampoco en su sabroso olor entre mis dedos.

Apenas si se puede contener la tentación de escribir sobre una fotografía
imagen desteñida de una memoria mecánica

cuando todo es imagen qué se puede decir
mejor es amarrar la barca a la orilla de esta página
mientras las confusas instantáneas de la realidad
den vueltas y vueltas como un disco en el pick-up
desprendiéndose de toda palabra innecesaria
toda metáfora de más:
y ya en la orilla, sólo el abedul
su fosforescente rama
para observar el cielo.
***
Cisneros habla a su hermano ambulante
Los libros son adobes de una torre que nunca edificaste
poeta ambulante,
y ofreces tus poemas en canastos al mejor oído postor.
Ahuecas la cabeza para que no te detenga
la sorna de tus hermanos
el duro asfalto de la tradición, la historia de la desmemoria.
Vistes la ingenuidad impenitente
en una gastada camisa limpia
para no contagiarte con la vergüenza ajena
soy poeta, escribo versos y cuento historias,
pero no escribo para usted
adivinas de soslayo el desprecio y la desconfianza
no hay corazón que te aguante
otro siembra el árbol, tiene el hijo y escribe el libro
porque eres de otro país, ambulante, de otro tiempo.
Porque naciste cuando el musgo envejecía entre los nuevos puentes sobre el río.
***
Notas para el reencuentro

I
El despunte de tu rostro en la ventana
(una quebrada de Valparaíso al fondo)
es un gesto de romanticismo
aquí en Valdivia o en cualquier parte.
El aire es uno solo entre las dos ciudades
y tu barba oxidada
el viento marino quizás
es la más bella poda de otoño a la que haya asistido.

II
Como tarde de domingo
entre café y los libros de siempre
un viento que trae pastosos canciones
(un viento literario, por cierto) lo desordena todo.
La vieja memoria confunde
tus recuerdos y los míos, un poco de nostalgia
el cóctel perfecto.

III
La plaza es una fotografía
(la intervención de lo real)
el desembarco en la ciudad-puerto de los encuentros
mi hombre-muelle en quien llevar a cabo

la puesta en escena de esas metáforas
que imagino en mis viajes (imaginarios también)
algunas figuras de una retórica manoseada
(como las bancas del muelle)
que ensayo en mis sueños hasta el cansancio
la ansiedad de atracar en ti
fondear, primero, tu desánimo
y allí
en el centro
otra vez
en la materialidad del abrazo
recrear
el lugar del poema.
***
primer andar
y así como el día y su transcurso nos enrolla como a un cigarro
porque al día hay que liarlo antes de fumárselo
y no se le puede guardar hecho
porque sabe distinto, seco
y no se puede tener días preparados, alineados en una caja

así como se suceden los temas en un disco
temas aprendidos de memoria y que podríamos tararear sin escucharlos
así presentimos los días y los adivinamos
y entre cada intervalo ensayar la entrada del piano, la trompeta o el saxo

así también se nos anuncia la mañana ya desde la taza de café
todo el día y sus intersticios en el calor de la humeante taza
su escritura escondida
que bebemos como a un muerto para hacerla nuestra.
***
Tercer y último andar

I
Pesado paso en el piso
desganado
condenado al surco que dibujas
sobre la tierra.
Es tu huella el inicio de otro viaje
ése del que tiene anhelo la pisada en el aliento
el intervalo
exhalo,

II
Y algunas hojas de tu libro se arrugan
otras se pierden en la penosa travesía.

III
No hay retorno en este bosque
Habrás perdido el mapa o ya no sabrás leerlo
El reverso de este viaje lo comienzas como a un viejo libro
ahora por detrás
leído al revés
es ya otra historia que te absorbe.
De: Orillas de Tránsito, Secretaría Regional Ministerial de Educación, Región de Los Lagos. Colección de Premios Luis Oyarzún, Santiago, 2003.
***
las secretas costumbres
“estoy convencido de que hay más rutina
en las aventuras que en un buen matrimonio”.
Cesare Pavese

todas las noches recorre mi espalda
escribiendo un poema que habla de nuestra historia:

el eterno regreso al matrimonio.

se comen frías lentejas mirándose a los ojos
encaramados
uno al otro como arañas a la pared
se interroga, se interpela, se grita
se mira el techo en la oscuridad y se adivinan los sueños
no estoy seguro de tu amor y otros boleros sisean en el aire

-prende la luz. –apágala.

-cuéntame algo.
si no conversamos la vida acabará pronto.
cuéntame alguna historia, aunque sea la nuestra.
la vida está hecha de historias
miles de ellas como telas de araña.
téjeme cualquier cosa.

Entonces comenzaba:
«existimos para acompañarnos
alimentados de la ilusión
el pan del amor conyugal.
Retozar abrazados en el mismo jergón
cuando en verdad estamos separados por siglos de biografía,
siglos de identidad, siglos de soledad
en que cada uno duerme solo en la cuenca de sus ojos,
para reunirse en un sueño común
soñado al mismo tiempo
en el que compartimos casa, comida y lecho».
***
Pláticas
I
Nuestra conversación se vuelve
una sala de cine vaciándose lentamente
al terminar la película que nos deja inmóviles
mientras el acomodador nos mira ansioso
apurando la cháchara y el pasillo.

El espacio en blanco que media entre tu taza y la mía
(o entre un extremo y otro de la cama)
es un vacío, un silencio, un no-lugar
de esos que en las ciudades acumulan hiedra
basura
o crímenes.

II
Guardamos conversaciones

en cajas de cartón
selladas y empolvadas bajo las camas
entre nuestras ropas y en el desván.

Como el amante que guarda los recuerdos de la amada
pinches caracoles marinos piedras cartas semillas
fotografías tristes testimonios
en una caja de zapatos como ataúd:
el rito del entierro es el mismo.
***
Tarareas una canción mientras lavas los platos.
Lo interpreto como un gesto de romanticismo
una señal para deponer las armas.

Es la bruma de la muerte que viene hacia nosotros
la palabra no oída, la palabra gastada
flota inquietante sobre el puente.

El agua cayendo en susurros entre los trastos
no moja, no lava, no disuelve el silencio adherido
a todo el universo que poseemos:

un montón de ollas sucias.
***
Patios oscuros
breves tragaluces en que el sol apenas
alcanza en su oblicuidad
a entibiar la hiedra que sepulta
la fugaz niñez, recuerdo

allí
entre inusitado pasto y lápidas
jugamos a las bolitas o pedaleamos casi
una bicicleta que apenas se sostenía en pie
entre un extremo y otro del territorio.

Patios traseros
o laterales
una de las siete maravillas del mundo antiguo
cuyos jardines colgantes desafiábamos
con la mira de un juguete
ensayo precoz de las sucesivas muertes
que enfrentaríamos afuera

Patios breves
sombríos aleros de la casa de Dios,
la nuestra o la del vecino
tres cuartos de cemento y uno de prado
la mágica proporción del tedio.
Como en un ring
cada esquina es un aliento en donde crecen
pequeñas flores, heroicos brotes de resistencia vegetal.

Algo de terror habita en estos patios
la noche que sube en sus cañones, sube al sueño
las preguntas que cuelgan de sus jardines
tal vez el día entero pende de la verja
de pronto, el ladrido de los perros que nos ata al presente.

Sorprende el tránsito por esta zona oscura
en la que el sol ilumina a destellos
(igual que en mi memoria)
los rincones húmedos que habitan caracoles
musgos y chinitas.

Un muro lavado por la lluvia
ahuyenta a los intrusos.

El surco anaranjado que dibuja el zinc en el suelo
juego de saltos y números
lo mismo que afuera
luche o rayuela
seis, cinco
descanso
cuatro, tres
descanso
dos y uno:
la cuenta regresiva
para entrar al cielo.
***
A Jorge
La provincia europea evapora su jornada
en gruesos telares de bruma,
telón de fondo para la prematura muerte del día.
Más allá,
la gran ciudad hierve entre copas y animadas charlas de mesón.

Somos unos viejos campesinos alemanes
bajando las persianas al frío y al mundo
que encienden sus lámparas de combustible
abrigan sus soledades
los poemas humean precoces a la noche.

¿Hacia dónde escapa la tarde de este hemisferio?

Lejos, al otro lado del mar, manos y pies taladrados
puedes contar todos tus huesos,
mientras nosotros, nos sorteamos tu túnica.
La heredad no es sólo materia, la casa de mi niñez y tus talismanes:
a cada uno toca también su porción de dolor,
su cuota de odio.

Me reservo, junto al hermano menor que ya no duerme
el beso de plata que sella tu muerte
los dos vástagos de tu maltratado tronco
únicos testigos y concelebrantes en esta temprana cena
el beso final, el adiós, la imagen religiosa bajo tu pecho
soplo los últimos secretos en tu oído hueco
el hijo desenreda la hiedra de tus dedos
que se graban en los míos
un padrenuestro ahogado
entre hipos
y mis disculpas por no llegar a tiempo.

¿Hacia dónde escurre la tarde en tu hemisferio?

Los antiguos inmigrantes
traían consigo las herramientas para reproducir el pueblo natal.
En el viaje inverso me acompañan
los elementos del álbum familiar: el equeco de la historia.
La boda de los padres cuando caía el verano
para así no olvidar el origen
la ciudad azul, magnífica,
el día que enterramos el siglo
el nacimiento de nuestra hija
los amigos, las madres infinitas en su espera
la muerte presentida y tu expirar profundo
que me despierta a sobresaltos
a medio camino entre tu cama y un aeropuerto europeo.

¿Hacia dónde ascienden los sueños del hemisferio?

La foto reproduce una tarde feliz:
el río entre niños y perros.
Una pobre orilla de playa a la que nos obligaba
el verano en la ciudad y su desierto.
La remota niñez se sumerge
junto a las oxidadas formas de Valdivia entrevisto
entre pesados fierros y memoria.
La inmersión en aguas de lo antiguo
cuando te creía nadador experto
de un río que oculta, aún hoy, el sonido de la muerte.
***
El incendio convoca a los curiosos en medio de la noche
como la llama de algún aniversario oficial
o zancudos al pabilo de la muerte.

La premonición nos despierta de un mal sueño
para llevarnos a otro que transcurre a metros de la ventana.

La tarde anterior
entrevimos el caserón abandonado
entre el pasto y las lápidas del tiempo
y discutimos acerca del inexorable transcurso de la voz
sus campanadas perentorias
llamando al centro cívico y sus rituales.

La noche atrozmente iluminada por la belleza de una hoguera
al lado, el río comunitario que nos ata al siglo y sus luces,
pasa como un ahogado pensativo, flotando,
asido al lomo de la historia.

La escena es atemporal
como pudo ser cien años atrás
quienes celebran, los mismos
en camisón y pantuflas, bruscamente iluminados
husmeando entre el carbón y las cenizas
buscando alguna pista, algún signo:
la truculenta forma de las llamas,
el trazado de las tablas en el suelo
los restos humeantes del desastre
cuya mojada fórmula enrarece el aire
para interpretar así, entre todos, el vaticinio.