Memorie di una cagna: Helena de Troya cuenta su propia historia

1. La autora.

Memorie di una cagna (Frassinelli, 2010) es la primera novela de una jovencísima autora, Francesca Petrizzo (Empoli, 1990), que acaba de terminar el Liceo Classico y que se decanta en sus estudios universitarios por la Historia. Según sus propias afirmaciones, en entrevistas concedidas a propósito de la publicación de su libro, lo compuso en 2008 y le dió forma definitiva en 2009. Tras haber leído las fuentes clásicas del personaje mitológico de Helena de Esparta o de Troya (“Sono cresciuta con i miti greci, per me erano come le fiabe e al liceo classico ‘Virgilio’ di Empoli leggendo i testi mi è venuta voglia di dare una voce più moderna a questi personaggi”) y tras haber escrito un primer borrador muy apegado a ellas, en la revisión “ho invece messo molto del mio bagaglio culturale” (Ferniani 2010). Su interés se debe a que, para Petrizzo, se trata un “personaggio sfuggente” (Mazzocchi 2010) que no tiene la grandeza de heroínas como Medea o Fedra, protagonistas de grandes tragedias.
En efecto, Helena es una figura ambigua, ambivalente, atacada y defendida: víctima de una decisión divina en Homero, traidora y adúltera en Eurípides (Troyanas), sin existencia real, sólo un fantasma en Estesícoro y Eurípides (Helena). Aparece en la poesía épica, en la lírica, en la tragedia, en encomios y reflexiones filosóficas. Tiene voz en la Ilíada y la Odisea, se defiende en Eurípides, responde a las propuestas de Paris en Ovidio, pero se trata en la mayoría de las ocasiones de un “personaggio strumentale” -en palabras de Petrizzo (Zambito 2010)-, queda reducida a un casus belli, y representa el tópico de la mujer como causa de enfrentamiento o guerra. Es en nuestros días cuando Helena adquiere verdadero protagonismo y autonomía: la encontramos en los versos de Helen Doolittle (1961), en la novela de Luciano de Crescenzo (1991) y en la de Colleen McCullough (1998), donde da su punto de vista sobre la guerra, en otra autobiografía, la de Margaret George (2008) y en la “entrevista imposible” de Marina Raccanelli (2010).
La novela que nos ocupa es un eslabón más en esta cadena de modernas relecturas del mito, la autora afirma que lo que ha querido es darle entidad al personaje, convertirlo en un “essere umano che fa delle scelte sbagliate ma con delle motivazioni” (Zambito 2010).

2. La obra

2.1 Estructura.
En la primera parte de la obra, Sparta, se recogen los hechos anteriores al momento en que Helena conoce a Paris y huye con él abandonando a su marido Menelao y a su hija Hermíone. Como veremos más adelante, Petrizzo sigue a grandes rasgos las fuentes clásicas cuando escribe sobre la familia de la protagonista -hija de Tíndaro, rey de Esparta, y Leda- y su infancia: raptada siendo una niña por Teseo, rey de Atenas, y liberada por sus hermanos, Cástor y Pólux. Se menciona también en esta parte la muerte de éstos y el matrimonio de su hermana Clitemnestra con Agamenón.
En la segunda parte, Troia, se narran los hechos ocurridos desde el momento en que Helena se establece allí con Paris hasta la caída de la ciudad y su reencuentro con Menelao.
La novela concluye con un epílogo, que le da un desenlace inesperado, y se abre con una página que sirve para ponernos en situación: Helena evoca lo que ha sido su vida –familia, infancia, matrimonio y amores- en la nave que la lleva de regreso a Esparta para retomar su vida junto a Menelao.

2.2 Título.
El término cagna que aparece en el título hace referencia a los apelativos con los que la propia Helena se denomina a sí misma en Homero: “perra” (Ilíada VI 344 y 356) y “cara de perra” (IlíadaIII 180 y Odisea IV 145): La cagna. Così mi chiamano gli uomini dell’equipaggio. La cagna. (Petrizzo 2010: 1). La cagna, por tanto, es Helena cuyo nombre propio, en algunas etimologías en la Antigüedad, se relacionaba con la destrucción. Así en el Agamenón de Esquilo (vv. 681-690), el Coro sugiere que alguien que conocía su destino eligió para ella ese nombre:

CORO. – ¿Quién le dio el nombre de Helena con absoluta verdad? ¿Acaso alguno a quien no vemos que con su previo conocimiento de lo dispuesto por el destino rige su lengua ajustada a esa suerte? Dio el nombre de Helena a la casada que fue disputada, que causó la guerra. Luego fue, de modo adecuado a su nombre, destructora de barcos, de hombres y pueblos,

texto que le hace a Petrizzo poner las siguientes palabras en boca de Helena cuando se presenta al inicio de la novela: Scelsero per me un nome atroce; Elena, la distruttrice. I nomi sono potenti(Petrizzo 2010: 5).

2.3 Fuentes y tratamiento del mito.
Como ya hemos apuntado, la propia autora afirma conocer las diferentes versiones del mito y es evidente que en la novela utiliza fundamentalmente a Homero y también a Esquilo y Eurípides a los que sigue y de los que en muchas ocasiones se aleja voluntariamente para construir una “verdad” diferente. Retomando palabras de Helena a Héctor, cuando afirma que su relación con Paris será cantada por los poetas (“A los dos, Zeus nos concedió un funesto destino con el fin de que seamos motivo de canto para los hombres venideros”, Ilíada VI 357-58), la protagonista de Petrizzo sostiene que no es cierto lo que éstos cuentan de ella:

Del poco que ho avuto, del molto che ho perso, già gli aedi fanno racconti. Racconti bugiardi. Loro non c’erano, del resto. Io sí. (Petrizzo 2010: 1)

Esa “verdad” se busca en la novela con una primera transformación que afecta al conjunto del relato mitológico: la autora adopta una perspectiva racionalista. En Homero hay una continua referencia a la intervención de los dioses en el origen y los acontecimientos de la guerra de Troya. Cuando, en el libro III (154-165) de la Ilíada, Helena sube a las murallas a presenciar el desarrollo de la batalla, los viejos troyanos, al contemplarla, atribuyen sus desgracias a su hermosura, pero Príamo la exculpa:

Así pues, al contemplar a Helena subiendo a la torre, con voz susurrante pronunciaron entre ellos aladas palabras: «No es de extrañar que los troyanos y los aqueos, de buenas grebas, lleven padeciendo durante tanto tiempo tamaños dolores a causa de una mujer como ella, pues en su rostro se asemeja terriblemente a las inmortales diosas. Pero, aun siendo tan bella, que regrese a las naves y no nos deje en lo sucesivo destrucción ni para nosotros ni para nuestros hijos».
Así decían, y entonces Príamo llamó a Helena en voz alta: «¡Ven aquí, hija querida! siéntate conmigo para que puedas ver a tu anterior esposo, a tus parientes y a tus seres amados. Tú para mí en absoluto eres culpable de nada, los culpables son los dioses, que trajeron contra mí esta guerra, causa de lágrimas, con los aqueos».

No hay, por tanto, responsabilidad personal en la versión homérica, es Afrodita, para cumplir con su victoria en el Juicio de Paris, la que interviene en el enamoramiento de Helena. En Eurípides es donde desaparece toda motivación de orden superior, distanciándose de la versión épica que atribuía a dicha diosa la capacidad de condicionar profundamente las decisiones del personaje (Bettini-Brillante 2008: 103-111). Así, en el enfrentamiento entre Helena y Hécuba en Troyanas, la primera recurre a la versión homérica para justificarse, pero Hécuba rechaza sus excusas acusándola de no haber sabido resistirse a la belleza de su hijo, poniendo así en primer plano las responsabilidades personales de Helena en la traición. Como han afirmado Bettini-Brillante: “Las causas que indujeron a Helena al abandono de Menelao son todas de origen humano y todas ellas atribuibles a sus cualidades morales. (…) Esta tragedia de Eurípides nos presenta un personaje sustancialmente nuevo, despojado de todo rasgo heroico, cuyo carácter está básicamente descrito en las palabras de Hécuba” (2008: 107) .
En la novela de Petrizzo, Helena aparece en carne y hueso porque la autora reivindica para ella la capacidad de decisión y, como en el teatro de Eurípides, le da importancia a la iniciativa humana de los personajes. Nos encontramos, en definitiva, en esta obra ante una racionalización del mito, se elimina el aparato divino y los dioses desaparecen, no intervienen en los asuntos de los mortales, están mudos e impasibles, las causas de los hechos son humanas y son los hombres los que toman sus propias decisiones:

Sorgono e cadono gli uomini come le foglie sugli alberi, sorgono e cadono nel silenzio di dèi muti. (Petrizzo 2010: 1)

Un ejemplo concreto de esa racionalización de los episodios mitológicos lo tenemos en el momento en que Helena menciona su parentesco y alude a la versión tradicional que la hacía hija de Zeus, para explicar inmediatamente este detalle con un comentario: Seppi molto più tardi che le schiave mormoravano che fossi figlia di Zeus. Un modo come un altro per insinuare il dubbio che mia madre fosse una donna infedele (Petrizzo 2010: 6).

3. LA VERDADERA HISTORIA DE HELENA

Para estudiar la caracterización del personaje de Helena en la novela de Petrizzo, la reescritura del mito, sus relaciones con las fuentes clásicas –de las que parte siempre- y su distanciamiento voluntario –nunca por ignorancia- de las mismas, me centraré en la relación de la protagonista con diferentes hombres (Diomedes, Aquiles, Menelao, Paris y Héctor) a lo largo de su vida.

3.1. Relaciones de juventud: Diomedes y Aquiles.
Como en las fuentes clásicas, Tíndaro, rey de Esparta, decide buscar un marido para Helena. En la novela de Petrizzo, Diomedes, acude desde Argos y Helena se enamora de él. Lo mismo ocurrirá con Aquiles, con quien tendrá un encuentro poco tiempo después. Ninguno de los dos será el elegido.
No hay apoyo en los textos clásicos para estas relaciones de juventud de Helena, Diomedes sí figura entre los 41 pretendientes que acuden a Esparta (Apolodoro II 10,8 e Higino, Fábulas 81), no así Aquiles que era bastante más joven que Helena. Sin embargo, en éste último caso, algunas fuentes nos hablan de un matrimonio de ambos tras su muerte, trasladados a la Isla Blanca (Apolodoro. Epítome 6,29). Una unión en vida, pero en la irrealidad de un sueño (Vellay 1957: 132) la recogen algunos autores según los cuales Aquiles, atormentado por ese sueño pide ver a Helena y Afrodita la conduce hasta las murallas de Troya. Al contemplarla, el héroe siente una pasión mayor que en el sueño.
Según el mito, la elección de marido entre los pretendientes corre a cargo de Tíndaro (Apolodoro III 10,9) o de la propia Helena (Higino, Fábulas 78). Previamente el rey había hecho jurar – siguiendo el consejo de Ulises- a todos ellos que acatarían la decisión y defenderían al marido si alguna vez resultaba ultrajado. En la novela acuden varios candidatos (E la polvere di Sparta imbiancò i loro calzari quando uno a uno si presentarono a chiedermi in sposa a mio padre, Petrizzo 2010: 45), finalmente la decisin la toma el poderoso Agamenón en favor de su hermano Menelao, siendo innecesario por tanto, ante el poder del rey de Micenas cualquier tipo de juramento (Era un ordine, quello del gran re. Un ordine a cui non ci si poteva ribellare, Petrizzo 2010: 47).
Las modificaciones de Petrizzo nos muestran una Helena obligada al matrimonio por razones de estado, de forma más evidente que en las fuentes clásicas. Con la introducción de estos dos amores de juventud, Diomedes y Aquiles, se hace más evidente que las cosas podrían haber sido distintas si ella hubiese podido elegir.
En cuanto al personaje de Aquiles hay que señalar que mantiene rasgos tradicionales, pero matizados, en ocasiones, por la perspectiva racionalista que adopta Petrizzo. Por ejemplo, conoce su destino, que su muerte y su gloria van unidas, y así se lo comunica a Helena:

«Io morirò giovane».
«Tu non morirai mai .
«Sarà di spada. Non in un letto e senza conforto. Mangiando la polvere».
«Sembra una cattiva morte».
«Giurano gli oracoli di questi dèi a cui non credo che mescolate alla polvere ci saranno scintille di gloria».
 (Petrizzo 2010: 66)

También se recuerda en la obra la estancia de Aquiles en la isla de Esciros, en la corte de Licomedes, aunque aquí ya no se trata de una estratagema de la nereida Tetis para salvar a su hijo de la guerra de Troya (Ovidio, Metamorfosis XIII 162-170; Apolodoro III 13,8; Higino, Fábulas 96):

«Sto per partire. Mio padre vuole che vada a Sciro, dal suo amico Licomede. Per completare la mia educazione, dice. In realtà si vergogna di me. Crede che io sia pazzo». (Petrizzo 2010: 61)

Por último, el héroe carece de la ira que demuestra en la Ilíada: Una voce quieta quella di Achille, pacata. La sua ira leggendaria non la vidi mai scatenarsi. (Petrizzo 2010: 59). De hecho, cuando mata a Héctor respeta el cadáver y deja que los troyanos lo entierren:

Ma erano uomini, e uno di loro cercava vendetta, e l’altro espiazione. Ettore cadde a terra. Achille voltò i cavalli e lo lasciò, intatto, nella sabbia della pianura. (Petrizzo 2010: 208)
«Hai sentito tanti racconti sulla mia ira, Elena, sulla ira che ha bruciato l’Asia Minore. Ero furioso ieri notte, volevo sbranare con i denti il cadavere di Ettore, divorargli il cuore, forargli i talloni e trascinarlo dietro al mio carro nella polvere; ma stamattina è uscito da quelle mura, ed era uguale a me, un uomo solo, schiacciato dal peso insostenibile del suo sciocco destino, e l’ho lasciato alle vostre mani». (Petrizzo 2010: 214)

3.2. Helena y Menelao.
Menelao era un uomo buono. Vedendolo avanzare verso di me attraverso la sala del trono, lo seppi con certezza. Buono. E innamorato dall’istante in cui i suoi occhi accarezzarono la mia pelle. Menelao, Menelao. La voce di Agamennone aveva una nota di derisoria compassione. Buono in maniera patetica, sì. Grandi occhi marroni, occhi di cane lasciato indietro. Capelli rossicci, spenti. I lineamenti ordinari che mal si addicevano a un principe del sangue. Venuto a prendere Sparta per non aver potuto avere Micene. Allungò una mano, timidamente. Gli occhi di Tindaro erano ghiaccio su di me, ma non avrei lasciato quella mano sola. La pena fu il primo sentimento che mi ispirò mio marito, e odiai me stessa e lui perché non poteva essere altrimenti. (Petrizzo 2010: 49)
Forse capisco solo ora che aveva paura di me, e vergogna di sé, assieme al vacuo, patetico orgoglio per il trono che soltanto il mio sangue gli aveva assicurato. Era il fratello del re dei re. Nato per essere secondo. E io ero, como ripetevano gli aedi, la regina più bella e più folle della Grecia. C’era di che avere paura, sì. (Petrizzo 2010: 69)

Así describe Petrizzo a Menelao por boca de Helena, una figura débil como lo vemos en las Troyanas de Eurípides donde Hécuba lo golpea con sus reproches y advertencias. Helena le será fiel, incluso rechazará la oferta de Aquiles («Dimmi una parola, e ti porterò via adesso». Abassai gli occhi: «Menelao non lo merita». Petrizzo 2010: 61), quien le propone huir con él cuando la visita poco después de su matrimonio y la deja embarazada. Tan gris aparece Menelao en la novela que incluso su hija Hermíone será aquí hija de Aquiles. El aburrimiento empezará a consumir el matrimonio: Così, l’antica gentilezza di mio marito si stemperò in una generica indifferenza per la propia moglie legittima (Petrizzo 2010: 76), hasta que un día, ante la ausencia de hijos varones, una discusión desembocará en malos tratos (Petrizzo 2010: 79).

3.3. Helena y Paris.
El episodio desencadenante de la guerra de Troya en los textos clásicos son los amores de Paris y Helena, cuando ésta, bien por haber sido raptada, bien por haber huido por voluntad propia o por la intervención de Afrodita, abandona Esparta y huye con el troyano estableciéndose en su ciudad. Los sentimientos de Helena pasan del enamoramiento a la desilusión y la relación se interrumpe con la muerte de Paris. En varios momentos de la Ilíada Helena critica con dureza su propio pasado, se arrepiente de haber dejado su casa y llega a afirmar que querría estar muerta. Esto se hace evidente en el coloquio con su suegro en el libro III (173-176):

Ojalá la maldita muerte me hubiera sido grata cuando seguí a tu hijo hasta aquí, abandonando mi lecho de boda y a mis parientes, a mi deliciosa hija y a las encantadoras compañeras de mi edad. Sin embargo, eso no sucedió, y por ello me consumo entre lágrimas.

Y es que después de tantos años en Troya, Helena empieza a sentirse desilusionada, sobre todo tras el enfrentamiento entre Paris y Menelao, cuando el primero abandona cobardemente el campo de batalla (Ilíada III 340-460).
En la novela la relación entre ambos evoluciona de manera semejante, pero se interrumpe de otro modo. Con las siguientes palabras describe Helena a Paris cuando lo ve por primera vez:

Una voce di argento, capelli color sabbia bagnata, pelle di bronzo. Occhi chiari, scintillanti. Un naso dritto, la bocca sensuale. Le braccia che sbucavano dalla tunica ricamata di porpora erano forti, bellissime. Braccia di statua o di dio. (Petrizzo 2010: 85)

Resalta su belleza y elegancia de forma semejante a como lo hacía Hécuba en las Troyanas (984-992) cuando acusaba a Helena de no haber sabido contener su pasión cuando conoció a Paris:

HÉCUBA.- Has dicho que Cipris –eso sí que es ridículo- marchó junto con mi hijo a casa de Menelao. ¿No podría haberse quedado tranquilamente en el cielo y transportarte a ti con todo Amiclas hasta Ilión?
Si mi hijo era sobresaliente por su belleza, tu mente al verlo se convirtió en Cipris; que a todas sus insensateces dan los mortales el nombre de Afrodita. (…)
Cuando lo contemplaste con ropajes extranjeros y brillante de oro se desbocó tu mente.

Como en el texto de Homero, la desilusión se produce por la cobardía de Paris al que Diomedes en la Ilíada definía como: “«¡Tramposo arquero de encantadores rizos, seductor de doncellas!»” (XI 385-386). En el coloquio con Héctor, Helena afirma que preferiría estar casada con un hombre mejor (Ilíada VI 345-353):

¡ojalá que al menos me hubiera tocado ser la esposa de un hombre mejor, que conociera la indignación y los muchos reproches de los hombres! Pero él no es firme de pensamiento: ni lo es ahora ni lo será más tarde, por lo que pienso que también él recogerá sus frutos.

Débil y bellaco se nos presenta el personaje en el texto homérico, especialmente cuando Afrodita lo salva del campo de batalla. La diosa y Helena dialogan y ésta se niega a reunirse con Paris en sus aposentos (III 399-412), pero se ve obligada a obedecer ante la ira y las amenazas de Afrodita (III 413-417). Una vez en la estancia lanza reproches a Paris por su cobardía, pero él sólo le pide que lo acompañe al lecho (III 424-447):

Entonces la diosa Afrodita, amante de la sonrisa, tomó una silla para ella y la colocó frente a Alejandro. Allí se sentó Helena, hija de Zeus, que porta la égida y, volviendo su mirada hacia un lado increpó a su esposo con estas palabras: «Has vuelto del combate. ¡Ojalá hubieras muerto allí, derrrotado por el poderoso guerrero que antes fue mi marido! ¡No hace mucho te jactabas de ser mejor que Menealao, favorito de Ares, en lo que al vigor de tus manos y tu lanza se refiere, así que ve ahora de nuevo a desafiar al rubio Menelao a un combate cuerpo a cuerpo! ¡No! ¡Te aconsejo que lo dejes, que no le presentes batalla de hombre a hombre ni pelees neciamente con él, no sea que no tardes ni un instante en caer abatido por su lanza!».
Y a ésta, en respuesta, Paris le dirigió estas palabras: «¡Mujer, no hieras mi ánimo con insultantes reproches! Hoy Menelao me ha vencido con la ayuda de Atenea, pero en otra ocasión lo haré yo, pues también hay dioses que están de nuestra parte. Pero ahora ven; tendámonos en el lecho y gocemos del amor. Nunca antes la pasión había envuelto mis entrañas de esta manera, ni siquiera entonces, cuando tras raptarte, zarpé de la encantadora Lacedemonia sobre las naves, surcadoras del ponto, y en la isla de Cránae me uní a ti en amor sobre un lecho. Así es como yo te amo ahora y me domina un dulce deseo».
Así diciendo, inició su camino hacia el lecho y su esposa marchaba tras él.

La escena aparece reelaborada en la novela y concluye con un final más lógico, consecuencia de los reproches de Helena ante la cobardía y fruto de la racionalización. Desde el momento en que desaparece la intervención divina, sin la presión de Afrodita, Helena puede tomar sus propias decisiones y, ante la total desilusión, negarse a los requerimientos de Paris y romper la convivencia con él.

«Tu non c’eri»
«Cosa?» Il collo girato di sbieco, gli occhi mi cercavano. «Che vuoi dire?»
«Che non hai combattuto oggi».
«Certo che no». La voce di Paride era beffarda. «Ci mancava altro. Combattere! Questa guerra non è affar mio».
«Paride!»
«Non penserai davvero che siano venuti per te!»
«No. Ma…»
«Ma cosa? Troia è invincibile, stai tranquilla. E non mi seccare».
«Come principe è il tuo dovere…»
«Dovere! Detto da te. Dov’è il tuo dovere, regina di Sparta?»
Seduto sul bordo opposto del letto, Paride mi guardava, e negli occhi aveva una risata affilata, un bordo tagliente che non avevo mai visto. Sentii tremare i muscoli della bocca, della gola. Ma la mia voce era ferma quando risposi: «Il mio dovere era con te. Pensavo che lo sapessi».
Sorrise, ma il suo viso ora non era più bello, e non era colpa della luce: «Vieni qui, allora. Ad adempiere il tuo dovere».
«No».
(…)
Scrollò le spalle. «Come vuoi». Soffiò sulla lucerna tirandosi addosso le lenzuola. Io attesi finchè il suo respiro non divenne quello lento, regolare di qualcuno che dorme. Ma poco prima, nel buio della notte senza stelle, lo avevo sentito. Meno di un sospiro, più di un colpo de spada nel silenzio: «Cagna»
. (Petrizzo 2010: 139-140)

Petrizzo le niega a Paris la gloria de matar a Aquiles, tras la muerte de Héctor, será la propia Helena quien lo haga. En cambio le permitirá vivir hasta la toma de Troya por parte de los griegos, dedicado al ocio, a los banquetes y las mujeres (Petrizzo 2010: 166).

3.4. Helena y Héctor.
El último amor de Helena es otra aportación de Petrizzo, inspirada en dos pasajes de Homero. Del texto de la Ilíada se desprende que existía cariño y confianza entre Helena y su cuñado y que éste siempre la defendía de las críticas. Ejemplo de ello son sus desconsoladas palabras ante el cadáver del héroe troyano (XXIV 761-775):

… y entre ellas Helena fue la tercera en iniciar su lamento: «¡Héctor, con mucho el más querido en mi ánimo de todos mis cuñados! (…) ¡Hace ya veinte años que vine de allí dejando a lo lejos mi patria, y jamás oí de tus labios una mala palabra o un desprecio! ¡Antes bien, cada vez que alguien me insultaba en palacio, alguno de mis cuñados o de mis cuñadas, o las esposas, de hermoso peplo, de tus hermanos, o mi suegra –pues mi suegro siempre me trató con el cariño de un padre-, tú le hablabas para calmarlo, tranquilizándolo con tu carácter afable y tus gentiles palabras! ¡Por eso, con el corazón afligido, lloro por ti a la vez que por mi desventurada persona, pues ya no me queda nadie en la ancha Troya que sea tierno y amable conmigo, puesto que todos me aborrecen!».

A ella recurre Héctor a pedirle que anime a Paris para que se reúna con él en el campo de batalla (Ilíada VI 360-364):

«Helena, no hagas que me siente, a pesar de tu aprecio, pues no me convencerás; mi ánimo ya se muestra ansioso por correr en ayuda de los troyanos, quienes gran añoranza sienten por mi ausencia. Apremia tú a éste y que él mismo se dé prisa para que me alcance mientras aún me encuentre en la ciudad».

En los textos clásicos, tras la muerte de Paris, Helena se casa con su hermano Deífobo. Petrizzo sustituye a éste por Héctor quien inicia una relación con Helena, después de que ésta abandone a Paris, y la mantendrá a pesar de verse obligado a casarse con Andrómaca por motivos de estado. De todas las relaciones de Helena en la novela será ésta la más sosegada y firme, pero se verá truncada por la muerte de Héctor a manos de Aquiles.

3. conclusiones

Dejo aquí el análisis de la novela sin que haya espacio para profundizar en el interesante tratamiento de otros personajes (Eneas, Casandra) y situaciones (la descripción de la caída de Troya, la estratagema del caballo) y la influencia de otras fuentes como la Eneida al final de la novela.
Tampoco es mi intención desvelar el final, sólo diré que es inesperado y que Petrizzo no permitirá que Helena se convierta en la mujer triste y cansada que volvemos a encontrar en Esparta junto a Menelao en el libro IV de la Odisea.
Como conclusión quiero insistir en el conocimiento exhaustivo de las fuentes con un ejemplo más, aparte de lo ya visto. A lo largo de la obra hay una constante presencia de un fantasma que acompaña a Helena en diferentes momentos: E al mio fianco il mio fantasma silenzioso ancora, ma placato (Petrizzo 2010: 37), i miei fantasmi silenziosi riprendevano a camminare (Petrizzo 2010: 50), tra gli alberi i miei fantasmi danzavano con me (Petrizzo 2010: 58), Il mio fantasma mi camminava al fianco, indugiava quieto negli angoli bui (Petrizzo 2010: 78), presencia que a mi entender no sería otra cosa que una doble personalidad, quizá esa idea de que las cosas podrían haber ocurrido de otra manera. En esa dualidad, en esa presencia, subyace el recuerdo de Estesícoro y la Helena de Eurípides donde se defendía que Paris no habría raptado a la verdadera Helena, sino un fantasma.
Hemos podido comprobar que Petrizzo racionaliza la leyenda, los personajes son hombres y mujeres. Los primeros ya no son héroes, sino hombres sometidos a deseos y pasiones humanas, involucrados en una guerra, sin reacciones extremas, como se aprecia en las palabras de Aquiles a propósito de Héctor: era uguale a me, un uomo solo, schiacciato dal peso insostenibile del suo sciocco destino (Petrizzo 2010: 214). En cuanto a Helena, también es humana, no mantiene su belleza inalterable y casi divina, sino que pasa por momentos de dejadez, especialmente en las peores situaciones de su matrimonio con Menelao y cuando se desilusiona de Paris. La autora les da a todos los personajes, no sólo a Helena, cuerpo y alma, sus decisiones y reacciones son humanas.
Afirmaba Ruiz de Elvira al comienzo de su estudio sobre el mito de Helena que el rasgo característico de la mitología es “el inextricable entrelazamiento de elementos verosímiles e inverosímiles” (1974: 1), Francesca Petrizzo en su novela ha eliminado los elementos inverosímiles de este relato y, a partir de los verosímiles, ha conjugado mito y ficción. Sirvan para terminar las palabras de la propia autora como respuesta a la pregunta de un entrevistador sobre si es posible que historia y ficción convivan en un libro:

Assolutamente sì. Il romanzo storico deve partire dalla ricerca, ma nessuno può dirci davvero cosa un personaggio possa aver sentito, quali siano le motivazioni che lo hanno spinto. Quella della psicologia umana è una zona d’ombra dove lo storico si addentra coi piedi di piombo e prudentissime teorie, ma dove il romanziere può e deve regnare sia pur nel rispetto della verosimiglianza. Quanto a me, il mio romanzo più che nella storia affonda le radici nella leggenda, perciò il mio lavoro è stato ancora più libero. In ogni caso ho intenzione di continuare a scrivere nel passato, e se la cornice sarà il più accurata possibile, sicuramente la mia immaginazione avrà la parte del leone. Del resto un romanzo senza libertà non è un romanzo… (Mazzocchi 2010).

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