La esclava negra americana del siglo XIX, la gran marginada

1. LA MUJER NEGRA Y LA PLANTACIÓN

I have ploughed, and planted, and gathered into barns, and no man could head me! And ain´t I a woman? I could work as much and eat as much as a man -when I could get it- and bear the lash as well! And ain´t I a woman? I have borne thirteen children, and seen ‘em mos’ all sold off to slavery, and when I cried out with my mother´s grief, none but Jesus heard me! And ain´t I a woman? (Women´s Convention en Akron, Ohio, 29 de mayo de 1851).

Éste es un tema para una investigación histórico-social amplísima. En el presente trabajo sólo podemos establecer los puntos de referencia fundamentales e indicar su conexión. Pretendemos, en primer lugar, describir la realidad, pero también encontrarle su significación en un contexto histórico y socio-cultural.
La impronta del mensaje espiritual que se dirigía a las esclavas les enseñaba que debían ser obedientes, complacientes y sumisas ante sus amos. Constituye una realidad histórica que todo matrimonio en el sur contemplaba la posibilidad de encuentros sexuales del hombre blanco con esclavas negras. La unión sexual entre un hombre blanco y una mujer negra no implicaba casi ningún problema ético en la comunidad del viejo sur. La mujer blanca lo sabía y admitía dicha circunstancia social. De este modo, la mujer debía sufrir en silencio, ser dócil y subordinada. Sin embargo, los celos la hacían ser cruel con sus esclavas, y así, por ejemplo, conocemos que Harriet Tubman recibía palizas de su dueña (Bradford, 1869: 117-118).
Aunque no es el tema que nos ocupa, repasando el diario literario de Mary Chestnut, llegamos a la conclusión de que se compara la situación de la mujer blanca bajo el dominio masculino con los esclavos bajo el yugo esclavista, pues aquélla era una víctima del sistema que justificaba las relaciones sexuales del hombre blanco con las esclavas, símbolo de sexualidad y de una libertad que se le negaba a la mujer blanca. Por supuesto, no era lo mismo, pero Mary Chestnut fue quizás para su tiempo una mujer feminista y como tal expresó sus reivindicaciones.
Intentar explicar la cultura de pre-guerra facilita un marco de referencia en la evolución psicológica de la mujer negra desde el punto de vista socio-cultural. En la sociedad jerárquica del viejo sur coexistieron dos conceptos de mujer. Por un lado, la mujer negra era inmoral, promiscua y sexualmente insaciable, mientras que la mujer blanca ocupaba metafóricamente un pedestal que la distanciaba de su coetánea mujer negra; era considerada inocente, pura e inaccesible. Esta sutil diferencia interpretativa traza el camino de la mujer en todo cuanto late y alienta en la sociedad sureña. La trayectoria que se bifurca en la esclavitud en función del sexo no es la misma para el hombre y la mujer. Además de la explotación por su capacidad productiva como el esclavo -véase que se le exigía trabajar como a un hombre-, se explotó a la esclava no sólo como satisfacción sexual sino también por su capacidad reproductora; este hecho, aparte de proporcionar con su descendencia mano de obra, le podía asegurar una estancia más larga en la plantación. Según indica la crítica, cada año, entre 1750 y la Guerra Civil, más de una quinta parte de la población esclava negra de edades comprendidas entre 15 y 44 años engendraba. Por supuesto, su función reproductora comenzaba dos años antes que en el caso de la mujer blanca. Por otro lado, la autoprotección y resistencia individual formaban parte de la definición de la mujer negra. Si una de las funciones del caballero del sur era la protección de la dama blanca, aquélla no contaba con esta suerte, aunque sí era “recompensada” con más comida y menos trabajo si cumplía con su “obligación” reproductora -por supuesto, sin precisar ayuda médica, pues no era tan “frágil y delicada” como la mujer blanca-, imagen que la literatura popular de mujeres ayudaba a perpetuar junto a la de “mujer perfecta”, es decir, la mujer obediente y sumisa, madre y ama de casa. Así, mientras se producían movimientos de reforma social -recuérdese que, por entonces, la mujer dependía legalmente del marido y no tenía tener control sobre ninguna propiedad, ni siquiera sobre sus propios hijos-, la mujer modélica era “The Valiant Woman of the Bible, in whom the heart of her husband rejoiced and whose price was above rubies” (Welter, 1976: 41) Bajo todas estas circunstancias, la mujer americana tuvo que sobrevivir generación tras generación.
El siglo XIX no puede definirse como un periodo de feminismo radical, pero fue una época en que el concepto tradicional de mujer se cuestionó y cambió. De este modo, la percepción de la mujer pasiva, sumisa, doméstica y obediente dio paso a una mujer preocupada por otras cuestiones que, directa o indirectamente, le afectaban. Es en la Convención por los Derechos Civiles en 1857 en Estados Unidos cuando las mujeres definitivamente reivindicaron su acceso a una plena ciudadanía. De este modo, empezaron a organizarse en el sur y se unieron a reivindicaciones en defensa de la mujer afroamericana. En 1896 se crearon The National Association of Colored Women y The National Association for the Advancement of Colored People.
No es anecdótico que nos hayamos referido al sistema de patriarcado en el sur, pues plantea cuestiones éticas y sociales de gran importancia que invitan a la reflexión. El cabeza de familia, quien no sólo debía poseer el poder sino también ejercerlo, representaba en esa sociedad la figura alrededor de la cual giraba el sistema de plantación. En el sur, la familia constituía una de las instituciones más poderosas y la disciplina que impartía la figura paternal imprimía un carácter muy especial. La responsabilidad del padre era transmitir a sus hijos varones la experiencia que él mismo había vivido, para que las generaciones futuras pudieran seguir disfrutando de su posición patriarcal. Así, eran adoctrinados acerca de conceptos tan arraigados como el honor, la jerarquía o el orden. Estos valores patriarcales convertían al hombre en la autoridad en la familia y a ésta, en la fuente del orden social.
La configuración delicada de la mujer, pues se la ha calificado frecuentemente como una bella y silenciosa “estatua de mármol”, no es una elaboración literaria y simbólica. Su debilidad, su delicadeza y su dependencia constituían su fuerza. La mujer, igual que los niños, tenía un sólo derecho, el de ser protegida, pero ese derecho implicaba la obligación de obedecer. Estaba destinada a servir las necesidades de su “señor”. Su deber era la educación de los hijos para que éstos pudieran convertirse, en su momento, en protectores del sexo femenino y en hombres duros y valientes, como era necesario según el código sureño. Es decir, aun significando una delicada reliquia, la mujer no era considerada como un simple ornamento, sino que su función era contribuir a perpetuar el prestigio masculino; se esperaba de ella la demostración de una fuerza y valentía que le permitiera recordar a los hombres sus obligaciones. En otras palabras, simultáneamente, la mujer era poderosa y carecía de poder.
En resumen, el concepto de mujer de la época, legado victoriano, fue decisivo en el sur en su relación con la sociedad esclavista y dio lugar en el siglo XIX a la definición del sur y a la definición de mujer. Podemos definir la historia de la mujer negra en la esclavitud como de supervivencia, pues se enfrentó al sufrimiento más profundo. Su elección no era fácil: la libertad o la muerte.

I had reasoned this out in my mind; there was one of two things I had a right to, liberty, or death; if I could not have one, I would have the other; for no man should take me alive; I should fight for my liberty as long as my strength lasted, and when the time came for me to go, the Lord would let them take me (Harriet Tubman en Mullane, 1995: 433).

Su marginación era doble, como mujer y como esclava. Es sobre todo en la primera mitad del siglo XIX cuando proliferan las biografías y narraciones de antiguos esclavos y esclavas. Las condiciones bajo las que la esclava vivía delineaban el estereotipo legado a través de documentos históricos y literarios. En Estados Unidos la esclavitud, tras la abolición del comercio exterior de esclavos en 1807, dependía sobre todo de la reproducción; de este modo, la responsabilidad de la continuidad del sistema recaía en gran parte en la esclava, confinada al trabajo de la plantación y al hogar. Es interesante considerar este dato, pues la esclava tenía menos posibilidades de escapar que el esclavo, a pesar de que era a éste a quien se le encargaba el transporte del algodón, lo que implicaba tener que salir de la plantación. En cambio, si la esclava intentaba huir, los terrenos le eran tan completamente desconocidos que el temor y el riesgo a ser capturada era mayor. Además, era raro que las esclavas que escapaban -con edades comprendidas entre los 16 y 35 años- no estuvieran embarazadas o tuvieran algún hijo; así, lo hacían llevándose a sus vástagos, pues nadie les aseguraba la seguridad de los mismos. Algunas esclavas fugitivas, como la reconocida Ellen Craft, se disfrazaron de hombres para poder escapar, pero aún así el número de esclavas que huían era reducido. No todas tenían el coraje y la valentía de aquélla o la de Harriet Tubman, que no sólo escapó de una plantación sino que volvió y rescató a otros 300 esclavos.

2. EN BUSCA DE UN MUNDO MEJOR

I´m on my way to Canada
That cold and distant land
That dire effects of slavery
I can longer stand
Farewell, old master,
Don´t come after me.
I´m on my way to Canada
Where coloured men are free

(George W.Clark, “The Free Slave”)[1]

Sin duda, existen pocas razones para disentir del hecho contrastado históricamente de que la emigración ha sido un elemento rico y esencial en la formación de los Estados Unidos. En efecto, el papel que han jugado los emigrantes en su desarrollo ha sido bastante importante y evidente. Así, en muchas bibliotecas americanas se pueden encontrar estudios sobre los que formaron y consolidaron, como un bonito mosaico, un estado multicultural. Sin embargo, en el presente estudio el núcleo temático lo constituye la emigración de la población negra en un periodo concreto de la historia los Estados Unidos, cuando los esclavos fugitivos corrían peligro en los estados esclavistas.
Existe por todo el mundo gente que cambia de hogar. Hoy en día, millones de personas se mueven a través de fronteras vigiladas o no, y miles de ellas van de camino hacia algún nuevo destino al que llamarán “hogar”. Estos desplazamientos cambian el tejido social de una gran cantidad de naciones. La explicación, según los demógrafos, de estos movimientos migratorios reside en la confluencia de dos fuerzas, a saber: por un lado el acicate de un sitio distante y desconocido y por el otro, los aspectos adversos en el lugar de origen.
Los Estados Unidos de América se convirtieron en la primera democracia moderna tras su ruptura con Gran Bretaña en 1776 y con la adopción de su propia constitución en 1789. Durante los siglos XIX y XX, Estados Unidos recibió una gran cantidad de emigrantes provenientes de todas las partes el mundo, quienes, en su mayoría, consiguieron trabajo en las grandes industrias y contribuyeron, de este modo, en la consolidación del poder industrial de esta nación. Todos buscaron, y aún se sigue buscando, establecerse en la “tierra de las oportunidades”. En pocas palabras, Estados Unidos es la nación que más emigrantes recibe en el mundo -tanto legales como ilegales-, y por ello constituye la primera opción de quien desea emigrar de su país de origen.
Desafortunadamente, durante los dos primeros siglos de historia estadounidense, pobladores de origen europeo, especialmente de los estados del sur, llevaron al país un enorme número de esclavos de África que, sin embargo, no perdían su anhelo de libertad. Existe infinidad de documentación que avala históricamente los estragos del sistema de la esclavitud en Estados Unidos desde el siglo XVII hasta los primeros años de la década de 1860. En 1850, el Congreso de los Estados Unidos votó la Ley sobre Esclavos Fugitivos, que autorizaba a cualquier blanco a detener y conservar cautivo a todo negro del que se sospechase que era un esclavo huido. Los esclavos libres consideraron dicha ley como una amenaza a su libertad. Miles de ellos huyeron hacia los estados del Norte y otros muchos se refugiaron en Canadá buscando cobijo. La reputación de Canadá como tierra de libertad y oportunidades surgió por la legislación antiesclavista canadiense, país donde en 1793 se votó una ley que prohibía la importación de esclavos. De este modo, la imagen de Canadá como tierra prometida se debió principalmente a tres condiciones, a saber: la ausencia de esclavitud, la protección del gobierno británico sobre la extradición de fugitivos y los derechos civiles que Canadá ofrecía a todos sus habitantes independientemente de su raza. Los abolicionistas se sirvieron de la Ley sobre Esclavos Fugitivos para soliviantar los sentimientos antiesclavistas del norte y su promulgación constituyó un referente que, como indica Stanley W. Campbell Catchers (1968: 15-25), precipitó aún más la guerra inevitable entre el norte y el sur.
La libertad representaba una meta para la mujer negra y el hombre negro del siglo XIX. Sin embargo, las referencias históricas ayudan a comprender que la lucha por conseguirla debía ser subterránea. The Underground Railroad o ferrocarril clandestino fue el medio a través del cual muchos esclavos y no esclavos huyeron hacia tierras libres, es decir, era el camino hacia la libertad. El transporte de estos esclavos funcionaba como un sistema ferroviario, de ahí su nombre. Así, este particular “ferrocarril” incorporó términos relacionados con un sistema ferroviario real. Por ejemplo, las rutas por donde los fugitivos podían encontrar asilo seguro eran denominadas “líneas”; las estaciones eran los lugares donde debían parar y donde se les proporcionaba comida y abrigo, y las personas que ayudaban a estos negros fueron llamados “conductores” o “guías”, e incluso los mismos negros eran llamados “mercancía”. Aunque la organización se había formado antes, empezó a funcionar con más fuerza tras la Ley sobre Esclavos Fugitivos de 1850. Desde entonces, The Underground Railroad ocupa un lugar en la imaginación americana y canadiense; quizás pertenezca a la mitología o a la leyenda, pero fue mucho más que eso. En una época en la que los términos “libertad” y “emancipación” eran subversivos, los que pertenecieron a él, guiados por un imperativo moral de libertad, desafiaron a la sociedad. En efecto, en esta afirmación se condensa el núcleo esencial en lo tocante a consecuencias morales y políticas, pues constituye el primer referente de un movimiento de desobediencia política desde la Revolución Americana y el primer movimiento pro-derechos humanos. No existía una organización formal del sistema, sino que fue gracias a la colaboración entre individuos voluntarios como se consiguió crear y respetar un código que guiase hacia el norte, hacia la libertad. La mayoría de los fugitivos que tuvieron éxito al alcanzar la libertad a través del Underground Railroad venían, sobre todo, de tres estados, a saber: Kentucky, Virginia y Maryland.
Los estragos de la esclavitud en Estados Unidos han estado fielmente documentados en infinidad de bibliografía histórica y literaria. Por ejemplo, el conocido personaje animalístico Brer Rabbit, protagonista de Las Historias de Uncle Remus de Joel Chandler Harris, pertenece al folklore afroamericano. Destaquemos, por su posible relación con el tema que nos ocupa, el relato “Brother Rabbits Laughing Place”. En esta historia, Brer Rabbit, que perfectamente puede ser identificado con el esclavo negro, dice a Brer Fox, el hombre blanco, que le quiere enseñar un lugar donde uno no para de reírse. Brer Rabbit le engaña, como lo hace siempre, y le hace meterse por un camino difícil hasta que da con su cabeza en un avispero. Ante la imagen hinchada de la cabeza de Brer Fox llena de avispas, Brer Rabbit no puede parar de reír. Las alusiones alegóricas a la huida hacia la libertad no pueden dejarse de lado. El “laughing place” de Brer Rabbit puede representar la libertad a la que el esclavo ha llegado tras un duro peregrinaje a través del ferrocarril clandestino.
The Underground Railroad, el primer movimiento de derechos civiles que, como indica Christine Lunardini (1996: 68), funcionaba en catorce estados desde Maine a Nebraska, y su movimiento abolicionista constituyeron igualmente el germen del movimiento feminista. Sin embargo, todo parece indicar, como señala Antumi-Toasijé (2004), que la mujer fue más activa que el hombre en dicho movimiento, pues su propia experiencia y motivación así lo requerían. Un aspecto que ha llamado la atención a esta investigadora es el hecho de que los esclavistas del sur ofrecieran una recompensa de 40.000 dólares por la cabeza de Harriet Tubman, lo que deja entrever que posiblemente la Ley de 1850 fuera una reacción contra sus acciones liberadoras. Sin embargo, su actividad se extendió hasta Canadá y, por supuesto, disfruta de un puesto merecido entre los especialistas de la comunidad negra, por ser su ejemplo suficientemente elocuente. La cuestión de los derechos de la mujer es tratada a menudo de un modo superficial, por lo que no podíamos dejar de señalar la labor de Harriet Tubman y Sojourner Truth. Ambas, no sólo hablan de raza y esclavitud, sino también de género y esclavitud. Tampoco debemos dejar de mencionar a Frances Watkins Harper que, nacida libre, fue la autora más prolífica del siglo XIX norteamericano y una abolicionista activa del Underground Railroad. La mujer negra está, pues, presente y se involucra en movimientos activistas.
Harriet Tubman (1820-1913) fue una de las mujeres abolicionistas más conocidas y una reconocida heroína -recuérdese que fue llamada The Moses of her people-. Escapó de una plantación de Maryland y volvió al menos diecinueve veces, arriesgando su vida, para rescatar aproximadamente a trescientos esclavos a través del Underground Railroad. Durante la contienda civil, trabajó como cocinera, enfermera y espía. Tubman permaneció activa en la lucha por los derechos civiles incluso después de la guerra civil. Más tarde se estableció en Auburn (Nueva York), donde regentó un hogar para ancianos, y allí permaneció hasta su muerte en 1913. He aquí una de sus citas más famosas: “On my underground railroad I never ran my train off the track. And I never lost a passenger” (Mullane, 1995: 433).
Hallamos ejemplos análogos en otras mujeres. Lucretia Mott luchó por abolir la esclavitud en Estados Unidos y fundó la Sociedad Femenina Antiesclavista. En 1840 viajó a Londres junto a su amiga Elizabeth Cady Stanton, líder del movimiento de derechos de la mujer, para asistir a la Convención Mundial Contra la Esclavitud, donde se les negó el derecho de hablar en tribuna. Ésta es una de las decenas de trabas con las que la mujer negra se encontraba, aumque lo importante no es la cantidad. El fenómeno como tal aparece con toda claridad y claras son las formas de su manifestación. Estas dos mujeres lograron más tarde, en 1848, organizar una Convención sobre los Derechos de la mujer en Seneca Falls, en el estado de Nueva York, y ambas, junto a Lucy Stone, crearon la Asociación Americana por la Igualdad de Derechos donde se decidió por votación la concesión del sufragio a los negros y a las mujeres.
Lucretia Mott ejerció como profesora en el colegio donde fue internada a la edad de trece años y en 1810 denunció el hecho de que sus compañeros de profesión varones recibían dos veces más de lo que le pagaban a ella. Este hecho nos da la clave de su interés por los derechos de la mujer, que no dejó de defender hasta su muerte, en 1880.
Cady Stanton, Lucy Stone, Lucretia Mott, Harriet Tubman y Sojourner Truth fueron mujeres feministas y abolicionistas. No es de extrañar que vislumbraran ciertos paralelismos entre la posición de la mujer y la del esclavo. Así se expresó Sojourner Truth, como recoge Mullane, en el primer encuentro de la Sociedad Americana de Igualdad de Derechos en Nueva York en 1867:

I feel that I have to answer for the deeds done in my body just as much as a man, I have right to have just as much as man. There is a great stir about colored men gettin´their rights, but not a word about the colored women; and if colored men get their rights, and not colored women theirs, you see the colored men will be masters over the women, and it will be just as bad as it was before (Truth en Mullane, 1995: 431).

Como indica Antumi Toasijé acerca de Sojourner Truth, “su capacidad oratoria y su carisma incuestionable contribuyeron a la popularización del discurso de la mujer negra, un feminismo específico primordialmente abolicionista” (Toasijé).
No podemos dejar de mencionar en el movimiento sufragista a Ida B.Wells-Barnett (1862-1931). Hija de ex-esclavos, fue en Memphis donde comenzó a luchar por la justicia racial y sexual. Sobre todo, denunció los linchamientos que los negros sufrieron tras la guerra civil: “In slave times the Negro was kept subservient and submissive by the frequency and severity of the scourging, but, with freedom, a new system of intimidation came in vogue; the Negro was not only whipped and scourged; he was killed” (Mullane, 1995: 460). Ida B. Wells no toleraba la injusticia de ningún tipo y, con Jane Addams, impidió la segregación de colegios para negros en Chicago. Fue miembro de la NAACP (National Association for the Advancement of Colored People) y continuó su cruzada por la igualdad de derechos de los afroamericanos hasta su muerte, en 1931.
Un análisis superficial de Clotel or the President´s Daughter: A Narrative of Slave Life in the United States de William Wells Brown, primer autor negro que escribió una novela, nos lleva a señalar la casualidad de que la protagonista del relato sea mujer, ya que la situación bajo la que se encuentra la mujer negra fue un punto importante en la denuncia abolicionista. Clotel, novela que se centra en la destrucción de la familia negra, es el nombre de una mujer con iniciativa que escapa al norte y, disfrazndose de hombre, regresa al sur para recuperar a su hija. El mismo Williams Wells Brown, en su huida hacia el norte, recibe ayuda de una mujer que se enfrenta a su propio marido para darle de comer. Así, el autor en su autobiografía exclama: “I was never before so glad to see a woman push a man aside! Ever since that act, I have been in favor of “woman´s rights!” (Wells Brown, 1847: 108). William Wells Brown estableció una estación del Underground Railroad en el lago Erie y ayudó a muchos fugitivos a escapar a Canadá. Fue un abolicionista muy activo. Durante su estancia en Gran Bretaña, en uno de sus tours de propaganda abolicionista, se aprobó la Ley sobre Esclavos Fugitivos y, al considerarse peligrosa su vuelta a Estados Unidos, los británicos compraron su libertad en 1854.
Cuando en el Congreso estadounidense se votó la Ley sobre Esclavos Fugitivos, Mary Ann Shadd era maestra en el nordeste. Se da la circunstancia de que había nacido libre en 1823 en el estado de Delawere[2], pero descendía de una familia de abolicionistas. Su padre perteneció al “ferrocarril clandestino”. Cuando vivía en Canadá, en 1852 publicó el “Alegato en pro de la emigración” en The Voice of the Fugitive, primer periódico negro publicado en Canadá -de escasa vida (1851-1852)-, en el que se exponían ideas regeneracionistas y abolicionistas, y en el que se presentaba a Canadá como un país de asilo para los esclavos fugitivos y para el afroamericano libre, a quien se le imponían cada vez más restricciones en los estados del norte. Sus ideas le acarrearon algunos problemas, por lo que decidió crear su propio semanario.
Los periódicos que dirigía la población blanca no proporcionaban información suficiente sobre la vida de los afrocanadienses y, ante las transgresiones que se cometen contra la población negra, los diarios locales empezaron a cubrir sus necesidades. De esta manera, repasando la biografía de Henry Bibb, sabemos que fue un negro nacido en Kentucky en 1815, hijo de un senador y una esclava, y que emigró con su mujer a Canadá en 1850, donde fundó The Voice of the Fugitive, diario que vio luz por primera vez en 1851. Henry Bibb fue un orador antiesclavista y luchó por los derechos civiles de los negros; fue él quien dirigió la famosa Convención en Toronto donde se llegó a la conclusión de que Canadá era el mejor sitio para dirigir un movimiento antiesclavista. En 1842 Bibb comenzó su carrera de orador con Frederick Douglass y William Wells Brown, y pronto se convirtió en uno de los más conocidos activistas afroamericanos. También trabajó para el partido liberal en Michigan y en 1848 la Sociedad Antiesclavista publicó su autobiografía. La crítica sugiere, sin embargo, que fue su mujer, Mary Bibb, quien tuvo mayor relevancia en la publicación del periódico.
Asumiendo la reticencia de la sociedad a que una mujer dirigiera un periódico, Mary Ann Shadd pidió ayuda al Reverendo Samuel Ringgold Ward[3] y así se fundó The Provincial Freeman. Este periódico se publicó desde 1853 hasta 1857, primero en Windsor y después en Toronto y Chatham; su lema era conseguir la igualdad, la integración y la educación de los negros en Canadá y en Estados Unidos. El binomio integración / segregación fue muy polémico en aquella época, pues al mismo tiempo que se pretendía una total integración de la raza negra en la población americana, también se velaba por instituciones separadas como medio de preservar su identidad comunitaria. El último número conocido del Provincial Freeman apareció el 15 de septiembre de 1857.
Pionera del periodismo, militante antiesclavista, abogada, dirigente del movimiento en pro de la emigración a Canadá y reclutadora de soldados negros durante la Guerra de Secesión, Mary Ann Shadd prestó una gran contribución a la causa del abolicionismo. Tras la muerte de su marido, abandonó Canadá y, con sus dos hijos, volvió a Estados Unidos en 1856, donde cursó estudios de derecho y llegó a ser una de las primeras abogadas afroamericanas de Washington. Al final de su vida se dedicó a dar conferencias, participando cada vez más en la lucha por la igualdad y el derecho al voto de la mujer. La que fuera primera mujer abogada con descendencia africana en Estados Unidos murió en 1893. Fue una mujer que supo rebasar límites. Canadá le ha rendido un homenaje póstumo, confiriéndole la distinción de “personaje histórico de importancia nacional”.
No podríamos cerrar este capítulo sin mencionar que The Provincial Freeman fue un diario abolicionista defensor de la autonomía de los negros y de su integración en la sociedad canadiense; su editora se erigió en adalid de los derechos de la mujer, como lo hicieron Lucy Stone Blackwell y Lucretia Mott. Sin lugar a dudas, reflejó los problemas, aspiraciones y gratitud de unas personas en una extraña aunque acogedora tierra. Quería representar a todos los hombres y mujeres negras, fugitivas, libres, pobres y ricas. En sus siete años de existencia este periódico representó un logro considerable y figuró entre el escaso número de publicaciones pertenecientes a editores de prensa negros, junto a los periódicos de Frederick Douglas. A pesar de las palabras de John Farrel -“Tragically for Canadian history, nothing survives of this newspaper” (Farrel, 1955:93)-, Alexander L. Murray, en la introducción a su artículo The Provincial Freeman: A New Source for the History of the Negro in Canada and the United States (1959: 123-135), indica que existen copias del periódico semanal en la Universidad de Pennsylvania. Hoy constituye un valioso documento para los investigadores, al igual que The Black Abolitionist Papers, una colección sobre la historia afroamericana en el siglo XIX que dispone de fuentes primarias sobre periódicos, panfletos y correspondencia tanto pública como privada.
El movimiento abolicionista en Estados Unidos y Canadá encuentra puntos en común, pero también se vislumbran ciertas diferencias. En ambos territorios los oradores abolicionistas pronunciaban discursos, editaban periódicos y escribían narraciones sobre sus experiencias como esclavos; sin embargo, el movimiento antiesclavista tuvo más eco en Canadá que en Estados Unidos. Este hecho es normal, pues los abolicionistas negros llegaron a Canadá ya con una experiencia antiesclavista y creían que ayudar a los refugiados negros a iniciar una nueva vida constituía un hecho importante en su lucha.
Se ha sugerido que, aunque tenían mucho en común, The Provincial Freeman y The Voice of the Fugitive disentían en algunos aspectos en sus editoriales, lo que en cierto modo puede ser verdad, si se estudia a sus dos grandes promotores. Mientras que Mary Ann Shadd instaba a la completa integración de la población negra en la sociedad canadiense, Henry Bibb no compartía la misma opinión. La editora negra miraba más hacia el futuro, mientras que el editor del primer periódico negro en Canadá se preocupaba por el momento presente, sin tener más expectativas. The Provincial Freeman tenía unas aspiraciones quizás demasiado reivindicativas para el momento. Quizás el hecho de ser mujer y negra la hiciera anhelar una completa y doble integración, asimilación y autosuficiencia en la sociedad canadiense, como mujer en un mundo dominado por el hombre y como negra en un mundo dominado por el hombre blanco.
En definitiva y como conclusión, la mujer afroamericana del siglo XIX ha tenido que cruzar “muchos ríos”[4], primero el de la esclavitud y después los que han dificultado su camino en la vida como mujer y como negra. Una reflexión en el presente estudio nos ha conducido al análisis del modo en que lo hicieron. Lucharon por sus derechos y aprendieron por experiencia que sólo la búsqueda de la justicia social podría asegurar un futuro para las generaciones venideras. Son muchas más las mujeres que están ya inscritas en los anales de la historia afroamericana, pero este es un aspecto que dejaremos para estudios posteriores.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
BIBB, H., Narrative of the life and Adventures of Henry Bibb, An American Slave, Nueva York, Henry Bibb, 1850.
BRADFORD, S. H., The Scenes in the life of Harriet Tubman, Auburn (W), J. Moses Printer, 1869.
BROWN, W., Narrative of William W. Brown, a Fugitive Slave, Boston, The Anti-slavery office, 1847.
CAMPBELL, S. W., Enforcement of the Fugitive Slave Law, 1850-1660, N. C., Chapel Hill, 1968.
CHESTNUT, M. B., A Diary from Dixie (B. A. Williams, ed.), Boston, Houghton Mifflin Co., 1949.
FARREL, J., The History of the Negro Community in Chatham, Ontario, 1787-1865, tesis doctoral, Otawa University, 1955.
LUNARDINE, C. A, Women´s rights, Phonexy, Oryx Press, 1996.
MULLANE, D., Words to Make My Dream Children “Live”. A Book of African American Quotations, Nueva York, Doubleday, 1995.
MURRAY, A. L., “The Provincial Freeman: A new Source for the History of the Negro in Canada and the United States”, Journal of Negro History, vol. 44, nº2, Abril de 1959, pp.123-135.
RHODES, J., Mary Ann Shadd Cary: The Black Press and Protest in the Nineteenth Century, Bloomington, Indiana University Press, 1998.
TOASIJÉ A., “Mujer africano norteamericana decimonónica: imagen, discurso y actitudes liberadoras”, en Espéculo, Revista de Estudios Literarios, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 10-10-07.
WELTER, B., Dimity Convictions: The American Woman in the Nineteenth Century, Athens (Ohio), Ohio University Press, 1976.

Notas
1) Varias son las versiones de esta canción de Clark, un abolicionista americano. Tuvo su importancia durante el movimiento abolicionista en la década de 1850.
2) Ella y el Reverendo Samuel Ringold Ward, fugitivos a pesar de haber nacido libres, fueron dos de los 20.000 negros que emigraron a Canadá entre 1800 y 1865 a través del Underground Railroad.
3) Debido al papel estrictamente definido que la sociedad del siglo XIX asignaba a cada sexo, Mary Ann era consciente de que los futuros lectores se mostrarían reticentes si ella figuraba como redactora jefe. Por eso, pidió a Samuel Ringgold Ward, un abolicionista negro de la Sociedad Antiesclavista de Canadá, que se prestase a asumir ese cargo.
4) “Many rivers to cross” es el título de una canción de Jimmy Cliff, un artista jamaicano. Es una buena metáfora para expresar las luchas, las esperanzas, los éxitos y los fracasos de los esclavos que tuvieron que escapar de las plantaciones del sur.