La conjura de los niños

-El pasado no permanece. En realidad, nada permanece -dijo el niño acabando su vaso de leche.
-El espacio nos hace confundirnos, porque nos hace creer que existe un absoluto dentro de la materia donde se concentra el paso del tiempo ?añadió su hermana desde el baño, mientras hacía pis.
-Mira la foto de papá y mamá cuando todavía eran jóvenes, cuando todavía creían que se querían -exclamó el niño con un bigote de leche en la boca-. La fotografía prueba que un día se quisieron. No debemos ser producto de la fecundación in vitro.
-Probablemente no. Ambos debieron ser bastante pasionales en su juventud -la niña de puntillas se lavaba cuidadosamente las manos-. Lo que no significa que lo sigan siendo ahora. Si ahora quisiéramos retratarlos juntos, deberíamos primero hacerles una foto por separado y después unirlas.
-Escuché al profesor Castellani decir que no hay nada más dramático que una fotografía -el niño buscaba algo en la caja de juguetes-. Dijo que es dramático porque capta el instante. Eterniza el instante que por naturaleza es efímero, inabarcable.
-Es cierto -dijo la niña también rebuscando en la caja de juguetes-, es la constatación de lo que el ser ya nunca será. Es como una actriz jubilada mirando el álbum de fotos de su juventud. La vejez manoseando inútilmente las hojas esterilizadas que retratan lo que un día fue, pero que ya no es. El profesor Castellani tiene razón. No hay nada más dramático que una fotografía.
-Ya lo he encontrado -exclamó el niño mostrando a su hermana una cajita de cerillas-. Quememos todas las fotos para que el pasado no nos recuerde lo que no somos. Para que sólo nos marquen el presente y el futuro.
-El futuro jamás nos marcará, no de una forma tangible. Además, no llegaremos a ninguna parte quemando fotos; siempre habrá objetos que nos recuerden lo que no somos. Esta casa nos recordará, por ejemplo, nuestra infancia. Qué te parece si quemamos también la casa -sugirió la niña a su hermano que tenía un parche en el ojo.
-Está bien, pero empecemos por las fotografías. Quiero quemar primero la de papá y mamá; porque no supieron amarse -dijo el niño cogiendo el marco que estaba encima del piano-. Después quemaremos la nuestra; porque aquella tarde en el fotógrafo fue un infierno -añadió rompiendo contra el piano el cristal de la foto de sus padres.
-Espera -dijo la niña-, creo que antes deberíamos hacernos una fotografía para inmortalizar lo que somos, antes de quemar lo que fuimos.
-De acuerdo -dijo el niño que tenía las manos cubiertas de sangre-. Creo que me he cortado con el cristal.
-No te preocupes, es perfecto. Pásame un trozo.
-Duele mucho, no lo hagas -dijo el niño con lágrimas en los ojos.
-No, no duele- dijo la niña rasgándose en un dedo de la mano -. Así sellaremos nuestra alianza sobre lo que fuimos y no volveremos a ser. Vayamos por la cámara. Inmortalicemos este instante antes de que pase – la niña también sintió dolor, pero se mantuvo erguida, chupándose el dedo. Llegó hasta la estantería, abrió el cajón y encontró la cámara-. Hagámonos la foto desde la terraza para que se vea el mar. Detrás escribiremos nuestros nombres, la fecha y las huellas dactilares del dedo pulgar -los niños fueron a la terraza, la hermana mayor sostuvo la cámara con su mano izquierda.
-Vamos, sonríe -dijo a su hermano pulsando el botón.
-No se ve nada -dijo el niño observando la fotografía.
-No -asintió la niña escribiendo a duras penas 9 de mayo de 1987, tomando el dedo de su hermano y después el suyo firmando su pacto en el reverso de la fotografía-. Menuda mierda, esto empieza a dolerme, hagámonos un torniquete.
Después fueron al garaje a por gasolina. Rociaron el salón y las habitaciones. Cuando estaban en la habitación de los padres escucharon el sonido de unos tacones. Una mujer delgada de piernas finas y esbeltas se paró en el umbral de la puerta cuando ellos estaban subidos en la cama esparciendo la gasolina.
-¿Qué estáis haciendo?- preguntó con voz amenazante.
Pasaron unos segundos hasta que alguien se atrevió a hablar.
– Nada, mamá…-dijo la niña.
– Solo queríamos eliminar el presente para que no se convirtiera en pasado, para que no marcara dramáticamente el instante recordando lo que no somos…-dijo el niño agachando la cabeza, mirando temerosamente a su madre.
-Dios mío, ¿qué voy a hacer con vosotros?- su nariz, boca y labios de mujer triunfante comenzaron a hincharse-. ¿Quién os enseñará a comportaros? ¿Cuándo empezaréis a actuar como Dios manda? ¿Cuándo dejareis de ser unos insensatos, unos inmaduros? -las lágrimas brotaron de la desesperación y comenzó a llorar-. Con todos los esfuerzos que he hecho por vosotros, por vuestra educación…
Se escuchó el ruido de la puerta. La mujer dejó de llorar y se secó las lágrimas. Era el profesor Castellani. Entró en la habitación. Observó la escena en silencio. Posó su maletín. Sacó un pañuelo y se sonó la nariz.
-Gasolina -dijo con su voz metálica, acabando de limpiarse la nariz -. La gasolina es un carburante para los automóviles. No se juega con la gasolina. Parece mentira, con todo lo que vuestra madre y yo os hemos enseñado. ¿Cuándo empezaréis a razonar como es debido, a reflexionar antes de actuar?

– Nunca -dijo la niña sonriendo a su hermano, raspando la superficie porosa de la cajita, emitiendo un sonido brusco, una luz tenue.