HUELLAS DE AUTOBIOGRAFÍA EN LAS NOVELAS DE MERCÈ RODOREDA

La obra de Mercè Rodoreda puede ser definida toda como autobiográfica, aunque ella, a lo largo de su vida, se ha dedicado a la escritura de cuentos y novelas -o sea obras de ficción- y de artículos de periódico. Sin embargo, ya desde su primer éxito, la novela Aloma, escrita en 1936 y que al año siguiente ganó el premio Crexelles, uno de los premios literarios más prestigioso de la época, los acontecimientos contados en la novela nos desvelan mucho de la vida y de la sensibilidad de la autora.

La protagonista de esta novela es una chica -Aloma, de hecho- y el tema es su ingreso en el mundo de los adultos, con toda la desilusión que éste puede provocarle a un ser sensible y soñador.

La autora volvió a escribir esta novela durante su exilio suizo, en los años 60, y la despojó de muchos detalles hasta dejarla lo más impersonal posible. Así desaparecieron descripciones de personajes que ella conoció y con los que se llevó durante su juventud en los años 30. Aún así, en la versión definitiva que hoy se publica, es posible reconocer en Aloma la misma Rodoreda, gracias a tópicos que volverán a repetirse a lo largo de toda su obra:

– La ambientación de la historia en el barrio de Barcelona donde ella vivió su infancia y su juventud, el barrio de Sant Gervasi;

– El amor por las flores y el conocimiento que tiene de ellas en todo detalle;

– La relación sentimental con un hombre muy mayor, perteneciente a su familia, y que vuelve de América, con la subsiguiente desilusión que este romance le provoca;

– Una relación conflictiva con la maternidad.

También la elección de escribir en catalán durante los largos años del exilio es una precisa declaración de identidad y de pertenencia al lugar donde le ha tocado nacer: en una entrevista pocos años antes de su muerte afirmó “mi lengua la llevo conmigo …y en realidad yo soy Cataluña” (Vilaret, 1983) a propósito de su desarraigo debido a la guerra.

Mercè Rodoreda pertenece a una generación marcada por dos guerras: la Guerra Civil, y en seguida la Segunda Guerra Mundial. Tal vez por esta razón escribir era para ella una huida. De hecho en sus raras entrevistas utiliza a menudo el verbo “huir” para definir su carácter. Su estilo de vida siempre fue reservado.

Hija sola de una pareja de la pequeña burguesía, pasó su infancia en una casa con jardín, de su abuelo: anticuario y seguidor de la Renaixensa, que había acercado la joven a la lengua y a la cultura catalana. Rodoreda tuvo que dejar muy temprano la escuela, por los problemas económicos a los que tuvo que enfrentarse su familia, pero siempre sufrió de no haber podido estudiar, y siguió cultivándose como autodidacta. Antes de los veinte años empezó a escribir cuentos que publicó en periódicos y revistas de la época, en el momento de máximo esplendor de la vida política y cultural catalana.

En el mismo entonces, al principio de su carrera como escritora e intelectual, siempre por problemas económicos, tiene que casarse con un hermano de su madre, muy mayor que ella, que acababa de volver de Argentina; de este matrimonio nació un hijo, pero la relación fracasó. Este acontecimiento es otra de las posibles causas de su deseo de huida, para alejarse de una situación familial difícil. De esta forma la escritura se vuelve la vía de escape de una realidad agobiante. Escribir fue desde entonces sinónimo de huir.

Antes de los veintisiete años, poco antes del golpe de los generales rebeldes, ya había publicado cuatro novelas, además de un sinnúmero de artículos de periódico. Al estallar la Guerra Civil Rodoreda empezó a colaborar con la ‘Commissariat de Propaganda Antifeixista’, organismo de la Generalitat que difundía información acerca de la situación política y cultural de la lucha antifascista.

Con la derrota del Ebro, Rodoreda, como muchos catalanes, huí a Francia y se refugió en Roissy en Brie, cerca de París. Allí nace su relación con Armand Obiols (alias Joan Prat), a la que los otros exilados se opusieron, por ser una pareja “ilegal”, ya que ambos dejaron en España sus respectivas familias. La pareja tiene que volver a mudarse a diferentes ciudades francesas, y en todo este peregrinar “dedicarse a la literatura era un ocupación demasiado frívola, y pensar en escribir le daba náusea” (Rodoreda, 1985), según sus palabras en la carta a una amiga.

Por fin, en 1954, se estableció, siempre con su pareja, en Ginebra donde encontró trabajo para la ONU. Su refugio suizo la ayudó a mantener su idioma intacto y seguir en su huida hacia la liberación, que le permitió volverse en una verdadera escritora. Empieza otra vez a escribir, después de veinte años de silencio, lo hace en catalán, su lengua materna, no obstante, como ella misma declara, “escribir en catalán en el extranjero es como querer que florezcan flores en el Polo norte”. (Vilaret, 1983)

En 1958, después de veinte años de silencio, publica Vint-i-dois contes, que en seguida gana el premio Víctor Català. En 1962 aparece La Plaça del Diamant, su novela más conocida y apreciada por los lectores. De ahí empezó a publicar otras novelas y cuentos, hasta su muerte en 1983.

Si su primera novela Aloma representa la pérdida de la infancia y de la adolescencia, La Plaça del Diamant equivale a la juventud. En las demás novelas se cumple el arco completo de la existencia, hasta Mirall trencat (1974) donde la protagonista, en una estructura narrativa compleja, vive desde la juventud hasta la vejez una meditación acerca de su propia muerte. Con esta novela se cierra un ciclo en el que Rodoreda ha contado la vida entera de una mujer.

Vamos ahora a analizar en detalle los tópicos de su obra.

la ambientación

 

Barcelona vuelve siempre en sus obras, es casi la protagonista junto con los demás personajes; y los lugares de la ciudad que se repiten son los mismos lugares donde la escritora ha pasado su infancia y su juventud, antes del exilio. Aparecen a menudo las calles del barrio de Gràcia y del barrio de San Gervasi; las calles que ella ha recurrido a diario durante más de veinte años, y que de repente han desaparecido de su horizonte. Cuando escribe La Plaça del Diamant ya la plaza no es la misma de la que ella ha conocido, y sigue existiendo solo en su memoria. Sin embargo su memoria es tan tenaz que consigue que sus recuerdos se vuelvan inmortales. También El Carrer de las Camèlies ya no es la misma calle. Nadie se acordaría de estos lugares si no fuera por dos de los títulos más exitosos de Rodoreda. Y estas calles, estos lugares son los mismos donde vive Aloma, donde han crecido Eugeni y Rosamaria: los protagonistas de Jardí vora el mar.

Pero Barcelona aparece en todo su esplendor, desde el recuerdo de una época en la que Barcelona era el centro cultural de España, la ciudad donde primero han llegado las vanguardias, donde se sentía ganas de progreso y de libertad: la Barcelona de la República, con sus lugares más característicos: el Liceu, teatro de ópera, uno de los lugares más a la moda de la época, un sueño casi inalcanzable para las chicas pobres que animan las novelas de Rodoreda, como Cecilia Ce; o el Parc Güell, que le gusta tanto a Colometa-Nàtalia, protagonista de La plaça del Diamant.

También desde la lejanía, en el espacio y en el tiempo, de su exilio al extranjero, en otra ciudad y en otra lengua, Barcelona sigue viva y esplendorosa en medio de sus descripciones.

los jardines y las flores

 

Mercè Rodoreda utilizó las flores como símbolo a lo largo de toda su obra: las roses de color carn de Mirall Trencat, las guirnaldas de flores del envelat de La plaça del diamant o el cambiante jardín de Jardí vora el mar, son buen ejemplo de ello.

La infancia de Rodoreda transcurre en el jardín de su abuelo: un jardín de vegetación exuberante donde crecían árboles, arbustos y, sobre todo, flores de especies distintas y extrañas que su abuelo cuidaba y ella observaba con atención admirada. De ahí su pasión por las flores, cuya naturaleza asocia a la de la mujer, Por esta razón las flores y en general los jardines aparecen en cada novela: sus obras están llenas de descripciones minuciosas de flores y plantas, asociadas a los estados de ánimo de los protagonistas. Las flores viven al lado de las personas y, en la producción tardía de Rodoreda toman el lugar de los protagonistas: en Jardí vora el mar el mismo título subraya la centralidad del jardín, cuyo alrededor viven y se mueven, las personas como simples comparsas. Y los cuentos de Viatges y flors, que otra vez tiene las flores en el título, para enfatizar su importancia.

 

relaciones sentimentales desiguales

 

Como en su vida real Rodoreda a los veinte años se casó con un hermano de su madre recién llegado de Buenos Aires, 14 años mayor que ella, para ayudar la economía de la familia, así en varias de sus novelas se repite una relación entre una mujer joven y humilde y un hombre maduro y rico, donde la mujer es víctima pasiva y las relaciones son insatisfactorias entre ambos.

En Aloma la relación es entre la chica, joven y sin experiencia de la vida, y el hermano de su cuñada: mayor que ella, recién llegado de Argentina, que la seduce, se aprovecha de su inocencia e inexperiencia y la abandona después, dejándole un hijo y una amarga resignación.

Cecilia Ce, en El Carrer de las Camèlies, pasa su vida de una relación a otra, abusada por sus amantes, hasta que llega a lo más hondo de la miseria, donde por fin la encuentra y la salva un hombre mayor y muy rico que le permite volver a subir de nivel social.

Teresa Goday, de Mirall Trencat, comienza su vida adulta y el cuento de su historia al casarse con un hombre anciano y muy rico que literalmente la compra; al poco tiempo él muere y la deja libre de vivir su vida.

Cuando la diferencia no es de edad, es una diferencia en la escala social y económica la que está a la base de los matrimonios o de las relaciones: en El jardí vora el mar la pareja de protagonistas está formada por una chica de origen humilde y un hombre joven, muy rico, que se enamora de ella y la desarraiga de su mundo y de sus sueños de infancia, cambiándoselos por un sueño de riqueza y de diversión.

Todas estas relaciones fracasan: Roberto abandona Aloma. Cecilia Ce abandona a su rico salvador para volver al Carrer de las Camèlias donde había transcurrido su infancia; la relación entre Francesc y Rosamaría se deteriora cuando vuelve a aparecer el primer novio de ella que, rechazado por segunda vez, se suicida.

También la Plaça del Diamant es la historia de una relación insatisfactoria entre hombre y mujer, pero tal vez en esta novela los equilibrios son un poco distintos: Natàlia-Colometa al principio es víctima de su novio-marido, que realmente la trata como un objeto sin que ella consiga rebelarse o hacer sentir su voz. Pero al final, cuando ya Natàlia piensa en el homicidio-suicidio como única solución a sus problemas, aparece la figura de un hombre que la salva de su destino.

Estrictamente relacionado con el tema de las relaciones sentimentales está siempre presente también el tema de la maternidad y de las relaciones padres-hijos.

Las protagonistas de sus novelas son casi todas huérfanas, por lo menos de uno de los padres.

Aloma ha perdido a ambos y le toca vivir con su hermano y la esposa de éste; Natàlia ha perdido a su madre, su padre se ha vuelto a casar con otra mujer y ella se siente abandonada; Cecilia Ce ha sido abandonada recién nacida y pasará toda su vida buscando sus raíces; Teresa Goday se queda huérfana muy temprano y la única familia que tiene es una tía; Rosamaría vive con unos tíos antes de casarse. Quizás este desarraigo refleja el sentimiento que tuvo que experimentar la autora misma al pasar su infancia en la casa de su abuelo.

Estas mismas mujeres también demuestran una actitud ambigua hacia la maternidad: no quieren, no pueden, no saben… Son las mismas vivencias de Rodoreda, que tuvo un solo hijo, recién casada, y que terminó por abandonarlo después del fracaso de su matrimonio y de los trágicos acontecimientos que siguieron la guerra civil.

Así Aloma, por su inexperiencia, se queda embarazada y decide huir con su bebé; Cecilia Ce tiene que abortar en más de una ocasión; Natàlia llega hasta el punto de querer matar a sus propios hijos; Teresa Godoy abandona a su primer hijo para poderse casar con su Pigmalión; Rosamaría no puede llevar a cabo el embarazo, y la frustración de la maternidad compromete también su relación con el marido.

En relación con este tema hay también que citar La mort i la primavera: última de sus novelas, inacabada, sin duda la más onírica y visionaria, donde el tema padres-hijos aparece en todos sus matices: el protagonista, huérfano, vive more uxorio con su madrastra que todavía es una niña; de la relación entre los dos nace una hija que la madre no quiere y no consigue amar.

As aparece la relación entre hombre mayor y mujer joven (el padre con la segunda esposa), la ausencia de los padres (el protagonista se queda huérfano), el incesto y el rechazo de la maternidad.

En último hay que mencionar la guerra. Éste también es un tema muy presente en su obra de la época del exilio.

Parece como si el silencio de veinte años le sirviera a Rodoreda para asumir sus vivencias: las dos guerras, la huida, el destierro, la pobreza, el hambre, el cansancio de sobrevivir.

Cuando por fin vuelve a publicar, todos estos acontecimientos han entrado a formar parte de su ser. Y su experiencia de vida aparece a través de sus palabras, se percibe detrás de sus páginas.

Así la guerra aparece como telón de fondo en La Plaça del Diamant. Natàlia vive esta época tan desgarradora sin casi entender, sufriendo por la pérdida de sus seres queridos y por las precarias condiciones de vida. La Plaça es la novela sobre la guerra, donde la autora nos cuenta la guerra en toda su dramaticidad sin añadir juicios.

Otra novela acerca de la guerra, como ya declara el título, es Quanta, Quanta guerra… Publicada en 1980. Aqui la guerra, sujeto y protagonista del relato, nunca aparece en su violencia: no hay batallas o trincheras, y sin embargo está presente en cada página, en cada imágen.

También en el final de Mirall trencat se asoma la guerra: marca el epílogo de la historia, después de la muerte de Teresa. Aqui tampoco hay batallas pero si milicianos y confiscas de bienes.

La guerra siempre vista del lado de “los rojos”: los personajes que van a la guerra están siempre del bando de la república, del bando de Rodoreda.

Me atrevería aquí a añadir que en toda la obra de Rodoreda se puede leer una metáfora de la guerra y del exilio: si es cierto que todos sus personajes tienen que enfrentarse con un ‘descenso al infierno’, como Dante lo hizo acompañado por Virgilio, como lo hizo Ulises, bueno, en el siglo XX este descenso al infierno es la guerra, que Rodoreda experimentó en su juventud y que la marcó tanto que justamente vuelve a aparecer en cada historia que inventa, bajo la metáfora del viaje al infierno.

Para Natàlia el descenso al infierno es la posguerra, hasta peor que la guerra misma para la viuda de un rojo que decide quedarse; para Cecilia Ce el infierno son los abusos por parte de un amante psicópata; el protagonista de La mort i la primavera hace su personal viaje al infierno cuando tiene que superar la prueba del río subterráneo.

Todos estos personajes ven de cerca a la muerte, y sin embargo sobreviven: regresan del viaje al infierno, vuelven al mundo de los vivos, más fuertes, tal vez desilusionados, a veces marcados en sus propios cuerpos además que en las almas, pero sobreviven. Como sobrevivió Rodoreda.

conclusiones

 

Gabriel García Márquez en mayo de 1983 escribe que “la vida privada de Rodoreda es uno de los misterios mejor guardados de la muy misteriosa Barcelona” (García Márquez, 1983).

Rodoreda nunca escribió notas o textos autobiográficos, se concedió muy poco a los periodistas y a la televisión, transcurrió su vida aislada, escondida en su mundo. Y sin embargo nos ha dejado una visible producción literaria en la que afloran huellas de autobiografía.

Como Flaubert, cuando afirma “Mme Bovary c’est moi”, Rodoreda es Aloma, Natàlia, Cecilia Ce, Elady Farriols y muchos otros.

En cada una de sus historias, en cada uno de sus personajes nos ha dejado algo suyo: una anécdota, un detalle, un objeto, para que pudiéramos, después de tantos años, conocerla y reconocerla. Aún sin hablar de sí misma o de sus vivencias.

bibliografía

 

García Márquez, G., ¿Sabe usted quién era Mercè Rodoreda?, en El País, del 18 mayo 1983.

Rodoreda, M., La plaça del Diamant, Barcelona, Club Editor, 1962.

—, El Carrer de les Camèlies. Premi Sant Jordi 1966. Barcelona: Club Editor, 1966.

—,Cartes a l’Anna Murià 1939-1956, Barcelona, La Sal, Edicions de les Dones, 1985.

—, Mirall Trencat. Barcelona, GE, 1994.

—, Aloma. Barcelona, Edicions 62, 1996.

—, La mort i la primavera, Barcelona, Ed. Carme Arnau, Fundació Mercè Rodoreda, Institut d’Estudis Catalans, 1997.

—, Quanta, quanta guerra, Barcelona, Club Editor, 2000.

—,. Jardí vora el mar, Barcelona, Club Editor, 2000a.

Vilaret, Mercè. Ésta es mi tierra [grabación en vídeo para TVE], 1983.