Heptalogía de las ciudades perdidas y república de agua

1. La Ciudad y los Nombres
De todas las ciudades perdidas el viajero prefiere Shaila. Aunque quien alguna vez la visitó sabe que es imposible acceder a ella en avión. Desde el lugar más cercano todo lo menos habría de caminar durante treinta años. De los más lejanos nadie conoce su existencia. Aún así, si soara, la podría intuir sólo.
A Shaila no se puede acceder en avión porque los altísimos vértices con que se rematan sus setenta y siete cúpulas rozarían el fuselaje. Más allá del lugar donde en forma de media luna se extiende la ciudad sólo hay desierto. Y donde no hay desierto, sólo hay mar. <<así ha=»» sido=»» siempre=»» y=»» así=»» seguirá=»» siendo=»»>>, dicen los viejos.
Lejos de lo que uno imagina, la mitad de las 77 cúpulas de Shaila no son blancas sino ocres, del mismo ocre que la arena del desierto, y sus puertas dan a éste. La otra mitad son azules, del mismo azul de las olas y sus puertas dan al mar. En invierno los habitantes de Shaila viven en la parte de las cúpulas ocres; en verano, en la parte de las cúpulas azules.
La única cúpula blanca que existe es la del faro que el farero encala cada año con cal que nadie sabe de donde procede. Entre los más de 7.000 nombres que el farero tiene anotados en su Libro de Registro de Nombres no existe ni existió una sola mujer llamada Shaila.
Sin embargo, vive una joven filipina con ese nombre en la ciudad. Dicen los viejos que cuando sus ojos despiertan el faro se detiene, por eso los pescadores nunca faenan cuando Shaila amanece. Nadie sabe ni cómo ni cuándo llegó pero nunca dicen nada porque los ojos de Shaila inundan de luz los ojos de los habitantes de Shaila.
De cuando en cuando, un viajero cansado llega a la ciudad, compra en sus mercados almuerza en sus posadas se baña en sus hammanes se perfuma con sus perfumes juega con sus niños, y pregunta por Shaila «la de grandes ojos negros». Entonces los imanes se encogen de hombros los mercaderes se encogen de hombros los posaderos se encogen de hombros los viejos se encogen de hombros, y un niño moreno señala en dirección al faro, justo en el centro de la bahía de media luna.

<>, dice el farero, <>.

2. La Ciudad de los Sentidos

El viajero que ha visitado Osmana sabe que ésa y no otra es la ciudad de los sentidos. No tiene vértices, ni ángulos, ni rectas… Sus casas y sus calles son circulares y se repiten como ondas suaves; cálidos perfiles curvos forman su trazado. Si se pierde, sabrá que la embriaguez de las percepciones, la sensualidad de sus líneas le contaminará de deseo.
Las suaves colinas que arropan la ciudad por el oeste son una imagen duplicada y ampliada de las casas, de los objetos romos de Osmana. Por el este, la ciudad entra como una lengua en la mar; un mar furioso que, cuando está en calma, devuelve, en su espejo, cada colina, cada casa, cada habitante, cada objeto romo de Osmana.
El tiempo no se mide porque no se conocen los relojes, y el sol y las estrellas se observan sólo por placer. Tampoco hay estaciones.
No hay animales, aunque por la noche ladra un perro.
No se conoce la escritura y, en cambio, cada atardecer, en las tres chozas centrales, las únicas de ocre rojo y de tamaño superior, los veintidós habitantes de Osmana se reúnen a velar por la tradición oral, para que las palabras que recrean la historia de la ciudad y la suya propia nunca se pierdan en el olvido.
Cierto día llegó un viajero a Osmana preguntado el nombre de ése lugar. Lo portaba en su maleta de viaje, escrito en un viejo pergamino que extrajo de uno de los bolsillos, dentro de un pequeño cofre decorado con cuentas de colores.
Enseñó el manuscrito a los más viejos de entre los siete hombres y enmudecieron. Lo mostró a las siete mujeres y callaron. Luego, a los siete críos y nada dijeron.
Una niña morena de siete años y trenzas de colores se abrió paso entre el grupo de veintidós. Tenía los ojos oscuros e infinitos y asía una cuerda de la que ataba un perro.
El viajero, desfallecido, agotado, desesperanzado, perplejo, dijo:
-Llevo treinta y un años buscando la ciudad que responde a este nombre –y abrió el cofre de cuentas de colores que llevaba en uno de los bolsillos de su maleta y mostró el manuscrito por última vez.
-Ésta es la ciudad de los sentidos, eso la mantiene pura –respondió la niña con sus preciosos labios-. Este perro se llama Cala, es el único que conoce el lenguaje de la escritura.
Entonces el viajero formuló una hipótesis: “Osmana no existe”, escribió en su informe. Había conocido la única ciudad del mundo con ese nombre y ya no quiso que nadie más supiera, intuyera o soñara su apariencia.
“Osmana es la ciudad de los sentidos, sin percepción no puede existir”, escribió luego en su cuaderno particular.

El viajero olvidó la escritura. Y Osmana sigue girando en torno a sí misma, entre las colinas suaves y el mar furioso.

3. La Ciudad del Placer
Una inscripción del siglo IX a.C., a la entrada de la ciudad, reza:
EL AMOR VIVIDO DURA EN LA CIUDAD DEL PLACER LO QUE TARDA EN MORIR UNA FLOR CORTADA Y VUELTA A SEMBRAR, PERO EL AMOR RECORDADO DURARÁ SIEMPRE
La inscripción está flanqueada por estanques de peces que se iluminan y luces de vela, y huele a tierra mojada.
La ciudad de Gelsna arde a temperaturas altísimas. Sus habitantes son mujeres, todas signos zodiacales de aire. Habitan en terrazas vegetales que bate el viento del oeste y así se protegen del calor.
Gelsna es una ciudad móvil. Se ubica en aquel lugar donde el viajero pueda necesitar de ella. Por eso nunca aparece cuando alguien la busca, sólo cuando alguien la necesita de manera inconsciente.
Lejos de lo que se pueda imaginar, aunque bien calurosa y húmeda, Gelsna es una ciudad plácida de las alturas, un zigurat vegetal, de sonrisas florales, alrededor de una gran fuente, conocida como la Fuente Espiral de Gelsna, de donde sus 999 habitantes liban cada amanecer.
El deseo arde en los jardines terraza donde habita el pequeño escarabajo verde, que desaparece cuando el viajero fatigado y con mal de alma, es acogido entre las mujeres de aire y fuego de Gelsna.
Los locos dicen que las habitantes de Gelsna tienen edad indeterminada, y que el fulgor de sus ojos, su tierno brillo, sana reumas, corazones, y heridas ponzoñosas. Mas, si un viajero es escogido por las bellas mujeres de la ciudad del placer, difícilmente logrará escapar del veneno que anida en sus pieles de tierra.
Dicen las crónicas más antiguas que “ningún viajero permanece en la ciudad más tiempo del que emplea en marchitarse una flor exótica a la sombra de los toldos vegetales de Gelsna”.
Los escogidos coinciden en el mismo rasgo para describir a las mujeres de la ciudad del aire: <>.
No existe un solo viajero que haya visitado Gelsna y haya salido indemne a la sanación de sus males mediante el placer continuo. Los males se curan sí, pero el corazón incuba el veneno que anida en las pieles de sus habitantes.
Dicen algunos que, de luna llena en luna llena, las 999 mujeres de las alturas abandonan las terrazas sin luz eléctrica, las balconadas donde corre el aire, los miradores desde donde se contemplan todas las metrópolis del mundo, para bañarse desnudas en la mar, y apagar así el fuego que quema sus cuerpos de tierra.
Sin embargo, “el amor dura en la ciudad del placer lo que tarda en morir una flor cortada y vuelta sembrar”. Enloquecidos al regreso, los viajeros escogidos dicen: <>.
Nadie ha podido olvidar Gelsna y sus 999 mujeres idénticas pero, cada veintinueve de septiembre, el viajero recibe del aire una flor caída desde las terrazas vegetales de la ciudad del placer.
Entonces llora de alegría, aunque sabe que a Gelsna no está permitido volver.

4. La Ciudad Primigenia
Edleuza debe ser una ciudad única en todos los sentidos. De ella han nacido todas las urbes del mundo y, al mismo tiempo tiene la categoría de medina perdida, de la que ningún viajero ha regresado.
Las crónicas más antiguas de su existencia encontraron en Jericó, la ciudad que con sus 10.000 años ostenta el título de ser la urbe más antigua del mundo, una débil competidora: a Edleuza se le atribuyen 70.000 años. Más advierten que Edleuza, la ciudad perdida de las crónicas de Heródoto (que por otro lado es harto improbable que la encontrara nunca), tuvo su momento de prosperidad hace 2.800 años, después de haber sido refundada, destruida y reconstruida en siete ocasiones.
Poco se sabe de Edleuza, de su suerte definitiva, de su emplazamiento, de la posibilidad de su existencia actual. Geógrafos, paleoantropólogos e investigadores de ciudades perdidas, obsesionados con el mito de la Atlántida, han coincidido en ubicarla, no en el mar, sino en la desembocadura de un río, hecho éste en el que insiste el antropólogo e historiador argelino Dr. Lower Dawi, del Departamento de Estudios Culturales de la Universidad de Grenoble:
<>, escribió en el Volumen IV de su “Crónica inmunda y vitalicia del origen de las ciudades”.
Durante el siglo III, Edleuza ostentó el sobrenombre de “ciudad mulata”, lo que originó siglos más tarde, durante el XI, desavenencias entre los glosadores franceses e italianos, pues había quienes afirmaban <>, y quienes, por otro lado, aseguraban <>.
Descifrados recientemente restos de escritura cuneiforme, datados en el primer milenio a. c., encontrados en una estela tardía de la ciudad de Ur, se hace mención de una ciudad situada a poniente, en el borde del mundo, fundada en siete ocasiones, y se detallan sus características:
< No se permite el calzado, y el viajero que llega a ella, descalzo, percibe la suavidad del agua y la arena fundidos bajos sus pies.
La misma suavidad de terciopelo revela el tejido de piel del que todo está construido: el Templo Bicéfalo del Sol y de la Luna; las Tres Fuentes de la Sabiduría: la Fuente Amarga, la Fuente Agria y la Fuente Dulce; la GSCSM (Gran Sala del Consejo Supremo de las Mujeres); el Cementerio de los Vivos; la Posada Sin Muros para viajeros no retornables; el Bosque del Árbol Transparente; y el Oráculo de Olas.
Sólo existe un lenguaje en la ciudad de Edleuza, la risa. La piel de sus mujeres
es de barro, no comen animales y no tienen costillas…>>
La descripción de la ciudad tallada en la estela finaliza aquí, al menos, el trozo que se conserva de ella.
Hoy la polémica continúa.
El historiador turco-tunecino Alí Abu Abdullah Al Ejdemênt Baba II, El Joven, siguiendo una línea de estudio planteada por sus antepasados durante más de setecientas generaciones, ha formulado una hipótesis no por arriesgada menos descabellada:
<>

5. La Ciudad del Deseo
Candela es hoy una ciudad interior, un mundo de túneles, corredores, pasillos y laberintos que cuelgan de las bóvedas rocosas en las entrañas de la tierra, donde el deseo arde en cada esquina, en cada cruce, tras cada muro…
La ciudad, articulada en una estructura de avenidas, calles y callejones que se pierden unos en otros continuamente, se distribuye en cuarenta y un niveles, pero el viajero que se adentre en ella no sabrá nunca, ni por asomo, en cuál de ellos se encuentra.
No existen somieres en Candela porque sus mujeres yacen siempre en colchones de flores secas sobre el suelo. Pequeñas aberturas realizadas en bóvedas y paredes, siguiendo fórmulas matemáticas propias de la astronomía, sólo dejan penetrar los rayos del sol del ocaso y del amanecer, pero su estudiada disposición es tal que nunca deja pasar la luz durante el resto del día de manera directa.
Las mujeres de Candela han alcanzado la madurez con la dignidad de saberse jóvenes por siempre, pues son amantes de la belleza, y eso es algo que los escasos viajeros que la visitan perciben desde que contemplan los ojos de miel de aquellas, que tornan al verde cuando reciben luz directa.
El viajero que quiera comprender algo de la ciudad del deseo habrá de consultar, al alba o al ocaso, el oráculo verde de los ojos de las mujeres de Candela, pues la sinceridad de sus habitantes depende del color que sus ojos reflejen.
Varios manuscritos fechados a principios de nuestra era coinciden en señalar un dato en torno al misterio de su origen:
<>
Mitos de diferentes procedencias aseguran, no obstante, que bajo la ciudad racional, luminosa, equilibrada y sosegada “existe una ciudad irracional, oscura, caótica y laberíntica donde sus habitantes fornican tiernamente y sin cesar con los viajeros que se aventuran a bajar a los abismos interiores del deseo que subyace bajo la Candela de la superficie”.
Varias leyendas paganas atribuyen la evolución y modificación de las dos Candelas (la racional y la irracional, verde la una y naranja la otra), a una trivialidad como la que sigue:
<>
Afamados arqueólogos, desde finales del siglo XIX hasta principios del siglo XX, estudiaron, siempre por separado y en secreto, la ubicación de Candela. Realizaron prospecciones, aventuraron su situación “en una colina sobre el Mediterráneo septentrional”, y posteriormente quemaron sus escritos.
En 1941, el psicólogo y arqueólogo peruano Pol Grünberg aseguró haber hallado la ciudad, sobre la base de uno de esos “estudios de campo” de final del XIX que logró salvarse en parte de la quema.: <>, añadió Grünberg.
Pertrechado de sogas y arneses de protección de espeleólogo, Grünberg logró deslizarse por una sima de cuarenta y un metros donde aseguró encontrar la ciudad. Demoró cuarenta y un días su regreso.
En Candela hendida. Un ensayo de psicogeografía escribió:
<<…desde el momento en que las zinias desaparecieron de las Candela consciente, la ciudad se replegó sobre sí misma e implosionó, superponiéndose así a la Candela de los abismos, donde las flores crecen hacia dentro, en sus techos y bóvedas que son suelos.>>
Sobre las mujeres de la Candela resultante, superpuesta, colgada hacia abajo sobre el abismo interior, Grünberg afirma:
<>.
Grünberg murió de escorbuto cuarenta y un años más tarde sin haber regresado jamás a la ciudad del deseo. Nunca reveló su emplazamiento.

6. La Ciudad del Recuerdo
Dicen que quien estuvo alguna vez en Bruma nunca olvidará un solo detalle, pues Bruma es la ciudad del recuerdo. No podrá olvidar el Faro Menguante, la Grúa de Nieblas, la Pirámide del Agua, el Templo de la Caja de Condensación, o la Biblioteca Espiral de Cartas Náuticas. Sin embargo, casi ningún viajero la ha visitado, pues es muy difícil hallarla, y más penetrar en sus secretos.
Sus habitantes custodian tantos recuerdos que cada uno de ellos necesitaría, al menos, el tiempo restante de sumar lo que le queda de vida a cada uno de los demás, para contar todas las vivencias que residen en su memoria.
Existe en la ciudad un pequeño cine al aire libre, en el que proyectan películas todos lo días de luna nueva. Mas, irremisiblemente, las escenas parecen brumosas, borrosas, con una pátina de vaho permanente.
Bruma es una ciudad que se desplaza por los siete mares, y esa movilidad espacial, tal adaptación continua, la mantiene hoy ajena al mundo y al tiempo. <<sí, sus=»» habitantes=»» son=»» todas=»» mujeres,=»» pero=»» así=»» ha=»» sido=»» siempre=»»>>, aventuró el antropólogo argelino Dr. Lower Dawi, en su Sexto Estudio de las ciudades perdidas: la ciudad-isla de Bruma.
Al atardecer de cada día, desde su creación, las mujeres se concentran en la Pirámide del Agua y, como niñas, se deslizan desnudas entre los diferentes niveles hasta que el sol desaparece del todo. Una bruma asciende desde el alma de la flora que se entreteje a las piedras de la ciudad, de entre los árboles de la selva que la rodea, y la protege de agresiones externas.
Sólo cuando, a media noche, la bruma se disipa y el faro mengua, descienden de la pirámide.
Cuentan que las habitantes de Bruma han soportado, durante siglos y aún
milenios, asedios de hordas de Patriarcas que querían instaurar en ella el Régimen del Sol frente la Régimen de la Luna, rito éste último que prevalece en la ciudad desde su creación. Sus barcos se perdían entre las aguas del Mar de Bruma, la Grúa de Nieblas trabajaba sin cesar, el Faro menguaba ocasionando confusión, las naves se extraviaban o naufragaban, y las mujeres capturaron a los náufragos y les robaron las lágrimas. Luego, las introdujeron en la Caja de Condensación, y ésta, en el Templo que corona la Pirámide del Agua, donde reaccionan al recibir los haces de luz, formando las gotas, a cada instante, en las paredes de vidrio de dicha caja, el nuevo mapa de situación de la ciudad-isla de Bruma.
Las guardianas de la Caja toman continuamente fotografías de ella y las remiten a la Biblioteca Espiral de Cartas Náuticas que existe en el interior de la Pirámide del Agua. Las guardianas de la Biblioteca, cada luna nueva, remiten los mapas de situación al cine al aire libre, donde se pasa una película que dura toda la noche. Se trata de la proyección, a 777 fotogramas por segundo, de las instantáneas tomadas durante los veintisiete días que median entre cada luna nueva.
Así, las habitantes de Bruma pueden recordar cada detalle de su historia, la ubicación de la ciudad en cada momento de ese tiempo, mientras observan cómo las gotas de lágrimas condensadas dibujan sutiles mapas que cambian a cada instante, sin reproducirse o repetirse jamás.
En una ocasión, un viajero aseguró regresar de la ciudad de Bruma. Como prueba de ello trajo una mano cerrada en puño durante todo el viaje de vuelta. Cuando la abrió, sólo se encontraron sobre la palma gotas que parecía de sudor, para desilusión de arqueólogos, antropólogos y buscadores de ciudades perdidas.
Cuando le preguntaron por detalles de la ciudad, detalles que él aseguraba conocer con exactitud, el viajero sintió como una densa bruma se le acumulaba en la memoria y le perdía los recuerdos…

7. La Ciudad Del Dolor
El jinete que regresa a Aliahs Katurba después de un tiempo, entra una ciudad desconocida. En ella nada permanece, nada guarda su anterior apariencia. Cada cosa está en el extremo más distante, para su desconsuelo. El desconcierto es tal, que no ha leído la nueva leyenda que figura en la Puerta del Este:
EL DOLOR ES LA MEDIDA DEL AMOR
Y es que en Aliahs Katurba no existe el olvido, sólo el dolor. Durante su ausencia, todos los elementos conspiraron para que así sea, y su luz y calor de infierno dota a los objetos y a las personas de una apariencia irreal.
Aunque el jinete que regresa a ella sabe que es una ciudad momentánea, conscientemente nunca puede escapar, repitiendo hasta el infinito cada acto que solía hacer antes de su partida, como si nunca hubiera partido; visitando los mismos lugares como si sólo hubiera vivido en ella; desconociendo su pasado como si no hubiera hallado y perdido otras ciudades… todo lo que no sea Aliahs Katurba lo ha olvidado.
Se sumerge cada vez más profundo el laberinto de sus calles-recuerdo, de sus callejones-lágrima, de sus fuentes-rostro, y la luna llena, tirana compañera ahora, trae recuerdos de otra época, porque es la misma luna de fuego africana de los tiempos del amor, y el viento que lo azota es el mismo viento abrasador del desierto al que un día sobrevivieron.
En Aliahs Katurba no se puede dormir, no existe el apetito, la música no suena, los recuerdos son cristales que se clavan en los ojos, en esos ojos negros que no supieron leer otros negros ojos. Todo es pérdida, no hay ganancia, los teléfonos nunca son atendidos, sólo el viento recibe las palabras rojas para alejarlas, y el tiempo está hecho de soledad, sin posibilidad de redención.
Las aves de la Gran Plaza también son las mismas que en África trazan coreografías cada tarde, y la tierra arde como si todos los corazones del mundo prendieran juntos en el desierto más grande del planeta.
En Aliahs Katurba el tiempo parece que no transcurre y los segundos están fabricados de traición. Cada noche, la luna de fuego se instala sobre la Gran Plaza, duplicando la imagen del reloj que, irónico, da las horas, aunque el viajero sienta que las horas no se llevan la tristeza.
De la ciudad del dolor, el jinete quiere marchar en cuanto llega, pero es el mismo viento que quema el desierto el que lo impide, el que lo atrapa, el que lo envuelve con sus recuerdos. Y el reloj le dice al viajero lo que otros relojes le dijeron: que el tiempo transcurre y que nada escapa a su deterioro.
Entonces el jinete reflexiona unos instantes.
Había cometido un error la última vez que partió: pensó que Aliahs Katurba sería siempre la ciudad del amor y jamás dudó de ello. Pero no alimentó su recuerdo.

República de Agua
Se que estoy solo, que no hay nada más. Aunque, a veces, pienso que, desde afuera, alguien me observa.
Habito en un mundo de espejos que me multiplican y me hacen sentir acompañado, pero en el fondo se que estoy solo, lo intuyo. Y la intuición es mi mayor virtud.
Cada tarde, antes del ocaso, siento como ocho o diez piezas de comida caen del cielo con lentitud. Tengo un problema en los ojos y he de esperar que las piezas desciendan lentamente (se me hace interminable la espera, aunque se me olvida pronto) hasta el suelo, también de espejo. Me coloco en vertical, que es la única manera que tengo de ver, dada la inmovilidad de mis grandes ojos estrábicos que siempre miran al cielo.
A veces me pregunto quién soy, pero en dos segundos se me olvida. Como se me olvida cuando me desplazo en alguna dirección a qué lugar concreto me dirigía, así es que cambio de dirección, pero también se me olvida que me dirigía a algún lugar. Así es que dando tumbos sin sentido me paso buena parte de la mañana, de la tarde y de la noche. Y como tengo esta mala memoria también se me olvida qué diferencia la mañana de la tarde de la noche, porque para mí son todas iguales sino fuera porque a la tarde caen bolitas del cielo.
En ocasiones oigo voces, es como un murmullo detrás de los espejos, pero yo pienso que es mi imaginación, porque se que estoy solo. A veces intento entender qué dicen esas voces, qué palabras utilizan, y hasta podría decir que Sinson y Confeti se repiten casi todos lo días, pero también Domingo y Morfeo ¿Será solo una necesidad interior de autodenominarme para diferenciarme de los demás?¿Y qué sentido tiene todo esto si estoy solo? ¿Que sentido tiene si no hay demás?
Si me pongo a fantasear prefiero el nombre de Asterión. Aunque mi mundo físico no se parezca a un laberinto, sí mi alma olvidadiza.
He conseguido muchas cosas, eso sí. Cada día me muevo con más habilidad en este entorno, y también me cuesta menos comer. Cuando las piezas llegan al suelo, me coloco en vertical, con la boca hacia abajo y succiono con toda la fuerza de que soy capaz. Hay días que mi cielo deja caer las bolitas de comida dos veces al día. Pero como se me ha olvidado para entonces que he comido ya, vuelvo a comer y por eso intuyo que estoy engordando, pero también esto da igual, porque se me olvida al momento.
Es verdad que es raro el día que no me pregunte cómo fue mi pasado y cómo mis antepasados, pero no puedo caminar despacio por una memoria que dura solo dos segundos y me pierdo rápido en el monólogo interior sin sentido ni bases ni experiencia.
En mi espaciosa celda habitan otros seres, pero ellos no se mueven, salvo que yo les empuje. Las más de las veces no me acuerdo ni de que están. Sobre todo cuando caen las piezas del cielo, porque me pongo muy nervioso cuando este momento llega, el más importante de mi cada día. Si consigo comer una bolita cada dos segundos, antes de que se me olvide que acabo de zamparme una, ya me estoy comiendo la otra y entonces consigo un estado de memoria permanente durante varios segundos seguidos que me lleva al éxtasis. Cuando esto sucede es cuando pienso que hay ojos tras las paredes de espejo, aunque estoy seguro de que es solo una sensación provocada por la exaltación memorístico-culinaria, que pronto cae también en el olvido.
Cuando la melancolía se apodera de mí me siento extraño. Es imposible recordar cuál es su causa y esto me ocasiona un gran desasosiego. Cuando me aburro, me doy golpes contra las paredes de espejo, contra el doble de mi mismo. O empujo los muñecos de mi celda de un lugar a otro, los tumbo en el suelo y los chupo en todo su relieve. Y, cuando no puedo más, subo veloz al cielo de mi celda donde, si alzo la boca, noto que mi hábitat cambia. Allí arriba hay una sustancia diferente, hay aire, aunque intuyo que mi el aire no me ha de sentar bien. De cualquier modo, este territorio fronterizo me atrae cada vez más, como si ahí comenzara un mundo nuevo, como si ahí cobraran vida los ojos inmensos y hermosos que de tanto en tanto siento que me observan cuando caen las bolitas del cielo.