Escritura meridiana o el desguace de la identidad. Hispanoamericanas en papel

El que nada imagina sólo se siente a sí mismo, está solo en medio del género humano.
Ensayo sobre el origen de las lenguas, J. J. Rousseau.

Creo que no existe una práctica que pueda dar más placer a un lector que leer. También creo no ser ni original, ni única al creer esto; simplemente creo -o creería- que necesito reafirmarlo por esta vez para dar comienzo a la presentación del número 6 de la revista escritoras y escrituras.com, dedicado exclusivamente a la creación.

Asumo que más que trabajo, la edición de este número de la revista me ha dado placer. Aunque también me ha dado emoción, alegría (incluyendo risas a veces), sobrecogimiento, intriga, relajación, desahogo, empatía, rabia, asombro, desazón, ternura, intuición, etc. etc. etc…

Pero, por sobretodo, mucho placer, ese placer culpable del vicio solitario, de estar disfrutando tanto de tu trabajo que piensas que puedes estar haciéndolo mal; pues no se supone que tengas que divertirte tanto cuando trabajas, no se supone que cuando dejes la tarea a medio terminar –para volver al otro día— sea con tristeza, ni menos que vayas dejando textos a mitad de la lectura, reservándolos, sólo para poder volver a ellos en un par de jornadas porque no deseas darles algún final súbito, sino prolongar por algún tiempo la labor y releer lo ya leído sin tener intenciones de terminar a corto plazo.

Sí, los plazos, los tristes plazos que nos obligan a dar fin a aquellas tareas que no queremos dejar partir porque se nos hacen un poco propias, íntimas, familiares y nos cuesta dejarlas marchar. Pero el tiempo se cumple y apremia la obligación de dejar el trabajo de “ellas”, ya en parte tuyo, a su suerte para que otras y otros puedan disfrutar como tú lo hiciste en el “temible” momento del trabajo; que esta vez no fue temible sino de un agrado exquisito.

Ustedes, lectoras o lectores, pensarán que exagero, que estoy “rayando la papa” como se dice en mi país. Y sí, puede que exagere un poco, o puede que no, que me esté quedando corta con los adjetivos en la descripción de lo interesante que ha sido para mí este trabajo.

Al leer a este grupo de escritoras, tan diferentes, tan polifónicas –como afirma Claudia Rodríguez sobre las escritoras Mapuche— fue una tarea ligera meterme dentro de todos esos mundos tan disímiles, que ellas –sin intención explícita de mostrármelo a mí, supongo; pero con la férrea intención de dárselos a ellas mismas- se dieron en crear, empujándome a comprender y recrear la llegada de la mujer a la escritura: “invisible, extraña, secreta, impenetrable, misteriosa, negra, prohibida” (H. Cixous, 1995: 22), desde el otro lado del charco, atravesando la cordillera desde y hacia el oeste, surcando los mares del caribe por el norte, y por el sur el tormentoso Pacífico de los meses de julio y agosto, la triste lluvia que moja consecuente la barda que hace de frontera a nuestras casas colindantes; esta ciudad que es todas las ciudades del sueño y el deseo.

La llegada, su llegada a la escritura para reivindicar el asesinato del otro, de tantos otros recuperados en la semejanza de sus grafías y olvidados en sus diferencias; y esta llamada me conduce a cuestionarme una vez más la, en estos tiempos tan cuestionada, identidad en virtud de las diferencias que marcan nuestras subjetividades. Y me pregunto: ¿cómo es que marcamos nuestra supuesta identidad? Sólo atino a pensar que a través de nuestras diferencias con las demás identidades, pues “el sujeto está dividido tanto en su interior como dividido de los otros” (M. Foucault, 1985). Es aquí donde resuenan más esas diferencias, en la grafía de las otras, las otras mujeres que soy yo… ese no-cuerpo vestido, envuelto en velos, alejado de la escena y de la historia, cuidadosamente relegado al ámbito de la cocina o de la cama y desde esa frontera, alguna vez casi imposible de franquear, vuelto al campo de batalla que es la escritura; aquella lectura de vicio y riesgo. Hecho que se hace palpable al adentrarnos en el ejercicio de traducción y comprensión de la selección de escritoras que hemos preparado para este número.

Amalia Ortiz de Zárate Fernández.
Valdivia, Enero 2007