El virgo y el león

A Emily Grierson.
¿Qué quieres que hagamos? ¿Dónde podemos ir? Ya no nos queda sitio para escondernos. Y tus ojos ceniza están volando demasiado alto. Se han estrellado un par de veces contra las ventanas. Sé que esto de la huida fue idea mía. Quizá sea yo el que tenga que acabar con todo. Pero sabes que en el fondo no empecé yo, amor. Cada vez le veo menos sentido a esta lucha. Creo que estoy solo. Me tumbo a tu lado y estoy solo. Te acaricio y estoy solo. Me acaricio y estoy solo.

No sé a quién dirigir mi ira, pues me resulta absurdo enfrentarme contigo. Enfrentarse contigo es como enfrentarse con la hidra. Ya sabes a qué me refiero. Multiplicable. Multiplicador. Inútil. La hidra llega a ser asfixiante: la hidra flor marina viscosa, la hidra sietecabezas, la hidra constelación (tu virgo y el león), la hidra venenosa. Todas las hidras tú, en algún momento de mi vida. Apasionante, repetitiva, peligrosa, escurridiza. Sí, ya sé: estarás pensando que ahora te adulo con facilidad, pero que últimamente sólo veía a la hidra en forma de serpiente.

Te equivocas. Lo de la serpiente viene de lejos, desde el primer día, con tu sombrerito de lana y los labios pintadísimos de rojo. Me recordaste a Shirley McLaine. Parecías autosuficiente en el trabajo, autosuficiente en el amor, autosuficiente en la cama. Derrochabas suficiencia (un derroche, un exceso, tú). Pero aquella vez en el ascensor, cuando tuvimos que subir juntos siete pisos de golpe, y aquella máquina se paró entre el cuarto y el quinto… por supuesto no tuviste miedo, ya, ya lo sé, quizá yo tenía más miedo que tú. No es eso. Es que además de ver a la serpiente venenosa y adivinar al monstruo de siete cabezas (bellísimas, por cierto), además te vi a ti con tus constelaciones en los ojos y pensé: “esta mujer se detiene de vez en cuando para observar la vida”. Para mí eso es muy importante, ya lo sabes. Creo que te lo dije después, cuando nos rescataron y bajamos al centro comercial a atiborrarnos de chocolate. Chocolate, menta y un poco de ginebra. No estuvo mal.

Por eso ahora no tengo más remedio que enfadarme. Puedo controlar mis nervios hasta cierto punto. Puedo controlar mis nervios hasta enlazarlos con los tuyos. Si lo consigo todo está arreglado, al menos por unas horas: generalmente fracaso. Tú estás tranquila, parece que nada te preocupa, por lo que toda la responsabilidad recae sobre mí. Y no es justo, señorita, sabes que no. Hemos librado guerras y astucias desde que nos conocimos, y hemos repartido el éxito a partes iguales. Pero ahora, y siento decírtelo, siento comunicártelo así, de sopetón, ahora que ya no tengo nada que temer, ahora la culpa es toda tuya.

Temerte es casi tan inútil como enfrentarme contigo. Sé que no te gusta el sitio donde estamos. Nunca te ha gustado que te traiga aquí. ¿Recuerdas aquella vez? Después del cine llovía a mares, y tú seguías tan enfrascada en la película (peleada con Jules, insultando a Jim), que no te importaba mojarte; es más, ni siquiera preguntaste a dónde íbamos. Eso es muy raro en ti. Que no preguntes nada. Que no exijas rápidamente una respuesta. Muy raro. Por eso supe que te había encantado la película. Y te traje aquí. Y se te quitaron todas las ganas de hacer el amor cuando viste estas cortinas viejas y polvorientas, pesadas como culpas”, dijiste. Como el aburrimiento, dije yo. Y se te quitaron hasta las ganas de besarme cuando te sentaste en el sofá y te clavaste los muelles. La humedad en el techo, el grifo viejo goteando cal. Pero nos reímos.

Ahora miras este apartamento con la misma angustia con que lo hiciste el primer día. Pero ya no te quejas. Ni a mí me importa. Porque ya no tenemos otro sitio a dónde ir. Éste es el último refugio. Piénsalo así: el último refugio. Y no le des más vueltas. Y no te pongas triste. Tú has decidido romper con todo y llevarme a mí por delante. No te he preguntado los motivos, pero tu autosuficiencia te delata. Pensé que ya no me incluías en tus planes. Llevaba meses pensándolo. Que cualquier día desparecerías de mi vida, dejando un rastro pringoso y difícil de limpiar. Que ni siquiera te despedirías de mí, y yo me quedaría en mi casa venerándote y odiándote (a intervalos exactos, ya sabes cómo soy). Tus bragas de algodón con restos de purpurina, las fotos de Tavira, sombras de un abrazo en el sofá azul. Y más cosas, claro: Virginia Woolf, las peleas con las compañías telefónicas, los kaiseki del Kirakira, noches (pocas) en el Honky Tonk, la lucha por el medio ambiente, Jeff Buckley, alguna que otra de Fassbinder, la desidia, la lujuria, los desayunos dos veces por semana, el pánico a las arañas, la alergia a los ácaros, la necesidad de besarte en tus siete bocas, a veces la comicidad en el sexo, y ninguna vez la complicidad en el amor.

Mirar a la vida a la cara por orden de V. W. Y tú lo repetiste hasta la saciedad. Al menos yo quiero recordar que lo hiciste. Que te lo repetías cada mañana, independientemente del sol o la niebla en tu cuerpo. A mí, en ocasiones, pudiste contagiarme esa disciplina en el vivir. Mirar a la vida a la cara. Quizá todavía lo hagas. Quizá todo esto ha ocurrido porque te viste reflejada en los ojos equivocados. Y te dio miedo. O lástima.

No me reproches nada. No sé qué hacer contigo. No quiero que te vean así. Ni siquiera me he parado a pensar, si te soy sincero, qué te ha llevado exactamente a esto. Miro tu piel, del color del agua fría, y tus labios, rotos, y no sé qué sustancia has elegido para tu viaje a La Hojarasca. Has vuelto a destrozarme en la batalla. Éste es el último refugio que nos queda. Siento que esté tan sucio. Te abrazo, todavía te abrazo. Te abrazo constantemente, aun cuando consigue enfadarme tu muerte, aun cuando no soporto tu cuerpo. Debías haberte tirado al río (amanecer con nota de prensa y pies deshilachados de musgo), y no esperarme allí tumbada (terca como un árbol sobre la cama), mitad hidra mitad ángel, dándome la sorpresa del amor, obligándome a arrastrarte por mi vida, ahora que tu cuerpo es una culpa, y no precisamente culpa mía. No quiero que te vean así. Pero sé que pronto vendrán a buscarnos. Porque me he ausentado demasiado del oficio, y nuestra historia de amor nunca fue verdadera.