Diálogo con el exilio en Cristina Peri Rossi

El que se queda suele experimentar una sensación de vacío; el que se va, de frustración; es entonces cuando el viajero y el que permanece miran el aeropuerto y comprenden que es una isla.
Cristina Peri Rossi, 1983.

Si observamos la literatura latinoamericana de las últimas tres décadas, podemos advertir fácilmente que gran parte de los autores tienen un acabado conocimiento e innumerables vivencias de muchos países europeos, especialmente: Francia, Alemania, Suecia y España. Y no es que los escritores, pensadores y artistas en general fuesen muy «patiperros» y, mucho menos, adinerados. Se podría decir incluso que algunos opinaban que no era necesario pasear por Europa para conocer sus palacios, sus jardines, sus balcones enrejados, sus lagos congelados y la sombra que cobija del calor de la tarde sus patios interiores; incluso otros afirmaban: «conozco a un poeta que llena sus versos/ con nombres de lugares prestigiosos/ y jamás ha salido de su cuarto,/ en un barrio suburbano» (Peri Rossi, 1976: 70). Sin embargo, de pronto, o más bien de «golpe», todos estos representantes de la actividad cultural latinoamericana se encontraron frente a frente con esos lugares en un duelo, en ambos sentidos de la palabra, que implicaba el dolor de la pérdida y el temor de enfrentarse a aquel poder desconocido. Esta situación se debió esencialmente a la serie de dictaduras que se sucedieron en este continente desde finales de los sesentas hasta bien entrados los ochentas1. El exilio -en masa- de tantos intelectuales y artistas produjo una ruptura en la cultura de nuestro continente, pero, al mismo tiempo, el retorno de los mismos -aunque lamentablemente no de la gran mayoría- ha provocado un florecimiento de la misma durante los últimos años.

«¿De qué se componen las maletas de los exiliados?» Se pregunta Cristina Peri Rossi en el prólogo a la segunda edición de su libro Diáspora (1976). Y nosotros nos preguntamos: ¿De qué se componen los sueños, los temores, los anhelos, las nostalgias de aquellos viajeros que a pesar de habitar un espacio de perpetua trashumancia nunca han conseguido partir? Creemos que gran parte de la obra de esta escritora uruguaya nos puede alumbrar el camino hacia una respuesta.

Al entender el exilio como un proceso de desterritorialización siguiendo los planteamientos de Deleuze y Guattari (1998) podemos afirmar que:
… el movimiento de desterritorialización que va del centro a la periferia viene acompañado de una re-territorialización periférica, (…) sea bajo las formas modernistas de un socialismo o capitalismo de Estado, sea bajo la forma arcaica de los déspotas locales. En el último caso, es imposible distinguir la desterritorialización y la re-territorialización, están presas una en la otra o son como el haz y el envés de un mismo proceso. (Deleuze y Guattari, 1998: 266)

Esto nos lleva a pensar que el exilio como movimiento físico, o desarraigo de la «tierra madre» es tan tangible como la tierra misma; sin embargo, «tarde comprendemos que nos hemos embarcado en una nave sin rumbo, que jamás llegará a ningún puerto» (Peri Rossi, 1983: 76). Este hecho nos desalienta, produce un quiebre emocional y físico en nuestros cuerpos, en nuestras almas. Y a pesar de que tarde nos damos cuenta de habernos embarcado en este viaje sin retorno, m*s tarde -aunque no mucho m*s- comprendemos que es inútil insistir en nuestro incesante deseo de regresar al hogar si… como dijo Borges de Vallejo «para qué quería volver si nunca se fue.» (Peri Rossi, 2001: 24) En ese momento emprendemos nuestro incesante proceso de desterritorialización y re-territorialización. ¿Con qué objeto volver a un lugar del que nunca terminamos de partir? ¿Con qué intenciones anhelar un lugar que por derecho es nuestro, un lugar del que fuimos arrancados como la mala hierba, un lugar en el que desde el momento inevitable de la partida se nos llamará extranjeros?

No, no soy de los vuestros, soy el exterior y el desterritorializado, ‘soy de raza inferior desde toda la eternidad… soy una bestia, un negro.’ (Deleuze y Guattari, 1998: 111)

… el hecho de estar embarazadas, como tener la piel oscura, haber nacido en Canaán, ser exiliado, pelirrojo o manco, las vuelve hostiles entre sí, porque nadie experimenta simpatía por quienes comparten un estigma, una tara o un accidente. (Peri Rossi, 1989: 166)

Cristina Peri Rossi entiende muy bien este proceso y se emplea en buscar una a una las palabras para decir, desdecir su partida. Intenta defender su plexo, luchando desde los márgenes de su poesía, camuflando el lenguaje cual camaleón acosado, viviendo la palabra como refugio, en la duda, en la pregunta constante «como si el exilio fuera un modo gerundial.» (Negroni, 2003: 15) Asume su situación de vivir desemplazada2, en los márgenes de la trasgresión, en la abertura de la locura, evitando a toda costa el hundimiento (Deleuze y Guattari, 1998) de La nave de los locos (Peri Rossi, 1989), aunando esfuerzos en su lucha permanente dentro de la diáspora que es también naufragio azotado en la tormenta desatada por el poder. Y naufragan sus ojos en la misma ciudad que es su cuerpo, en las ciudades que habita, itinerante, perpetua en su condición diaspórica de mujer3 entre los pliegues del desarraigo.

En la noche
desaparece
su color
como un pueblo
diasporado
(Peri Rossi, 1976: 16)

En esta lucha contra el poder -el Estado-Nación, que le hace participar en aquellos flujos de desterritorialización- Peri Rossi sólo intenta mantenerse a bordo de esta nave sin rumbo, seguir en este sempiterno viaje sin retorno. Evita reproducir, reiterar y ensambla un itinerario hacia la trasgresión. Y es su máquina de guerra el deseo en el amor.

Habría que oponer dos tipos de ciencias, o de actitudes científicas: una que consiste en «reproducir», otra que consiste en «seguir». Una sería de reproducción, de iteración y reiteración; otra sería de itineración, el conjunto de las ciencias itinerantes, ambulantes. La itineración se reduce con demasiada facilidad a una condición de la técnica, o de la aplicación y de la verificación de la ciencia. Pero no es así: seguir no es lo mismo que reproducir, nunca se sigue para reproducir. (Deleuze y Guattari, 2000: 377)

Cristina Peri Rossi sigue, no cesa de re-territorializarse de uno en otro punto de vista y, al mismo tiempo, su lenguaje se corporiza en este vagabundaje apasionado y frágil de sus personajes, como en el hablante del poema central de su libro Diáspora (1976), quien sigue y persigue sin esperanzas a aquella indiferente joven por las calles empedradas de Cadaqués:
sé que te gustan las mujeres
casi tanto como los negros
casi tanto como los indios
casi tanto como te gustan las canciones de Barbara
yo no tenía nada que hacer en Cadaqués
más que seguirte la pista
como un perro entrenado
buscarte
(Peri Rossi, 1976: 46)

La autora intercambia sexo, raza, país y territorio, se transmuta en nómada dejando atrás sus pasos, sus pertenencias y se pregunta: «qué contenían las maletas de los exiliados chilenos, argentinos, uruguayos. Qué objetos personales -como amuletos o fetiches- intentamos salvar de la diáspora, de la pérdida, de la incertidumbre.» (Peri Rossi, 2001: 26) Su personaje Equis en La nave de los locos (1989) tiene la respuesta ante tanta cavilación. Equis es nómada por excelencia y acarrea en su maleta objetos personales sin ningún valor que no sea afectivo, objetos que pierde, y que adquiere, aparentemente sin ninguna relevancia, por desgracia o por error. Equis ha aprendido a aceptar con naturalidad el tránsito de aquellos objetos, su fugacidad, el flujo de los objetos y las gentes en el tiempo y el espacio, de ciudad en ciudad.

La vida del nómada es intermezzo. Incluso los elementos de su h*bitat est*n concebidos en función del trayecto que constantemente los moviliza. (…) el nómada es aquel que no se va, que no quiere irse, que se aferra a ese espacio liso en el que el bosque recula, en el que la estepa o el desierto crecen, e inventa el nomadismo como respuesta ese desafío. (Deleuze y Guattari, 2000: 385)

-No nací extranjero -le informó-. Es una condición que he adquirido con el tiempo y no por voluntad propia. Usted misma podría llegar a serlo, si se lo propusiera, aunque no se lo aconsejo. Por lo menos, no de una manera definitiva. (Peri Rossi, 1989: 29)

En éste pensamiento nómada, el espacio habitable no se ve jamás ligado a un territorio delimitado, enmarcado, enfrascado, enladrillado por los muros del vínculo sedentario que le otorgan los estamentos de poder, sino que intenta asirse al flujo que le proporciona la unión del hombre y la naturaleza, su diferenciación; este conjunto de singularidades que Deleuze y Guattari llaman agenciamiento (2000) y que pretende atravesar todos los itinerarios, abandonando a uno para continuar en otro, o simplemente para habilitar un espacio en el que coexistan. Así aquel itinerario trazado por el naufragio se transforma en el principio de su condición de intermediario. Intermediario en la medida en que es autónomo, en que se extiende fundamentalmente entre las cosas y los pensamientos, para crear una relación completamente nueva entre pensamientos y cosas, una identidad indeterminada entre ambos. Como afirma María Negroni sobre la escritura de Peri Rossi: «No se trata de valerse de palabras para expresar otra cosa. Se trata de valerse de otra cosa para sumergirse y vivir en las palabras.» (2003: 16) En un transito en el que se imbrican vida y escritura dando la palabra al nómada, al extranjero.

Pero ¿quién es el extranjero?, ¿dónde le encontramos?, ¿en qué lengua nos habla? Nos parece inabarcable el lenguaje, la lengua del exilio y sin embargo es. Está ahí, se crea y recrea en sus márgenes, en su hibridez; puesto que lo único a lo que deberíamos apelar es a aquella necesidad de no tener control sobre la lengua, de ser extranjero en la propia lengua, y así habilitar un espacio, una línea de fuga en la que la palabra venga hacia nosotros para «‘crear algo incomprensible.’ ¿Sería esa la forma de exterioridad, la relación entre el hermano y la hermana, el devenir-mujer del pensador, el devenir-pensamiento de la mujer…?» (Deleuze y Guattari, 2000: 383)

Tal vez Peri Rossi no tiene la respuesta a esa pregunta; es más, sus respuestas siempre desembocan en un delta de más y más preguntas. La palabra de esta autora florece en la duda y es ése el punto de partida en el que comprendemos su diálogo con el exilio.

Extranjero. Ex. Extrañamiento. Fuera de las entrañas de la tierra. Desentrañado: vuelto a parir. No angustiarás al extranjero. Pues. Vosotros. Vosotros. Vosotros. Los que no sois. Sabéis. Vosotros sabéis. Nosotros empezamos a saber. Cómo se halla. Cómo. El alma del extranjero. Del extraño. Del introducido. Del intruso. Del huido. Del vagabundo. Del errante. ¿Alguien lo sabía? ¿Alguien, acaso, sabía cómo se encontraba el alma del extranjero? ¿El alma del extranjero estaba dolorida? ¿Estaba resentida? ¿Tenía alma el extranjero? (Peri Rossi, 1989: 10)

Bibliografía
DELEUZE, Gilles y GUATTARI, Félix (1973): El Antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia. Barcelona, Paidós, 1998.
– – – (1980): Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Valencia, Pre-texto, 2000.
NEGRONI, María (2003): La maldad de escribir. Tarragona, IGITUR.
PERI ROSSI, Cristina (1976): Diáspora. Barcelona, Lumen, 2001.
– – – (1983): El museo de los esfuerzos inútiles. Barcelona, Seix Barral.
– – – (1984): La nave de los locos. Barcelona, Seix Barral, 1989.
– – – (2001): Julio Cortázar. El gran Cronopio. Barcelona, Omega.
VÁZQUEZ MEDEL, Manuel Ángel (2000): «Del escenario espacial al emplazamiento.» Sphera Pública, Murcia, Número 0: 119-135.

Notas
1 1989 para ser exactos, año en que culminó la dictadura en Chile, una de las más largas y más penosas del cono sur. Situación que no llevamos con orgullo al menos el 52% de los chilenos.
2 Sólo cabe la objeción de la marginalidad (que es otro modo muy cualificado de emplazamiento) o la insumisión de la locura o del suicidio, única manera radical de desemplazarnos, de anular el tiempo y el espacio que nos emplazan a través de la muerte. (Vázquez Medel, 2000: 124)
3 Vienes fabricada/ por veinte siglos/ de predestinación/ en que te hicieron así/ los hombres anteriores/ para amarte según sus necesidades/ e imperios/ y esa tradición/ si injusta/ y violatoria/ no es, en resumen,/ el menor de tus encantos. (Peri Rossi, 1976: 37)