CUERPOS SICARIADOS: EL ESPACIO DE LA VIOLENCIA EN LA VIRGEN DE LOS SICARIOS DE FERNANDO VALLEJO

  1. Narrar la violencia

A partir de la década de los 80 emerge en el sistema literario colombiano un tipo de narrativa, cuyo eje central es el convulsionado relato de la violencia del narcotráfico (1). La figura del sicario aparece como la cara visible de una feroz realidad social que puja por ser narrada (2). Desde entonces, la violencia se erige como el tema más novelado en la literatura colombiana (Osorio, 2009) y aunque menospreciada (3) por alguna parte de la crítica (Abad-Faciolince, 2008), la “estética del narco” comienza a ser rescatada especialmente en los circuitos literarios de Medellín, en un corpus de obras bastante relevante en número.

El relato del narcotráfico centra su atención en el sicario, cuya imagen sanguinaria e inconmovible, contrasta con la realidad de este personaje temible, que suele ser solo un niño o un adolescente arrojado a la desesperanza de la pobreza y a la marginalidad impuesta por el capitalismo neoliberal. Cercado por esta realidad el joven muchacho es reclutado por las redes del narcotráfico, para ejecutar órdenes de asesinato a cambio de dinero. De esta forma, el sicario puede aspirar a un “mejor pasar”, conseguir algunos objetos y prendas de ropa “a la moda” que le darán un estatus dentro del espacio social en el que se mueve. Precisamente, es lo que podemos observar en la novela de Fernando Vallejo La virgen de los sicarios (1994), en las figuras de Alexis y Wilmar, los jóvenes protagonistas que caerán en la deriva sin retorno de la violencia del “narco”.

Considerada una de las obras paradigmáticas de la denominada narconovela colombiana, La virgen de los sicarios presenta a un narrador-protagonista, un gramático llamado coincidentemente Fernando (como el escritor), quien luego de vivir durante largo tiempo en el extranjero regresa a su ciudad natal, Medellín, e inicia una suerte de misión o “ajustamiento de cuentas” con el sistema político y social que impera, a través del vínculo homoerótico con dos jóvenes sicarios: Alexis y luego, Wilmar.

El sujeto que narra en la obra de Vallejo merece especial atención, pues escapa al tipo de narrador que encontraríamos en otras novelas de sicarios. En este caso, el narrador-protagonista es un sujeto letrado (una suerte de autor ficcionalizado) y no precisamente un “narco”, que no busca organizar ni ser parte de una red de traficantes, sino “saciar” su solitaria sed de venganza ideológica, frente a un sistema político y social mayor que desprecia.

La violencia requiere ciertas distancias y concesiones para ser narrada y en La virgen de los sicarios la ironía y el sarcasmo (inclusive el humor), se articulan como estrategias discursivas que eluden y aluden al mismo tiempo, esa violencia narrada. La distancia emocional del narrador y su discursividad sarcástica frente a la miseria humana más profunda, compleja y brutal, deja en evidencia una actitud institucional basada en la hipocresía estatal y las moralidades acomodaticias.

En La virgen de los sicarios la violencia pacta inevitablemente con la muerte. Con insistencia, Vallejo describe la ciudad y su fisionomía rasgada por la impronta de la “doña, la paradójica” (2002:55) como llama el narrador a la muerte. El sujeto que narra en La virgen de los sicarios recurre a una semántica del cuerpo para representar la ciudad hiperpoblada, fracturada, cargada de estímulos y en donde la degradación parece ser circular, infinita.

Hay una ironizante mirada biologicista en el discurso del narrador, que entiende la pobreza como genética: los pobres-aclara-no tienen derecho a reproducirse (Vallejo 2002:104). Muere Alexis y lo reemplaza Wilmar. Los jóvenes sicarios cumplen con su labor de recambio siempre bajo la “ley de Medellín” encargada de aliviar a sus protagonistas “del mal de la existencia” (2002:55). Así “mientras más muertos menos muertos” (Vallejo, 2002: 56). Esta descarnada lógica de sobrevivencias, se expresa y subsiste en una precaria realidad socioespacial, en donde los personajes son una corporalidad límite y crítica al servicio de las redes y políticas del narcotráfico.

  1. Urbanía salvaje

La ciudad impone un orden, precario, vulnerable pero eficaz.

Jesús Martín Barbero

La violencia necesita de espacios, antes bien, territorios demarcados para ser narrada. No existe violencia desterritorializada. Por ello es que acercarnos a las significaciones del cuerpo en La virgen de los sicarios precisa reconocer, antes que todo, que los cuerpos se inscriben en un determinado ámbito socioespacial y tal como lo advierte Sennett Richard en su paradigmática obra Carne y piedra (1997) “las relaciones espaciales de los cuerpos humanos determinan en buena medida la manera en que las personas reaccionan unas respecto de otras” (19). En la novela de Vallejo esta premisa no puede sino ser entendida en el espacio de la ciudad (Medellín), acuciosa e insistentemente descrita por el narrador como un tejido vivo, entreverado en sus rasgaduras, de múltiples formas, voces, olores y flujos. Y en esa figuración corporal, altamente territorial, el ser humano es, simplemente, un cuerpo que vive o muere.

La ciudad de Vallejo es un espacio en el que la violencia actúa como una particular “lógica” de comunicación. En esa “lógica” tanto el aparato estatal y su séquito institucional, como la organización del narcotráfico, montan sus propias estructuras de poder con las que intentan preservar la miseria de muchos y la riqueza de unos pocos. Así las cosas, la violencia se expresa territorialmente. Los límites y cercamientos entre los sujetos son establecidos a sangre y fuego. La violencia demarca y resguarda sus territorios, los construye y deconstruye física e ideológicamente, configurando una suerte de urbanía salvaje (4) aprehendida por los cuerpos y territorializada por la pobreza.

La urbanía salvaje es territorio fracturado, de-marcado por las fronteras micropolíticas del “narco” y sustentado por un sistema de sobreviviencias a la que Jesús Martín Barbero (2000) denomina “economía de la violencia”, es decir, la profesionalización de microsistemas socioeconómicos (como el narcotráfico) que se instalan como “oficios” o empleos informales, con sus propias reglas y modos de inclusión y exclusión.

Dos ámbitos socio-espaciales, claramente definidos serán el marco en donde se organiza la “institucionalidad” de la violencia sicarial. Esto es, la periferia que corresponde al sector donde se emplazan las llamadas “barriadas” o comunas, constituidas principalmente por migrantes rurales; y por otro lado, un núcleo urbano propiamente tal, en donde el sicario ejecuta, generalmente, sus cruentas misiones y comparte el poder territorial con el Estado. La periferia es una suerte de geografía clandestina, informe e improvisada, en donde la ley del sicariato y sus micropolíticas tienen la exclusividad. Geografía “borrada” descrita por Vallejo: “Rodaderos, basureros, barrancas, cañadas, quebradas, eso son las comunas. Y el laberinto de calles ciegas de construcciones, vívida prueba de cómo nacieron: como barrios “de invasión” o “piratas”, sin planificación urbana, levantadas las casas de prisa sobre terrenos robados y defendidos con sangre” (Vallejo, 2002:59).

Es en estos espacios en donde la violencia es presentada como una precaria forma de comunicación mediante la cual, las bandas de sicarios salvaguardan un tipo de economía sustentada en la posesión de territorios. ¿Por qué? Cada territorio implica una cantidad de individuos sin posibilidades de optar, y por lo tanto, dispuestos a trabajar para las redes del narcotráfico. En este sentido, la violencia del sicariato se enmarca una suerte de violencia conservadora (Benjamin; 1991), pues mediante sus “recursos” resguarda la estabilidad del microsistema que produce al margen de la ley.

En el territorio sicarial la violencia es aprehendida por el cuerpo como objeto e instrumento de ésta. La “lucha” o defensa territorial se sostiene bajo estrictas normas y códigos que son inviolables. Así lo explica el narrador: “Cada columna está dividida en varios barrios, y cada barrio repartido en varias bandas: cinco, diez, quince muchachos que forman una jauría que por donde orina nadie pasa (…) Por razones territoriales un muchacho de un barrio no puede transitar por las calles de otro. Eso sería un insulto insufrible a la propiedad, que aquí es sagrada (57).

En alguna medida, los territorios configurados en la novela de Vallejo, pueden ser planteados como espacios de representación (Lefebvre; 1991, Soja en Almirón; 2004) puesto que, frente a la indiferencia de las instituciones oficiales (hospitales del Estado, familia, institución cristiana, policía), estos espacios territorializados, instalan sus propios sistemas de organización política, económica y social, configurándose como espacios contra-culturales (5) que desdibujan los espacios oficiales, mediante el cuestionamiento de categorías como estabilidad, género, sexo, muerte. En el territorio del sicariato estas categorías están irrevocablemente ligadas a la relación que tienen los sicarios con su propia corporalidad, y a la administración y simbolizaciones del cuerpo instaladas por el sistema del sicariato. Así, la lucha por el territorio pasa, también, por los cuerpos y está explícitamente vinculada a la interpretación del espacio y al significado que esta comunidad le otorga (Oslender: 2002).

Sobrevivir en el ámbito socio-espacial que nos presenta Vallejo, implica pactar hereditariamente con la violencia: “los ajustes de cuentas se heredan de padres a hijos y se pasan de hermanos a hermanos como el sarampión” (Vallejo, 2002: 58), aclara el narrador. La pobreza se reproduce y se urbaniza, se toma la ciudad y crea comunas, “casas y casas y casas, feas, feas, encaramadas obscenamente las unas sobre las otras, ensordeciéndose con sus radios, día y noche, noche y día a ver cuál puede más…” (56). En estos espacios de perversa expansión urbana (Mike Davis: 2004) o “urbanización milagro”, dirá el narrador (2002:97), el sicario ejecuta su “empleo informal”. La mafia les entrega, de esta forma, la estratégica posibilidad de ser individuos “escogidos” y sujetos de poder, sellando este pacto bajo una “lógica” de servilismo o más precisamente y siguiendo a Foucault en sus ideas sobre el poder (1998), bajo una regla del doble condicionamiento. Con ello, entenderemos el poder del narcotráfico no solo como “foco local”, sino en tanto “serie de encadenamientos sucesivos” que obedece a una “estrategia de conjunto” en donde el narcotráfico en su estamento más básico, el sicario, funciona como “soporte a las grandes «maniobras» (Foucault, 1998:59). Consecuentemente, “ninguna estrategia podría asegurar efectos globales si no se apoyara en relaciones precisas y tenues que le sirven, sino de aplicación y consecuencia, sí de soporte y punto de anclaje” (Foucault, 1998:59).

En este punto, los nexos crítico-teóricos con la categoría de sujeción abordada por Judith Butler (2001) cobran sentido en nuestra reflexión. Dada la doble significación con que la autora así lo plantea, esto es, como sujeción y subjetivación o devenir sujeto, podemos afirmar que, en este caso, el sicario, ya pactado o trazado su destino, deviene sujeto en sujeción (6). Luego: tanto Alexis como Wilmar, deben probar que merecen existir ¿Cómo? Sobreviviendo, dice el narrador (2002:101).

Butler sigue a Foucault (1980; 1998) y apunta también, a una noción de poder ya no ajeno o sobre el sujeto, sino a una fuerza que lo forma y modela, que lo hace dependiente para configurarse, precisamente, sujeto de/con poder (Butler, 2010). Desde esta lógica el poder del narcotráfico “funciona fuera de los aparatos del Estado, por debajo de ellos, a su lado, de una manera mucho más minuciosa, cotidiana” (Foucault 1980:108).

Bajo este esquema, los sicarios adquieren inmediatamente otro estatus; dejan en alguna medida, el anonimato de la pobreza para construir subjetividades precarias y paradojalmente, fuertes, temibles, para quienes la lógica pareciera ser: o mato o me matan. No hay otra alternativa en un territorio social en el cual “la voluntad de poder y la voluntad de sumisión se hallan interconectadas” (Arendt; 2005:54). La paradoja de la sujeción: “moneda de cambio” que otorga la libertad a subjetividades “cercadas”. Parafraseando los planteamientos de Deleuze & Guattari en Mil mesetas (2004), diremos que el sicario no es más que una de las frágiles líneas de un rizoma llamado “poder”, antes bien, un “tallo” en la enmarañada red que configura la “meseta” social del “narco”. Es decir, el narcotráfico sería aquella “multiplicidad conectable con otras por tallos subterráneos superficiales, a fin de formar y extender un rizoma” (2004: 26). Hablamos, por tanto, de un sistema de poderes “rizomatizado”, esto es, que “puede ser roto, interrumpido (…), pero siempre recomienza según ésta o aquella de sus líneas y según otras” (Deleuze & Guattari, 2002:15). En este sentido, el sicario, forma parte de un complejo microsistema social, económico, cultural y político, a la manera de un hormiguero, en el que aún matando a las hormigas, “no cesa de reconstruirse” (Deleuze & Guattari, 2004:15).

  1. Cuerpos sicariados

Pues bien, es en este espacio en donde “el cuerpo se convierte en la frontera precisa que marca la diferencia entre un hombre y otro” (Le-Breton, 2002:45). Si el cuerpo es frontera, cabe preguntarnos ¿cómo se organizan y administran los cuerpos y sus fronteras en la urbanía descrita por Vallejo? La respuesta tal vez está dada por la idea de entender los cuerpos como “sicariados”. Esto es, intervenidos, administrados, territorializados por la institución del “narco”, a través de la figura estratégica del sicario. Cuerpos de la infancia que obedecen a subjetividades “sitiadas” o interrumpidas por los micropoderes y sus tácticas de reclutamiento. Son cuerpos “cercados”, concebidos como instrumentos de violencia (Arendt, 2005) y poder, cuya breve relación con la existencia está siempre mediada por la latencia de la muerte.

La naturaleza heroica de la infancia hace de ésta un “instrumento” de la violencia altamente apreciado. El niño sicario cumple cabalmente con la misión encomendada. No teme, no pone en cuestión las órdenes dadas por la “institución” del narcotráfico. En la novela de Vallejo, estas órdenes incluyen, también, el uso del cuerpo-sicario, para satisfacer los requisitos sexuales de su “protector”. En este sentido, la materialidad de los cuerpos y su administración está dada en relación a la materialidad del poder (del narcotráfico) ejercido sobre estos (Foucault; 1980).

Se trata en alguna medida, del “cuerpo máquina” abordado por Baitello (2008). Un cuerpo funcional a determinadas tareas o finalidades (matar o “sexuar”, en este caso); destinado al descarte y sin derecho a pensar en un escenario futuro. Así, la “portentosa máquina de matar” que es el sicario (Vallejo 2002: 19), solo puede aspirar a ser “uno más entre esos cuerpos inertes, fracasos irremediables”, como nos dice el narrador frente a la imagen del sicario muerto (Vallejo 2002:77). El sicario es únicamente cuerpo-presente, pues en los territorios del narco “nada hay más efímero que el muerto de ayer” (Vallejo 2002:24).

Alexis y Wilmar, los jóvenes sicarios que nos presenta Vallejo, se mueven en un espacio de precariedades sociales de todo orden, que van configurando la materialidad y los usos del cuerpo. De esta manera, “ser un cuerpo es estar expuesto a un modelado y a una forma de carácter social, y eso es lo que hace que la ontología del cuerpo sea una ontología social” (Butler; 2010:15). Es decir, los sicarios son piezas maquínicas, moldeables, reemplazables y utilizables en el perverso engranaje social descrito por Vallejo. Así, “los muchachos no son de nadie (…) son de quien los necesita” (Vallejo 2002:5). Al mismo tiempo, es el propio sicario quien le otorga significados a su cuerpo mediante objetos rituales, como los escapularios, por ejemplo, que llevan en su pecho para protección divina.

Concordamos con Le-Breton (2002) cuando sostiene que el cuerpo metaforiza lo social y lo social metaforiza el cuerpo. En La virgen de los sicarios esta relación metafórica forma parte importante de un sistema de símbolos, cuyo objeto es deshumanizar el cuerpo humano mediante la animalización del sujeto. De ahí, que la violencia tatuada en los cuerpos sicariados se expresa homomórficamente (Lotman, 1996), es decir, el cuerpo sicariado reproduce la violencia que recibe de un entramado social, económico y político mayor: la ciudad de Medellín. La ciudad es representada metafóricamente como un cuerpo/territorio femenino, abrumadoramente reproductivo, sometido a la perversa ley de la miseria. En el siguiente fragmento, el narrador deja entrever esta vinculación que se refuerza a lo largo de toda la obra:

El vandalismo por donde quiera y la horda humana: gente y más gente y más gente y como si fuéramos pocos, de tanto en tanto una vieja preñada, una de esas putas perras paridoras que pululan por todas partes con sus impúdicas barrigas en la impunidad más monstruosa.” [… ] todo lo que existe es culpable, y si se reproduce más […[ los pobres producen más pobres y la miseria más miseria, y mientras más miseria más asesinos, y mientras más asesinos más muertos. Ésta es la ley de Medellín (64-83).

El complejo sistema simbólico mediante el cual se animaliza al ser humano está mediado por el discurso ironizante del narrador, respecto de los valores y de la moral conservadora. Las “reproductoras” no solo son “perras”, sino además, son “putas”. De ahí que su fecundidad es “impúdica”, es decir, es un tipo, una clase de reproductividad que atenta contra una cierta moralidad de la contención y del “buen parir”. Más profundo aún: las “putas paridoras” son culpables de la miseria y por consiguiente, del crimen y la muerte. Bajo esta lógica circular, la miseria es un flagelo sin causa ni origen; surge de la nada y a nadie se puede culpar, excepto, a la miseria.

El cuerpo de la infancia es animalizado por medio de las asociaciones que hace el narrador con el símbolo “ratas” y su significación asociada a “plaga”. La figura se repite a lo largo de la obra, y tal como lo veíamos anteriormente, está orientada a significar la “maldición” de la fecundidad. En el siguiente fragmento el narrador expresa implícitamente esta significación: “Pero aquí la vida crapulosa está derrotando a la muerte y surgen niños de todas partes, de cualquier hueco o vagina como las ratas de las alcantarillas cuando están muy atestadas y ya no caben (71). Nuevamente, el narrador fragmenta el cuerpo en espacios, de acuerdo a su función. La vagina es un hueco, un territorio, diríamos autónomo, degradado o para la degradación, “una alcantarilla” para un “sexo crapuloso”.

La antropóloga británica Mary Douglas (en 2007) nos entrega algunas orientaciones critico-teóricas respecto de las significaciones del cuerpo en tanto metáfora de lo social. Douglas considera que el cuerpo actúa como un símbolo, de forma tal que la experiencia física del cuerpo se modifica de acuerdo a categorías sociales que establecen una determinada visión de la sociedad “en salud” o “en enfermedad” (Douglas en Velasco 2007: 58-61). La idea de enfermedad asociada implícitamente en la novela a la hiper-reproductividad de la mujer, no sólo alcanza al cuerpo individual, sino también al cuerpo social, puesto que el “descontrol reproductivo” descrito por Vallejo es bajo su lógica, un “cuerpo en enfermedad” que proyecta metafóricamente un modelo conflictivo y de desintegración, en contraposición al modelo que la sociedad de control y la cultura oficial pretenden (Mary Douglas en Velasco: 2007)

Las categorizaciones de “anormal” o “enfermo” pueden ser extendidas metafóricamente a los cuerpos sicariados, en tanto “infectados” por la violencia. De manera que en el espacio de la violencia sicarial, los cuerpos subvierten el modelo social higienizante de la reproductividad controlada, lo que Douglas plantea como una “sociedad en salud” (En Velasco 2007: 58). Algo similar ocurre con la denominación “gonorreas” que según nos explica el narrador “es el insulto máximo en las barriadas de las comunas” (Vallejo 2002: 6). Para el narrador los hijos de la miseria son “gonorreas”, por lo que el sentido otorgado a esta enfermedad no sólo alcanza al cuerpo individual, sino también al cuerpo social (7).

Las subjetividades tanto de las “reproductoras de sicarios” como de los jóvenes sicarios no solo son animalizadas sino también cosificadas. Alexis es un “regalo” que le hace un amigo al narrador: “Aquí te regalo esta belleza (…) ya lleva como diez muertos” (10). Así, diremos con Foucault (1997), el sujeto mediante las técnicas de sujeción del microsistema del sicariato, se configura como

un nuevo objeto; [que] lentamente, va ocupando el puesto de cuerpo mecánico, del cuerpo compuesto de sólidos y sometido   a movimiento […] es el cuerpo natural, portador de fuerza y sede de una duración; es el cuerpo susceptible de operaciones específicas, que tienen su orden, su tiempo, sus condiciones internas, sus elementos constitutivos […] cuerpo del encauzamiento útil (247).

Para Foucault (1999) “el cuerpo humano es (…) una fuerza de producción, pero el cuerpo no existe tal cual, como un artículo biológico o como un material. El cuerpo humano existe en y a través de un sistema político” (Foucault; 1999:42). Contrastando y siguiendo al mismo tiempo la hipótesis foucaultiana, en el fragmento de Vallejo antes citado, el cuerpo de la mujer es mera “fuerza de producción” a cargo de proveer al “narco” de una cantidad ilimitada de posibles sicarios. Bajo esta premisa el cuerpo reproductivo sí es “artículo biológico”, que únicamente llega a ser “fuerza útil cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido” (Foucault; 2005: 33). Esta postura ordena las relaciones inter-subjetivas en la novela cuyo eje se sostiene en un complejo entramado de macro y micro poderes que así lo avalan, amparados bajo una suerte de absurda justicia al margen de la ley, que rige los códigos de comunicación de esta violencia ritualizada en los cuerpos.

Vallejo recrea una particular “puesta en escena” de la violencia en donde los cuerpos sicariados solo pueden ser cuerpos-presente, adoctrinados, precisamente, bajo lo que Foucault denomina “encauzamiento útil”. Esta estrategia de poder es una suerte de normativización que des-humaniza y despersonaliza subjetividades, al privarlas de aquello que otorga sentido humano a la materialidad del ser: la capacidad para decidir sobre su propia corporalidad y singularidad.

  1. La invisibilidad de la carne: consideraciones finales 

Un moscardón pasó zumbando, alborotando el olor fresquecito de la Muerte

La virgen de los sicarios

El sujeto sicario vive en su única certeza que es la muerte. Muerte y cuerpo se desacralizan en una cotidianeidad feroz: “Se prohíbe arrojar cadáveres”, versa el aviso en una de las “comunas” descritas por el narrador. En tanto territorio simbólico, el cuerpo sicariado es más que su sola materialidad, es un punto de vista respecto a la vida y a la muerte: “Ahora eran cadáveres, materia inerte. Desnudos, rajados en canal como reses, les habían extraído las vísceras para analizarlas y no les habían dejado nada” (Vallejo 2002: 77). El cuerpo sicariado es indicio, al decir de Jean-Luc Nancy (2007), pues “no hay totalidad del cuerpo, no hay unidad sintética. Hay piezas, zonas, fragmentos” (27). El cuerpo sicariado es corpus, es decir, “una colección (…) de pedazos, de miembros, (…) de estados, de funciones” (Nancy, 2003:22).

Tanto el cuerpo como la muerte cobran nuevos sentidos en la urbanía salvaje. Así, nos aclara el narrador “la fugacidad de la vida humana a mí no me inquieta; me inquieta la fugacidad de la muerte: esta prisa que tienen aquí para olvidar. El muerto más importante lo borra el siguiente partido de fútbol” (39). Con ello apunta el narrador, implícitamente, a esa “aptitud” de la violencia para encontrar una “víctima de recambio” (Girard; 1983). Tras la muerte de Alexis, Wilmar se constituyó en una víctima de reemplazo inmediato.

No hay “dignidad” en/de la muerte. Como sujeto fuera de la ley o en su propia ley, el sicario enfrenta una “muerte sucia” que ni a las instituciones del Estado, ni a la organización del narcotráfico, le importa. El sicario termina en una suerte de matadero-médico en donde es seccionado, cosificado y analizado, como si se tratara de las partes de un espécimen en estudio: “Tres cosas en especial le llamaron la atención de esos cuerpos desnudos sin corazón que volviera a sentir odio: la cabeza (y la de algunos con los pelos revueltos, erizados) vaciada de sesos y rencores; el sexo inútil, impúdico, incapaz de volver a engendrar, hacer el mal; y los pies que ya no llevarán a nadie a ninguna parte” (Vallejo 2002: 77). Sesos, sexo “inútil”, pies. Tres zonas simbólicas del cuerpo indican el vaciamiento total del sujeto y la anulación de sus fuentes primordiales en el existir: mente, sexo/sexualidad, actuar, moverse en el mundo. Cuerpo seccionado, diseccionado, vaciado de toda subjetividad.

Los espacios para la “muerte marginalizada” son descritos en este caso, como oscuras heterotopías en donde los sujetos pierden su identidad. Aquí, el cuerpo fragmentado se torna cuerpo social. Una gran masa de desechos, unos sobre otros, tal y cual se apilan las casitas de las barriadas descritas por el narrador. Un orden espacial en donde se constata el desprecio institucional frente a la realidad de rige hasta en la muerte: “el hombre invisible pensó que el cadáver de la persona adulta era el de una mujer, la mamá, a la que le habían hecho la cesárea puesto que también tenía el vientre rajado. Pero no, era un hombre, otro más, y le habían puesto encima el cuerpecito del niño porque simplemente no tenían mesa vacía donde acomodarlo” (77). La violencia en esta zona del relato se explica, más que nunca, como discurso corporal y simbólico; un discurso que requiere, justamente, del cuerpo y su lenguaje para expresarse.

Paradojalmente, autoficcionalizado como “hombre invisible”, el narrador describe la “invisibilidad” de sujetos sociales, marginalizados en la materialidad de la muerte. La transfiguración de la carne borra en alguna medida, diferencias sociales y moralidades; “nos deja a todos como santos coloniales” (78). Sin embargo, los “N.N., o no identificados, (…) van a una cava o frigorífico desnudos, colgados de unos ganchos como reses por tres meses, al cabo de los cuales, si nadie los reclama, el Estado los entierra por su cuenta. El Estado, esto es, Colombia, la caritativa”. (78). La sala de necropsias es el botadero social de una Colombia diseccionada como un gran cuerpo vejado, golpeado, con ciertas zonas privilegiadas que han sido amoratadas por la miseria y Vallejo, oculto a medias tras el personaje de Fernando, a dado mediante la literatura “una respuesta estética y ética a la desesperanza producto de la polarización extrema del conflicto social y político de la cultura colombiana” (Alzate, 2008: 1). El sicario es solo una pieza más en el denso entramado de sujetoscuerpos invisibilizados por la hipócrita caridad estatal y el fracaso de un sistema político-económico perverso. 

Referencias bibliográficas

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(Notas)

1 Aunque cabe consignar como antecedente directo la obra de 1977 Coca. Novela de la mafia criolla, de Hernán Hoyos.

2 Para Óscar Osorio, la violencia sigue siendo, por una parte, una realidad social difícil de extirpar en Colombia, y por otro lado, la literatura continúa atenta al vasto caudal creativo que impulsa la cruda realidad de la violencia del “narco”. De tal forma que “mientras corran los ríos de sangre por las callejas de nuestras ciudades y nuestros campos, seguirán corriendo los ríos de tinta, y sólo mucho después de que se sequen los primeros se secarán los segundos” (2009: 64), aclara el autor.

3 Por “estética del narco” Abad-Faciolince (1995) está entendiendo y criticando el estilo de vida “mafioso” que intenta replicar la vida del “nuevo rico” instalando en Colombia “fragmentos de Estados Unidos, calcos parciales de Disney World, forma parte de esta tendencia a la exageración (…) el gusto por todo cuanto sea grande, ruidoso y estridente. Se exagera con lo foráneo y eso lleva a una estética de objetos, sobre todo arquitectónicos, puestos aquí solo para sorprender, y totalmente fuera de contexto; lo que no es genuino sino facsimilar: la pagoda china, el castillo medieval, la casa andaluza, el chalet suizo (con su techo ya listo a recibir la nieve de los trópicos)”.

4 La noción de “urbanía” nos parece más contundente para significar territorios urbanos de exclusión/inclusión en donde se resignifican y crean nuevos códigos de comprensión de la realidad. La urbanía implica nuevas formas de ser sujeto en la ciudad. Son espacios heterotópicos que perviven bajo sistemas micropolíticos de organización, al margen de la institucionalidad oficial, pero conectada y compartiendo muchas veces, redes de poder que estas detentan. Jesús Martín Barbero (2004) entrega su artículo “La ciudad: travesías, urbanías y ciudadanías”, algunas claves que podrían ser convergentes con nuestra propuesta.

5 Henri Lefebvre y Edward Soja desde la sociología y la geografía respectivamente, plantean la categoría de espacio de representación o tercer espacio. Según esta categoría el espacio puede ser comprendido como una interrelación entre el espacio material, el espacio aprendido o conceptualizado y el espacio vivido, con todos los productos de la imaginación y simbolismos construidos y modificados a través del tiempo por los actores sociales.

6 Siguiendo a Foucault en sus nociones sobre sujeto y poder, Butler entenderá por ‘sujeción’, “el proceso de devenir subordinado al poder, así como el proceso de devenir sujeto” (2001:12).

7 Velasco analiza la idea del cuerpo como metáfora social a partir de la noción de “corporación”, en su significación relativa a las instituciones. Lo interesante, plantea el autor, es que las corporaciones se refieren a los cuerpos “morales” no en su significación física. En ese sentido “el cuerpo social condiciona el modo cómo percibimos en cuerpo físico” (2007: 54-55).