“LA BUENA CIUDADANA DE LA CORONA”: LOS CAMINOS PARADÓJICOS DE CATALINA DE ERAUSO, LA “MONJA ALFÉREZ”

No llevará la mujer vestidos de hombre, y el hombre no llevará vestidos de mujer, pues son cosas aborrecibles a los ojos del Señor, tu Dios (Deut 22.5[1]).

Pregúntanme: “Que gente?” Respondo: “Amigos”. Pídenme el nombre, y digo, que no debí decir: “El diablo” (Erauso, [1624]: 70).

Uno de los personajes más fascinantes y curiosos del Siglo de oro español es una vasca, la vizcaína Catalina de Erauso. Desde hace veinte años los investigadores europeos y de las dos Américas discuten entre sí la biografía y los casos de Catalina, intentando determinar claramente la identidad del personaje. “Todo, en él o ella, es novelístico”, consta por ejemplo Francisco Igartua, periodista de la revista online euskonews (Igartua, 2003).

Nacida en San Sebastián en 1592 (según sus memorias en 1585), a los cuatro años fue internada en el convento de monjas dominicas de San Sebastián el Antiguo. Con quince años huyó del convento y comenzó una vida llena de aventuras. Sirvió de paje a varios amos, se aficionó a la vida vagabunda y avanturera. A los dieciséis años viajó a América, donde, al servicio del rey de España, participó en diversas guerras para la conquista de Perú y Chile adquiriendo, bajo el nombre de Alonso Díaz y Ramírez de Guzmán, la fama de soldado intrépido y valiente y el título de alférez. Pero, por otro lado, era muy aficionada a las casas de juego en las que provocaba muchas veces altercados violentos, matando o hiriendo a varios oponentes en defenda de su honor. Pasó algunos días, semanas o aún meses en prisión. Muchas veces logró escaparse de la justicia. Dos veces fue condenada a muerte. Despúes de recibir una grave herida en una de las tantas peleas y riñas en las que participaba, se confesó revelándole al Obispo de Guamanga su identidad de mujer y su nombre real. Volvió a España en 1624. Ya en Europa el rey Felipe IV la recibió con honores en la corte nombrándola “monja alférez” y concediéndola una pensión por servicios prestados. Catalina fue también recibida en Roma por el papa Urbano VIII, quien le dio permiso para continuar vistiendo de hombre. En 1630 Catalina decidió regresar a América. Esta vez, en México, pasaba la vida tranquila en algún pueblo como arriero bajo el nombre de Antonio de Erauso, otra vez vestida de hombre. Y allí murió en 1650.

Esta historia tan interesante la conocemos gracias a las memorias de Catalina escritas o, como quieren algunas historiadoras, dictadas (“The interest of this text as feminine literature is diminished since the author and narrator do not coincide; the author doesn’t necessarily have to be a woman”, Caballero, 1996: 482), “Erauso may have commissioned or authorized a ghost-writer to immemorialize her story” (Merrim, 1994: 196) en 1624, y algunos documentos oficiales, desde los cuales se puede sacar la información sobre la vida de Catalina despúes de su vuelta a América, o sea entre 1630 y 1650. Tenemos, por ejemplo, una relación del padre Nicomedes de Rentería registrada por Diego de Sevilla, el capuchino, del 10 de octubre de 1693:

Que en el año de 1645, […] en Veracruz vio y halló diferentes veces a La Monja Alférez,doña Catalina de Erauso, que entonces allí se llamaba don Antonio de Erauso, y que tenía una recua de mulos, en que conducía, con unos negros, ropa a diferentes partes. […] Que andaba en hábito de hombre, y que traía espada y daga con guarniciones de plata, y le parece que sería entonces como de cincuenta años, y que era de buen cuerpo, no pocas carnes, color trigueño, con algunos pocos pelillos por bigote (Recio de León, [1693]: 101).

Adrienne L. Martín, en un artículo bajo el significativo título Desnudo de una travestí, o la Autobiografía de Catalina de Erauso, escribe:

Los intersticios del siglo XVII ofrecen la singular narración de una mujer que cuenta su vida vestida de hombre; en 1992 [el año del congreso en el que Martín presentó su papel sobre Erauso] su historia se convierte en otredad, género, transgresión, travestismo. Sin duda, en los entretelones de los más de trescientos años de su recepción, se le ha puesto a este texto diferentes disfraces […] (Martín, 1994: 34).

La autora quiere develar en su artículo algunos de ellos. Subraya que la historia de la vida de Catalina de Erauso “desafía nuestra credulidad a cada momento”. Erauso, constata Martín, “pisa […] cuidadosamente la cuerda floja de las expectativas genéricas (de sexo y tipo literario) de crónicas del momento. […] Pero evidentemente, todos sus méritos resultan ser masculinos ya que los femeninos no tienen cabida en la vida aventurera que se forjó” ( Martín, 1994: 36). La autora del artículo, centrándose en el aspecto del travestismo en la vida de Catalina de Erauso, formula el siguiente argumento:

[…] las travestidas pueden considerarse, en cierto sentido, entre las primeras feministas. […] aunque mudas, y sin ninguna ideología formulada para expresar sus convicciones, éstas veían el papel de la mujer como aburrido y estrecho. Ansiaban ampliarlo, y la única manera de cambiar ese papel en su día fue hacerse hombre”. […] La mujer travestida no es, entonces, una rareza histórica – subraya Martín – ni mero cliché literario o teatral, sino parte de una tradición afianzada hondamente. El travestismo femenino ofrecía una opción real y viable para escapar de la pobreza y de circunstancias dificiles o, simplemente, para librarse de los confines rigurosamente mantenidos del sexo femenino (Martín, 1994: 38).

Catalina logró librarse del control masculino, pero no de su sexualidad, que, paradójicamente, le salvó la vida. Su virginidad, o sea su castidad –como el valor especial– declarada por las matronas (“Entraron dos matronas y me miraron y se satisficieron, y declararon después ante el obispo, con juramento, haberme visto y reconocido cuanto fue menester para certificarse, y haberme hallado virgen intacta, como el día en que nací”, Erauso, [1624]: 72) y debidamente constatada por la Iglesia, Rey la protegió del castigo civil y eclesiástico. Y así su virilidad junto con su virginidad permitieron que en su tiempo se viera a Catalina como buena ciudadana (y no ciudadano) de la Corona.

Lo que nos extraña es que Catalina siempre fuese tratada por los demás como hombre; aún conocida ya su verdadera identidad, en los documentos oficiales se le trató como varón. Evidentemente, sus méritos en la esfera militar, junto a las varias recomendaciones de sus superiores y la proveniencia de una familia hidalga, pesaban más que su transgresión de la palabra de Dios y su delito contra la moral. Recordamos las palabras del Antiguo Testamento: “No llevará la mujer vestidos de hombre, y el hombre no llevará vestidos de mujer, pues son cosas aborrecibles alos ojos del Señor, tu Dios” (Deut 22.5) y los delitos graves que cometió Catalina como varios asesinatos, incluso el asesinato por accidente de su propio hermano, Miguel de Erauso.

Nos extraña también que los parientes de Catalina, incluso su padre, madre y hermano, encontrándola en su camino no la reconocieron, hecho que puede significar que la familia con poca frecuencia veía a la niña y después tampoco a la joven cuando ella vivía en el claustro. Por otro lado, es bastante significativo que Catalina solía elegir como amos, patrones, comandantes, conscientemente o no, a sus parientes, a sus primos, a la gente conectada en algún modo con su familia: siendo alguien “casado con una prima hermana de mi madre” o su tío, lo que se puede interpretar como una forma de compensación por la falta de “la monja alférez”.

Otro problema, no menos fascinante, es el presunto lesbianismo de Catalina. Esta conclusión viene ante todo del siguiente párrafo de sus memorias:

Juan de Urquiza, el cual me recibió luego en su casa con mucho agrado y afabilidad […] al cabo de nueve meses me dijo que buscase mi vida en otra parte, y fue la causa que tenía en casa dos doncellas, hermanas de su mujer, con las cuales, y sobre todo con una que más me inclinó, solía yo jugar y triscar. Y un día, estando en el estrado peinándome acostado en sus faldas y andándole en las piernas, llegó acaso a una reja, por donde nos vio y oyó a ella que me decía que fuese al Potosí y buscase dineros y nos casaríamos” (Erauso, [1624]: 24).

Tal vez Adrienne Martín tenga razón diciendo que se puede interpretar este comportamiento de Catalina no como lésbico sino como un intento de ella por hipermasculinizarse. Isabel Valcárcel escribe: “Tampoco es menos cierto que ella, bajo su apariencia de hombre, también «gustaba» de la presencia de mujeres; fuese esto por «necesidad del disfraz», fuese por naturaleza, es algo que siempre permanecerá en la incógnita” (Valcárcel, 2005: 66).

En el año 2000 se publicó el libro de Sherry Velasco titulado The Lieutenant Nun: Transgenderism, Lesbian Desire, and Catalina de Erauso. Velasco “[analyzes] the cultural representation of the popular celebrity known as «la Monja Alférez» (without forgetting that there is a real historical individual behind the icon)” (Velasco, 2009: 46). La autora del trabajo constata lo siguiente: “…it would seem that Erauso also manipulated her culture’s beliefs and attitudes toward sex, gender, and identity” (Velasco, 2009: 8). Es muy probable que fuera así. Ella se sintió comoda en el vestido de hombre, se comportó como hombre, aprovechando todo lo que implica el estatus de varón y no mujer. Pero en la situación de grave amenaza para mantener la vida Catalina se desveló, aprovechando su estatus de mujer, y más, de mujer particularmente valiosa: la “virgen intacta”. En su petición dirigida al rey Catalina explicó que había ido al Nuevo Mundo “en hábito de varón por particular inclinación que tuvo de ejercitar las armas en defensa de la fe católica” (Erauso, [1626]: 93). Siendo una mujer no habría podido realizar sus deseos. Al final de su vida Catalina otra vez se transformó al hombre y trabajó como arriero, aunque la gente ya supiera que era doña Catalina y no Antonio Erauso. Parece que la sociedad aceptó esta figura tan extraña y curiosa como “la monja alferez”. “Catalina fue una celebridad, una heroína que se vió transformada en figura legendaria en los corrales madrileños contemporáneos por el comediógrafo Montalbán”, subraya Martín (1994: 38). ¿No fue todo gracias a esta etapa de su vida que ella pasó en el convento? Toda la vida de Catalina Erauso se vio marcada por estos once años en el claustro. Finalmente, como dice Velasco, “the representations of Erauso’s life are filtered through her icon as Monja Alférez” (Velasco, 2009: 8), y no solo “alférez”…

El convento desempeñó un papel particular e importante en la vida de Catalina Erauso, pero también en su leyenda póstuma. Al principio le dio la educación. En el convento de las dominicas en San Sebastián Catalina aprendió leer y escribir, también en latín. Este conocimiento, no tan popular en aquellos tiempos, le serviría después para mucho. Poco después de la huida del claustro Catalina encontró en Vitoria “al doctor don Francisco de Cerralta, catedrático de allí”. “Viéndome él leer bien en latín, se me inclinó más y me quiso dar estudio”, recuerda Catalina (Erauso, [1624]: 11). En Valladolid se acomodó en breve bajo el nombre de Francisco Loyola por el paje de don Juan de Idiáquez, secretario del rey; el puesto que no era tan fácil de conseguir probablemente; ella lo consiguió gracias a ser tan joven y ya con educación. Varias veces durante su vida Catalina se escondía antes de la justicia en el claustro o en la iglesia, aprovenchando la ayuda de sacerdotes que no sabían que era ella una mujer y novicia, hasta que “pareciéndose estar ya en la presencia de Dios” decidió desvelar su identidad antes del obispo de Guamanda:

Viéndole tan santo varón […] descúbrome y dígole […] “La verdad es ésta: que soy mujer, que nací en tal parte, hija de Fulano y Zutana; que me entregaron de tal edad en tal convento, con Fulana mi tía; que allí me crié; que tomé el hábito y tuve noviciado; que estando para profesar, por tal ocasión me salí; que me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello, partí allí y acullá; me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente, y a los pies de Su Señoría Ilustrísima” (Erauso, [1624]: 71).

Y, finalmente, desvelada ya su identidad de mujer, pasó algunos meses en el convento de las clarisas y benedictinas llevando el hábito de monja, aunque no profesara. “Acordó Su Ilustrísima entarrme en el convento de monjas de Santa Clara de Guamanga, que allí de religiosas no hay otro, púsome el hábito” (Erauso, [1624]: 72). Después Catalina estuvo dos años y cinco meses en Lima en el convento de la Santísima Trinidad. Esta etapa de su vida le permitió recuperar la fuerza, pero, por otro lado, comprobar otra vez que para vivir necesitaba la libertad y no el velo de monja y que, paradójicamente, se sentía mejor en vestido de hombre que de mujer. Y así el convento o la iglesia le daban el sentido de seguridad, le sirvieron como lugar de recuperar de la identidad, para volver en sí. Cuando recuperó su identidad, Catalina salió otra vez del convento: “Volvió de España razón bastante de cómo no era yo ni había monja profesa. […] no tenía yo Orden ni religión” (Erauso, [1624]: 76). Pero fue la Iglesia la que, al final, permitió a Catalina vivir a su manera, haciendo para ella una excepción: “Besé el pie a la Santidad de Urbano XIII, y referile en breve y lo mejor que supe mi vida y correrías, mi sexo y virginidad. Mostró Su Santidad extrañar tal cosa, y con afabilidad me concedió licencia para proseguir mi vida en hábito de hombre” (Erauso, [1624]: 84).

Mujer varonil, virginidad y virilidad, varón y virgen en una figura bastante controvertida, la mujer que actuó contra las leyes de la Iglesia y del Estado y que consigió la aprobación de las dos instituciones.

El nombre de varón (vir) – dice San Isidoro de Sevilla– se explica porque en él hay mayor fuerza (vis) que en la mujer; de aquí deriva también el nombre de virtud; o tal vez porque obliga a la mujer por la fuerza. La mujer (mulier) deriva su denominación de mollities, dulzura [flojedad, blandura], como si dijéramos mollier; suprimiendo o alterando letras resulta el nombre de mulier. La diferencia entre el hombre y la mujer radica en la fuerza y en la debilidad de su cuerpo (Isidoro de Sevilla, [2009]: XI, 2. 17-18).

Parece que estas palabras del Santo no se aplican a doña Catalina.

“Sin saberme yo qué hacer ni adónde ir, sino dejarme llevar del viento como una pluma”, escribió Catalina en una de las páginas principales de su autobiografía (Erauso, [1624]: 13). ¿Quiere Catalina decir que “La mujer es voluble, cual pluma al viento/ cambia de palabra y pensamiento”[2]? No, solo cita un lugar común. Manipula su imagen de mujer.

Referencias bibliográficas

Caballero, M., “Vida y sucesos de la Monja Alférez: Autobiografía a doña Catalina de Erauso” (Review), Colonial Latin American Historical Review 5 (1996), pp. 482-483.

Isidoro de Sevilla, Etimologías, J. Oroz Reta y M. A. Marcos Casquero (eds.), M. C. Díaz y Díaz (Introd.). Vol. II, libros XI-XX, Madrid, La Editorial Católica, 1983.

Martín, A. L., “Desnudo de una travesti, o la Autobiografía de Catalina de Erauso”, en: La mujer y su representación en las literaturas hispánicas, Juan Villegas (ed.), Irvine, University o f California, 1994, pp. 34-41.

Merrim, S., “Catalina de Erauso: From Anomaly to Icon”, en: Coded Encounters: Writing, Gender and Ethnicity in Colonial Latin America, Francisco Javier Cevallos-Candau, et al. (eds.), Amherst, University of Massachusetts Press, 1994, pp. 177-205.

Valcárcel, I., Mujeres de armas tomar, Madrid, Algaba Ediciones S.A., 2005, pp. 65-79.

Velasco, S., The Lieutenant Nun: Transgenderism, Lesbian Desire, and Catalina de Erauso, 2 ed., Austin, University of Texas Press, 2009.

Las citas de Internet:

Erauso, Catalina de, Historia de la monja alférez, [1624]. Internet. 18-01-15. <http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01305042011682948755802/p0000001.htm#1>

—, “Expediente relativo a los méritos y servicios de doña Catalina de Erauso, que se halla en el Archivo de Indias de Sevilla”, [1626]. Internet. 18-01-15. http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01305042011682948755802/p0000001.htm#1

Igartua, Francisco, “La Monja Alférez”. Euskonews & Media, 2003 / 05 / 23-30. Internet. 18-01-15. <http://www.euskonews.com/0211zbk/kosmo21103.html >

Recio de León, Juan, “Certificación de don Juan Recio de León”. Internet. 18-01-15. <http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01305042011682948755802/p0000001.htm#1>


[1] La donna è mobile/qual piuma al vento/muta d’accento/e di pensiero, un aria de la ópera Rigoletto de Giuseppe Verdi.

[2] La Santa Biblia, Ediciones Paulinas, Madrid 1994, p.212.